El pueblo patagónico vuelve a aparecer en las noticias por los incendios que afectan a la Comarca Andina. Pero detrás de esa urgencia hay un pueblo que se explica por su lago, su bosque y una comunidad que eligió habitar el paisaje con cuidado, identidad y una relación profunda con la naturaleza.
5 minutos de lectura'
No es la primera vez que el nombre de Epuyén aparece asociado a incendios en la Comarca Andina. Ya ocurrió antes. El fuego es una amenaza recurrente en este territorio de bosques cerrados, veranos secos, turistas imprudentes y vientos imprevisibles. Por eso, cada vez que Epuyén entra en la conversación pública por ese motivo, conviene detenerse y ampliar el plano. Mirar más allá de la urgencia, del humo y de la noticia.

Porque Epuyén es, desde hace décadas, una de las experiencias más singulares del noroeste de Chubut. Un pueblo que eligió crecer despacio, construir comunidad y sostener una relación cuidadosa y consciente con su entorno natural. Un lugar donde el paisaje es un paisaje escénico, pero también una responsabilidad compartida, donde la identidad se fue moldeando tanto a partir de lo que se protege como de lo que se produce.
Ubicado a la altura del Paralelo 42, Epuyén aparece casi como un desvío voluntario dentro de la Comarca Andina. Para muchos, El Bolsón quedó atrás en el mapa de lo buscado; aquí, en cambio, encontraron calles de ripio, silencio real y una vida cotidiana atravesada por el bosque. El pueblo creció a ritmo lento, con una identidad marcada por el activismo ambiental, la producción artesanal y una comunidad que defiende, desde hace tiempo, la idea de habitar sin arrasar.

El gran organizador del paisaje es el lago homónimo. Tiene una forma alargada, abrazando la base del cerro Pirque. La prohibición de embarcaciones a motor —una rareza en la Patagonia— convirtió sus costas en un refugio de calma. Desde allí, el agua se recorre en kayak, canoa o stand up paddle, con la sensación constante de que nada interrumpe el vínculo directo con el entorno. Las dos puertas de acceso —Puerto Patriada, más animado y hoy atravesado por el feroz incendio, y Puerto Bonito, más íntimo— muestran dos maneras de aproximarse al mismo paisaje: una más social, la otra casi contemplativa.
Esa forma de habitar el paisaje también se refleja en quienes eligieron Epuyén como proyecto de vida. A orillas del lago, los franceses Jacques Dupont y Sophie Courtois llegaron en 1987 casi sin plan previo, cambiando los Alpes por los Andes. Ambos instructores de esquí, encontraron en este rincón del noroeste de Chubut el escenario para empezar de nuevo. En una chacra de 15 hectáreas, cubierta entonces de rosa mosqueta y sin servicios, levantaron con paciencia El Refugio del Lago, una hostería silenciosa y de paisaje vivido.
Pioneros del turismo de travesías en la zona, Jacques —escalador experimentado, con hitos en paredes míticas como El Capitán, en Yosemite— y Sophie construyeron cabañas rústicas, un muelle propio, un camping arbolado, plantaron frutales que marcan el ritmo de las estaciones, producen quesos de cabra, dulces caseros y se prestan a conversaciones largas alrededor del fuego.
Puerto Bonito es, para muchos, el corazón emocional de este sitio. El bosque llega hasta el agua y las construcciones parecen pedir permiso antes de instalarse. En ese borde funciona el centro cultural Antu Quillén, espacio comunitario que volvió a levantarse gracias al trabajo colectivo de los vecinos, en una lógica que define bien al pueblo: reconstruir juntos, sin estridencias, con cooperación real. Hoy funciona también como uno de los ejes para trabajar contra el fuego, coordinando donaciones y tropillas. En tiempos normales, desde su muelle parten travesías que combinan navegación y caminatas interpretativas, siempre con el lago como punto de partida y regreso.

Epuyén también sorprende por su dimensión simbólica. A pocos kilómetros del centro, al final de un camino de tierra, aparece la estupa budista Samanthabadra, la más grande del país. Blanca, silenciosa, abierta a cualquiera que quiera detenerse, meditar o simplemente mirar el paisaje desde otro lugar, la estupa se integró a un territorio que, a priori, sonaba contrastante.

La vida cultural y productiva del pueblo se organiza en clave local. La feria Epuyén Produce reúne a artesanos, productores y cooperativas que ofrecen desde harina del viejo molino hasta quesos, mieles, tejidos, plantas nativas y alimentos de chacra. Lo que se vende suele haber sido sembrado, criado o elaborado a pocos kilómetros de ahí. En verano, la Fiesta Provincial del Artesano refuerza ese espíritu, con encuentros que combinan música, talleres, comidas compartidas y una idea muy clara de comunidad.
El arte también encuentra aquí un territorio fértil. Talleres escondidos entre árboles, artistas que trabajan con hojas, madera o pigmentos naturales, proyectos que unen creación y reforestación. El paisaje como materia prima, tema y responsabilidad.

Quizás por eso duele más cuando el fuego avanza. Pero también por eso vale la pena contar, una y otra vez, qué es Epuyén cuando no arde. Un pueblo que eligió cuidar su lago, limitar su crecimiento, sostener economías pequeñas y construir una identidad basada en la naturaleza como acuerdo colectivo. Hoy su nombre circula por una emergencia; ojalá, cuando el humo se disipe, vuelva a nombrarse por todo lo que sigue en pie.

1Cómo es el paraíso patagónico que puede quedar destruido por los incendios
2El destino que se perfila como uno de los favoritos para comer y viajar en 2026
3La trasladaron en partes, fue vivienda y restaurante y sobrevivió a un incendio
4El bodegón de 1914 que se mantiene vigente con sus platos voluminosos y una especialidad muy original






