Desde España, donde descubrió una vida más simple junto a su hija Sakura, confiesa su deseo de alejarse de la velocidad fashion e “influenciar” con el buen ejemplo
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El cemento, el ruido, el estrés. Todos esos condimentos que hacen de Nueva York la megalópolis que es dejaron de tener sentido para Sofía Sánchez de Betak (35). Aunque es cierto que su carrera de influencer se forjó al calor de las semanas de la moda en la Gran Manzana, hay mucho de esa vida anterior, que construyó en Manhattan, a lo que ya no quiere volver. “Son cosas con las que dejé de sentirme alineada y que no quiero para mi hija. El tiempo pasa muy rápido, la pandemia me cambió mucho y no quiero volver a lo mismo”, dice la argentina al otro lado del teléfono. Habla desde su casa en Mallorca, donde aterrizó a fines de abril con su marido, Alexandre de Betak (52), y su hija, Sakura (3).
Para “Chufy”, 2020 marcó un antes y un después en su historia y si bien un profundo cambio espiritual ya se había encendido en su interior tiempo antes del confinamiento, el coronavirus no hizo más que acelerar la transformación.
Desde hacía tiempo ya que Sofía tenía ganas de vivir cerca de la naturaleza y la pandemia le sirvió para que su marido, un talentosísimo productor de desfiles francés, no tuviera más excusas. “Tu oficina está cerrada, el colegio de nuestra hija también y no estás haciendo eventos. ¿Me podés decir qué ca… hacemos acá?”, le preguntó un día a Alex. A los pocos días, los tres estaban volando desde París (allí los agarró la cuarentena) hacia su casa de veraneo en la isla Balear, el nuevo centro de operaciones de la familia desde 2020.


EL SER Y LA INFLUENCIA
El tema de esta charla iba a centrarse en Chufy x Mango, una colección sostenible, de seis vestidos soñados, que presentó hace unos días en Mallorca, pero rápidamente vira hacia otros tópicos. Sí, fueron tres días sensacionales en los que nuestra entrevistada se convirtió en anfitriona de un puñado de invitados que voló el gigante de la moda (todos tuvieron que someterse a un test de antígenos y un PCR en la comida inaugural… ¡hola, nueva normalidad!), pero hay mucho para hablar y Sofía tiene ganas.
El “periplo” comenzó con una comida con protocolos en Son Rullan (un monasterio del siglo XIII que la diseñadora Sybilla Sorondo, íntima de Alexandre, convirtió en hogar hace décadas), continuó con un paseo en velero por las calas de la isla y culminó con una meditación y una danza chamánica en casa de la anfitriona. Chufy modeló sus creaciones inspiradas en sus veranos en el Mediterráneo, hubo un encuentro casual con Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones en un restaurante (por suerte, nadie osó robarles una foto, aclara Sofía) y muchos stories y posteos de atardeceres increíbles en Instagram.
–Qué ritmo...
–Es como andar en bicicleta, pero sí: me agoté. Lo único que quería hacer después era estar sola y meditar. Yo estaba acostumbrada a un ritmo mucho más intenso, pero estos días se sintieron como cinco fashion weeks seguidos. Más allá de eso, es un trabajo relajado, nada muy extremo: fue ver a amigos y agasajarlos en mi pueblo.
–¿Y qué opinó tu hija de no tenerte pura y exclusivamente para ella?
–Y, después de pasar un año confinadas, no estaba muy contenta. Antes de la presentación, llamé a nuestra ex niñera que vive en Madrid y le dije: “Por favor, venite unos días que te necesito”, literal. Sakura está más grande, más independiente y le tenía que compensar mis momentos de ausencia con una presencia que le significara mucho. Además, está yendo al jardín de infantes de 9 a 16 acá. Cuando cerraron los colegios en París me agarró la loca y nos vinimos a Mallorca.
–¿Están entre Francia y España ahora?
