Fueron descubiertas en 1938 y son las más importantes de Europa
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Están en La Puglia, el taco soleado de la península itálica, y a pocos kilómetros de Alberobello, la capital de los trulli, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Las Grotte di Castellana son un imponente sistema de cuevas kársticas que fue descubierto en 1938 y es considerado el más importante de Europa.
Paisaje subterráneo que alcanza los 3.348 metros de longitud, descienden hasta una profundidad máxima de 122 metros. Su mayor atractivo es la extraordinaria variedad de estalactitas, formaciones que cuelgan del techo, y estalagmitas, que crecen desde el suelo gracias a los depósitos de carbonato de calcio que dejan las gotas de agua a lo largo de millones de años. Formas caprichosas, casi escultóricas, que evocan figuras reconocibles y despiertan la imaginación.
Bajo el mar
La historia de las Grutas de Castellana comienza en el Cretácico superior, entre 100 y 90 millones de años atrás, cuando La Puglia permanecía sumergida bajo el mar Mediterráneo. Hace unos 65 millones de años, el levantamiento tectónico progresivo dio lugar al paisaje actual, dejando al descubierto grandes masas de piedra caliza, aún atravesadas por grietas muy profundas.

Con el paso del tiempo, las lluvias se filtraron en el subsuelo y formaron un vasto acuífero subterráneo. Los derrumbes ensancharon progresivamente la caverna hacia el techo hasta crear un gran pozo natural hoy conocido como La Tumba, la única conexión de las grutas con el exterior.
Durante siglos, el borde de La Tumba, la enorme sima que marca la entrada al sistema, inspiró temor entre los habitantes de la zona. Al anochecer, los murciélagos emergían del abismo y los vapores que se elevaban desde el fondo alimentaban supersticiones: para algunos, eran almas inquietas que intentaban ascender al cielo.

Hasta que, en 1938, el espeleólogo Franco Anelli descendió por primera vez a las profundidades de las grutas por un encargo de la Oficina Provincial de Turismo de la region, pero pudo llegar sólo hasta la primera cueva, ahora llamada Corredor de los Monumentos. En las siguientes expediciones, acompañado por el trabajador Vito Matarrese, avanzó primero hasta un corto túnel descendente, hoy conocido como el Corredor de la Serpiente, y luego hasta los 600 metros de La Tumba, el actual Corredor del Desierto. Tras la marcha de Anelli, Matarrese continuó las exploraciones en solitario hasta descubrir la joya del recorrido: la Gruta Blanca. Así se completó el trazado actual de las cuevas.
Caminar entre millones de años
La visita a las Grutas de Castellana es toda una experiencia. Comienza con el descenso a La Tumba, un impresionante pozo vertical de unos 100 metros de largo, 50 de ancho y 60 de profundidad. Desde allí, un rayo de sol se filtra en la oscuridad y se desplaza a lo largo del día y de las estaciones, recordando el simbolismo de la luz en la arquitectura gótica, entendida como manifestación de lo divino.
Aparecen entonces las primeras estalagmitas, conocidas como los cíclopes, que parecen gigantes marinos emergiendo de un océano petrificado. A medida que se avanza por pasillos angostos, como el Corredor de la Serpiente, las paredes revelan escaparates con fósiles marinos y formaciones que brillan como vitrinas de joyería natural. Los minerales tiñen el agua de tonos rosados, verdosos, aguamarina y anaranjados, en un espectáculo silencioso y húmedo.

En las grutas, el crecimiento milenario de estalactitas y estalagmitas dio lugar a columnas, cortinas y figuras que recuerdan animales y monumentos, como por ejemplo la Loba de Roma, que evoca a la mítica figura que amamantó a Rómulo y Remo. En la Cueva de los Monumentos, por su parte, algunas formaciones parecen reproducir el Duomo de Milán o la Torre de Pisa, nombres surgidos del juego y la imaginación de los visitantes. El habitante más característico de las grutas es el murciélago, aunque también viven allí crustáceos y escarabajos adaptados a la oscuridad. Y la experiencia se completa con el sonido de las gotas que interrumpen el silencio subterráneo.
El gran final
A unos 1.500 metros del ingreso, se revela la gran protagonista del recorrido: la Gruta Blanca. Famosa por su luminosidad excepcional, debe su resplandor a la pureza del carbonato de calcio que recubre cada superficie. La majestuosidad de las salas anteriores parece desvanecerse ante este palacio natural de cristal: estalactitas y estalagmitas translúcidas forman un delicado encaje blanco que brilla con luz propia.

En un silencio casi reverente, se observa una pequeña cuenca, antiguamente llena de agua, hoy decorada con cristales que cubren fondo y paredes. Dos enormes columnas parecen sostener la bóveda, adornada por concreciones coralinas. Es el final del recorrido y su momento más memorable: un recordatorio del poder paciente pero inmenso de la naturaleza.
Datos útiles
Las Grutas de Castellana. Están a 18 km de Alberobello. En auto se tarda 15 o 20 minutos, mientras que colectivo son 50 minutos y el trayecto cuesta entre desde 4 euros. Las grutas abren todo el año, con horarios que varían según la temporada. En verano se ofrece la Speleonight, una experiencia nocturna que permite recorrer las cuevas a oscuras, guiados por espeleólogos y con iluminación únicamente en el casco. Otra opción es Familia Speleo, una versión adaptada para para los más chicos. Y existe la visita Cuevas de Clic, pensada para fotógrafos y creadores de contenido, ya que durante el recorrido tradicional no está permitido tomar fotos. Otra propuesta singular es Infierno en la Cueva, un espectáculo teatral nocturno inspirado en La Divina Comedia de Dante, representado en La Tumba. El valor de las entradas para el recorrido parcial (1 km, 50 minutos) es de 14 euros; para el recorrido completo (3 km, 1 hora y cuarenta minutos), son 17 euros e incluye la Gruta Blanca.
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