Hizo historia en varias categorías y estuvo cerca de medirse con los mejores en Fórmula 1, pero el título que más orgullo le da es el de “mamá”. De regreso en las pistas, la piloto argentina más famosa posa entre sus motores
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Cuando era adolescente y todas las chicas de su edad pensaban en comprase ropa para estrenar el sábado a la noche, suspiraban por el líder de alguna banda de rock o imaginaban un futuro como médicas, maestras, arquitectas, actrices o abogadas, ella quería un motor nuevo para su karting, la única música que le interesaba era el ruido de los fierros y soñaba subir al podio de los grandes autódromos. A los 17, Ianina Zanazzi (39) se convirtió en la primera mujer en ganar en la Fórmula Súper Renault Argentina, después brilló en la Clase 2 del Turismo Nacional, en la Fórmula 3 Sudamericana y la Fórmula Honda y, a principios de los 2000, estuvo a punto de formar parte del Olimpo de la máxima categoría, pero eligió quedarse cerca de sus afectos: “Estoy convencida de que fue la mejor decisión que tomé, porque hoy disfruto todos los días del amor de mis hijos y yo soy muy básica en lo que necesito para ser feliz. Me hubiera encantado manejar un auto de Fórmula 1, es el sueño de cualquier piloto, pero no quería tener esa vida. Tenía muy claro que había libertades que eran importantes para mí y que de esa manera no se iban a dar”, dirá durante la entrevista.
Divorciada, mamá de tres hijos –Martino (13), Genaro (9) y Joaquina (7)–, Ianina, que se retiró del automovilismo durante quince años para dedicarse a su familia, regresó a las pistas y el año de su retorno volvió a romper el molde al consagrarse campeona, y también es consciente de que abrió el camino para muchas mujeres amantes de los fierros. De todo esto y más habló en la entrevista con ¡HOLA!


–¿Cuándo supiste que lo tuyo pasaba por manejar un auto de carrera?
–Fue medio de casualidad. Mi papá tenía un taller y varios clientes con Porsches y Ferraris, y armó un karting de mucha potencia para esos clientes, porque la mayoría no quería meter sus autos en una pista. Entonces, los fines de semana se iba con ellos al autódromo, hacían un asado y giraban con el karting. Un fin de semana, yo tenía 14 años, lo acompañé. Y cuando estuve ahí noté que me quería subir, que me quería subir, hasta que lo logré. En el momento en el que aceleré ese karting, que era tan potente, sentí muy claro que era eso lo que me gustaba. Así fue que arranqué a correr, porque también ese grupo de clientes de mi padre empezaron a ser un poco como sponsors, porque nosotros éramos una familia muy humilde A esa altura yo hacía lo de todas las chicas: danzas clásicas, zapateo americano... Pero bueno, me pasó eso y ya está, no lo pensé más, no analicé más nada: quería estar arriba de un karting, de un auto, de algo.
–¿Qué dijeron en tu casa?
–Mi viejo estaba chocho, porque él comparte esa pasión por los autos y teniendo cuatro hijas mujeres… pero tenía miedo. A mi mamá le tocó la parte más dura, porque a ella los autos no le gustan y obviamente quería protegerme, pero siempre fue incondicional conmigo. Tuve la suerte de tener dos padres que me apoyaron, incluso cuando quise dejar de correr, que estaba en mi mejor momento, también lo aceptaron. Siempre fui libre de elegir.
–¿Y tus amigas?
–Fue duro, porque venía la fiesta de 15 y yo no quise hacer fiesta, elegí gastar ese dinero en comprar un chásis y motor nuevo, porque quería andar más rápido. Además, me la pasaba hablando de autos, entonces tenía mucho trato con mis compañeros y no tanto con las chicas, que se la pasaban hablando de ropa, de dónde iban a ir a bailar, lo típico a esa edad, y yo estaba en otro canal. De viaje de egresados tampoco fui, porque decidí hacer un viaje a Australia a ver una carrera de Fórmula Car. Así que se me hacía difícil compartir cosas con las chicas, porque por la pasión por los autos siempre estuve más relacionada con los hombres. Después, a lo largo de la vida me fui haciendo de amigas fierreras. [Risas].
–En un momento dejaste de correr para dedicarte a tus hijos y después de varios años volviste a las pistas. ¿Te resultó fácil tomar esa decisión teniendo en cuenta que ya eras mamá?