–Sí. El confinamiento nos agarró allá y nos quedamos [Sofía y los suyos solían vivir en Nueva York]. Viajamos un poco en el verano [europeo] y volvimos a viajar a fin de año. El invierno, además, se pone muy pesado en París. Mañana volvemos, igual, porque Alex tiene trabajo [está vacunado y tiene que producir shows allá], pero yo no tengo ganas de subirme al tren de la moda de vuelta. Hay varios desfiles y no me interesa ir a ninguno.
–¿De qué tenés ganas ahora?
–Me gusta estar acá y quizás el día de mañana nos instalemos en la isla. Todo es mucho más virtual hoy en día y no sé cuán necesario es vivir en la ciudad. Acá, Sakura va al jardín con los hijos de la fotógrafa, la maquilladora, el jardinero, el almacenero… Es una linda comunidad y siento que es muy enriquecedor para ella. A nivel personal, me gustaría encarar proyectos con un propósito más grande. El año pasado tenía organizado un viaje a Birmania con amigos. La idea era recaudar fondos para un orfanato que ya conocía y trabajar con ellos durante diez días. Tenía sponsors, celebrities y todo pagado, pero vino la cuarentena, el golpe de Estado y tuvimos que cancelarlo. Me hubiera encantado hacer de esa primera experiencia un paquete que quedara vigente… Voy a ver si puedo replicarlo en otro lado.
–Hace unos meses estuviste en Bahamas y en Kenia. ¿Cuánto cambió el mundo desde tus ojos de viajera?
–Lo que más me impactó fueron los efectos secundarios de la pandemia en las comunidades más humildes. Es un desastre. En Kenia, los niños comen en el colegio y el colegio está cerrado desde hace más de un año. Para comer, las chiquitas de 11 años tienen que dejarse violar. Hay 500 mil embarazos adolescentes reportados allá y las estadísticas no cuentan a las que no quedaron embarazadas o abortaron. Son dos, tres generaciones que van a crecer sin felicidad, totalmente trastornadas. En este sentido, las medidas para mitigar la pandemia fueron cortoplacistas y dejaron desprotegidos a los niños. Nosotros ya vivimos, ya disfrutamos. Somos jóvenes, pero no importa: la humanidad va a seguir con las nuevas generaciones. El mundo es para ellos.
–Como madre, ¿cuánto cambiaste en estos últimos tiempos?
–Aprendí a relativizar todo e intento no ser sobreprotectora. Trato de que Sakura calcule los riesgos. Nunca puse barreras en la escalera, por ejemplo, ni saqué cosas peligrosas de su alcance. Simplemente, le mostré que algunas la podían lastimar o hacerle mal y hasta el momento no tuvimos problemas. Los primeros años de vida se movió bastante de lugar y ahora quiero volver al movimiento: el presente nos demuestra que es vital saber adaptarse a distintas situaciones y contextos. Lo mejor que puedo hacer por ella es prepararla para lo incierto y enseñarle a usar su criterio. Me gusta funcionar de guía, “influenciarla” con el ejemplo en vez de bajar una línea.
–¿Cómo es Sakura?
–Está muy pícara y lo sabe. Es inteligente y muy detallista. En París, tenemos seis pares de puertas entre su cuarto y el nuestro. Tiene que pasar por el playroom, el living y así hasta llegar a nuestra cama. Son puertas grandes, pesadas, de madera maciza. Las abre y las cierra en la madrugada porque le molesta que queden abiertas. También le molestan las manchitas en la ropa y no me deja ponerle dos medias diferentes. No hay manera. Es maniática como el padre. [Se ríe].
–¿Da indicios de querer seguir sus caminos?
–Es muy chica todavía. Lo que sí veo es que es muy sociable. Suena el timbre a las 8 de la mañana y pregunta: “¿Amigos Saku?” y no, es el cartero. Le gusta la gente y se adapta bien. La “tiro” en un jardín de infantes en el medio de la nada y en dos minutos se hace siete amigos nuevos.
–Hace un año, Alexandre tuvo Covid. ¿Cómo está ahora?
–Suponemos que tuvo Covid porque en aquel momento aún no había tests. Fue la primera semana de marzo. Está impecable, sin efectos colaterales. Nos hicimos los anticuerpos dos meses después y a los dos nos dio negativo… No sé. En la pandemia no hay nada seguro.


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