
A través de movimientos corporales diseñados a principios del siglo XX por George Gurdjieff, esta disciplina propone un método práctico de autoconocimiento
5 minutos de lectura'

El cuarto camino es un método de autoconocimiento introducido en Occidente por el filósofo y maestro místico George Ivanovich Gurdjieff. Su propuesta central busca el desarrollo armónico e integral en la vida cotidiana.
Para dar forma a esta doctrina, Gurdjieff dedicó gran parte de su vida a explorar la naturaleza humana y las leyes universales que rigen la existencia. Durante su juventud emprendió extensos recorridos por el Cáucaso, Asia Central, Egipto, Persia, India y Tíbet, donde tomó contacto directo con diversas tradiciones antiguas. El resultado de ese recorrido fue la elaboración de un sistema práctico que entrelaza elementos del sufismo, el cristianismo esotérico, el hermetismo y múltiples filosofías orientales. Esta síntesis teórica se complementa con las prácticas corporales conocidas como movimientos de Gurdjieff o danzas sagradas, creadas para ejercitar la atención, la coordinación y la presencia plena en el propio cuerpo.
“Mientras el camino del faquir concentra sus esfuerzos en el centro motor a través del dominio físico, el camino del monje pone el foco en la devoción del centro emocional y el camino del yogui prioriza la disciplina del centro intelectual, la enseñanza de Gurdjieff insta a los practicantes a trabajar en su evolución interior mediante la integración simultánea de estos tres centros. Todo ello se logra sumergido en las demandas diarias, convirtiendo la rutina en el campo de prueba definitivo”, explica Perla Hershtein, directora de la Escuela de Danzas de Gurdjieff.

El funcionamiento interno de esta disciplina requiere una reconfiguración de los hábitos automáticos. La dinámica de las danzas sagradas ejercita simultáneamente la mente, el cuerpo y la emotividad, generando un impacto profundo en la percepción diaria.
“Los movimientos trabajan en dos aspectos. Por un lado, llevan a mantener una cierta calidad de atención en diferentes partes del cuerpo en una sucesión de actitudes, ritmos y desplazamientos que nos desconectan de nuestra vieja estructura de movimiento automático. A su vez, nos abren a una manera nueva de movernos, pero también de pensar y de sentir. Se crean nuevos puentes entre los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro”, aporta Hershtein.
El propósito final de las danzas sagradas es trasladar esa nitidez al terreno concreto del día a día. Las secuencias de movimiento funcionan como un espejo que delata las reacciones automáticas y condicionamientos emocionales.
“Mediante la práctica de los movimientos de Gurdjieff podemos entrar en contacto con energías de un nivel más alto. Pero también nos pueden mostrar cómo ser en nuestra vida, cómo estar presentes, cómo tomar distancia de ciertas reacciones condicionadas”, agrega Hershtein.
El equilibrio entre las tres dimensiones del ser humano constituye el eje sobre el cual orbita todo el trabajo interior del sistema. En lugar de permitir que la mente divague por un lado mientras el cuerpo reacciona por inercia y las emociones se desbordan por otro, la disciplina busca unificar las tres fuerzas en un único punto focal.
“Este estado de atención ocurre cuando mente, cuerpo y corazón están juntos, yendo en la misma dirección; cuando las sensaciones del cuerpo, el pensamiento y los sentimientos trabajan en un acuerdo, comparten un cierto tempo común y no están desconectados entre sí. Gurdjieff decía que el hombre tiene tres centros: intelectual, emocional y físico. Normalmente, trabajan independientemente. El objetivo es hacerlos converger, llevarlos hacia la armonía”, explica la directora.
Así, en la práctica presencial de la danza, el cuerpo físico se convierte en el canal primario de la acción, pero con el transcurso de la ejercitación, la memoria intelectual cede espacio a una comprensión afectiva más profunda. La exigencia de estar presentes en cada postura impide que la mente intente controlar obsesivamente la secuencia.

“Los movimientos trabajan y afectan estos tres centros. Aunque a simple vista el cuerpo es el centro físico, luego de un tiempo de práctica se recordarán estos movimientos con el corazón, a pesar de que la mente quiera estar involucrada, intentando memorizar la secuencia y tratando de controlar los patrones. Lo que es esencial es estar en el momento, paso a paso, en el aquí y en el ahora”, sigue Hershtein.
“Al momento de abordar las sesiones de movimientos, la disposición interna sufre un viraje inmediato. El practicante se desprende de la noción lineal del tiempo para situarse de lleno en el presente, liberando las cargas del pasado y las ansiedades sobre el futuro. En ese espacio de apertura, el ego suele presentar batalla intentando distraer la atención a través de juicios o resistencias, pero la potencia y la precisión de las posturas anulan la dispersión”, concluye la directora.
Las danzas sagradas se transforman así en una vía espiritual de conexión que trasciende las palabras para situar la conciencia en el espacio del aquí y el ahora.
1
2Horóscopo: cómo será tu semana del 23 al 29 de agosto de 2026
3Annie Coleman, embajadora de Stanford: “La vida es reinvención y, en una vida más larga, la gente tendrá que reinventarse varias veces”
4Carme Noguera tiene 112 años y revela qué atribuye a su longevidad: “He comido, dormido y trabajado como todo el mundo”