–Me resultó fácil, pero no tenía que ver con ser mamá. Cuando volví, elegí una categoría en la que se corrían cinco carreras al año y la mayoría en Buenos Aires, con lo cual yo lo veía muy compatible con esto de ser mamá, porque no era tanto el tiempo que iba a estar fuera de mi casa. Pero lo más difícil fue arrancar sin sentirme preparada, porque fueron quince años de no estar compitiendo, de no estar entrenada físicamente para las exigencias que tiene un auto, así que eso era lo más difícil para mí, que soy muy exigente: el miedo al fracaso, a no estar a la altura. Tuve que aprender a vencer mis miedos, aceptar que me iba a costar, que no iba a arrancar adelante y que tenía que programarme para ir evolucionando, aprendiendo y superándome.
–Pero no te fue nada mal…
–No, de hecho, ese año de la vuelta, en la primera carrera hice un podio y terminé ganando el campeonato de las dos categorías. [Risas]. Fue algo increíble, pero le puse mucho trabajo. Mucho trabajo físico y mucho trabajo mental.
–¿Cómo es tu entrenamiento?
–Tengo una nutricionista deportóloga excelente, que me ayuda mucho, sobre todo los fines de semana de carreras, donde uno está con la cabeza en el auto y te olvidás de comer, de hidratarte. Y después, dentro del autódromo de Buenos Aires, la Sociedad Argentina de Volantes hizo un centro de entrenamiento a nivel internacional, que es lo mismo que tienen los pilotos de Fórmula 1 para entrenarse. Y ahí se trabaja en conjunto con un montón de profesionales: preparadores físicos, nutricionistas, psicólogos... Hoy, si querés hacés la rutina de entrenamiento de Lewis Hamilton, porque hay acceso a eso. Además, trabajo con Charly Odino, un genio que me entrenaba a mí cuando corría con karting y años después lo volví a encontrar y volvimos a trabajar juntos. También entreno con karting, haciendo mucho simulador, hago pole dance sport, que es para ganar fuerza en los brazos haciendo algo más divertido que aparatos.
–¿Qué dicen tus hijos de que la mamá maneje autos a alta velocidad?
–Mis hijos no sabían que yo corría, porque nacieron en esa etapa en la que yo no estaba arriba de un auto. Además, en mi casa no se hablaba de autos, yo no veía carreras, nada. Y de repente, en 2018 se enteraron que la madre había tenido un pasado y era piloto. Y como que no podían relacionar imágenes mías que veían de notas viejas o fotos con la mamá que les ruega que se pongan el cinturón, que va despacio y respeta todas las leyes de tránsito. Como que no podían asociar. Yo igual no soy de hablarles mucho de lo que hago, porque a ellos no les interesa. No quiero que el automovilismo invada la casa, quiero que ellos también tengan su espacio para contar sus problemas, sus inquietudes, lo que les pasa.
–¿Cómo compatibilizás la alta competencia con tu rol de madre?
–Ahora corro en Top Race, que son diez fechas al año, y muchos fines de semana en los que yo voy a competir a los chicos les toca estar con el papá, así que para ellos no cambia nada, y si coincide que me toca correr y ellos tienen que estar conmigo, se van con mis padres, que son unos amores como abuelos. Después, yo meto mi entrenamiento y mis cosas en el horario en el que ellos están en el colegio, y ya después corto y listo. Cuando arranqué a correr de nuevo, ese mismo año que estaba peleando el campeonato, me divorcié, y era como que por un lado estaba viviendo lo más lindo y por otro estaba viviendo lo más triste. Y ese amor por el automovilismo, esa pasión, hicieron que pudiera pasar ese momento lo mejor posible, que todos los días me levantara con ganas, a pesar de que en lo personal la estaba pasando mal. Entonces entendí que para mí era importante entender qué era lo que necesitaba para poder salir adelante, para poder estar bien con mis hijos, para poder darles lo mejor y para poder darles el ejemplo en esto del esfuerzo, de buscar una pasión, perseguir sueños, encontrarles la vuelta a los problemas. Pero me costó, me costó manejar la culpa. Igual siempre intento buscar el equilibrio y le pongo mucha garra. Quiero estar atenta y no perderme nada, porque mis hijos todavía están en edades en las que hay que estarles encima.
–¿Alguna vez te pasó que un hombre te diga: “Dejá que manejo yo”?
–¡¡¡Sí!!! Igual yo dejo que manejen, en la calle entrego el volante sin problema. Amo manejar, pero también me gusta que me lleven. Disfruto de esa comodidad de ir tranquila, trabajando con el teléfono o cebando un mate.
Maquillaje: Joaquina Espínola







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