El pasado 14 de abril, Francisco “Paquito” Linder sufrió un grave choque en el que perdieron la vida sus abuelos paternos, María Costa y Tomás Linder
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Punta del Este es su segundo hogar. “Primero venía con mis padres y ahora lo hago yo con mi propia familia”, cuenta Carolina Giménez (44) sobre el destino de sus vacaciones de cada año. Sin embargo, asegura que este verano es distinto a los demás porque, aunque el lugar no haya cambiado, ella sí lo hizo. Hace nueve meses, su hijo mayor, Francisco “Paquito” Linder (11) –de su matrimonio anterior con el ingeniero agrónomo uruguayo Federico Linder- tuvo un accidente de tránsito muy grave en Uruguay mientras viajaba en una camioneta con sus abuelos paternos, María Costa y Tomás Linder. Tras chocar contra un camión, la pareja murió en el acto; Paquito sobrevivió, pero fue internado en el Hospital Británico de Montevideo con politraumatismos y en estado delicado. “Se había fracturado la mandíbula, la clavícula, parte de la cadera… Entró en coma y tuvo un edema pulmonar grave. Todo un horror y, a la vez, un milagro, sí, porque poder tener conmigo a Francisco es un milagro”, recuerda Carolina, la hermana menor de Susana Giménez.


−Este es el primer verano tras el accidente. ¿Cómo lo vivís?
−Con tranquilidad. Creo que lo más difícil fue el fin de año, porque las fiestas me resultaron muy movilizadoras. No podía parar de pensar, “guau, tengo a mi hijo acá, conmigo”. Pasaron nueve meses y todavía me sorprendo de tenerlo a Francisco a mi lado. Por eso la Navidad la viví como un regalo, como una bendición.
−¿Cambió algo en vos luego de lo que pasó?
−Me cambió la cabeza a tal punto que no lo puedo explicar. Me di cuenta de que es muy loco el modo en que vivimos, tan desconectados de lo que realmente es esencial. Pero, cuando atravesás una situación límite como la que pasamos nosotros, de repente se te reordenan todas las prioridades y ves la vida de forma muy distinta.


−Más conectada con el presente…
−Sí. Y, te lo juro: no das algo por sentado nunca más. A mí me quedó una sensación horrible de lo impredecible que es la vida y que todo puede cambiar en un microsegundo. Hoy trato de vivir a pleno los momentos en familia. Disfruto cada abrazo con Paco, cada mirada, cada beso que me da. No es que estoy todo el tiempo pensando que él podría haber muerto, pero sí me resulta inevitable pensarlo de tanto en tanto.
−¿Y él cómo está?
−Muy bien. Los chicos procesan estas cosas de modo diferente a los adultos. Creo que todo se va a ir reacomodando con el tiempo. Él tiene a su familia paterna y parte de sus amigos en Uruguay y yo tengo a mis hermanos, con lo cual no vamos a perder esta conexión con ellos. Fue a al cementerio, donde están los abuelos, y ya pasó por el lugar del accidente. Obviamente, le cuesta un montón todo eso y extraña muchísimo a sus abuelos, pero está aceptando las ausencias.
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