
Pedagoga, consultora y formadora en estrategia y eficacia, promueve la organización, pero no desde el control férreo del tiempo, sino con posibilidad de tener más espacio para el disfrute, la lentitud y la claridad
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“Si no te da la vida, es porque quizás querés hacer todo y no sabés decir que no a nada”. La frase, que en boca de otros podría sonar a slogan provocador, en la española Helena Sempere cobra forma de manifiesto sereno y contundente. Desde su experiencia como pedagoga y consultora, aborda la gestión del tiempo como una herramienta vital para recuperar la alegría y no como un instrumento de exigencia.
¿Para qué queremos tiempo libre si lo usamos solo para seguir produciendo? Esa es una de las preguntas que le hizo cuestionarse el poder de la eficiencia.
Según un estudio del Instituto de Psicología de la Universidad de Friburgo, las personas que aprenden a combinar organización personal con disfrute presentan un 35% menos de síntomas de ansiedad crónica. El mismo informe afirma que “la eficiencia sin propósito vital puede derivar en burnout emocional, aunque se cumplan todas las metas”.
En ese desajuste entre metas y sentido es donde aparece Sempere. Enseña que no se trata de hacer más, sino de elegir mejor. Construye una idea de eficiencia que incluye abrazos, pausas, almuerzos largos, bailes y decisiones conscientes. “Ser eficaz sin disfrutar es como ir en un tren bala sin ventanillas”, dice. Y cada idea que despliega parece abrir una nueva forma de mirar la organización cotidiana sin convertirla en una obsesión. Con tono directo, pero sin asperezas, invita a tener tiempo sin que la vida se desmorone.
–Usted dice que al que no le da la vida es porque no tiene ganas. ¿No suena demasiado dura esta afirmación?
–Lo digo como un sacudón amoroso. No es una sentencia ni una burla. Es una invitación a mirar desde otro lugar. Cuando decimos “no me da la vida”, solemos colocarnos en una posición de víctimas. Y desde ahí es muy difícil generar movimiento. En cambio, si asumimos que sí podemos decidir, que sí tenemos poder sobre lo que priorizamos, entonces podemos hacernos responsables mucho más de lo que creemos.
–¿Qué se gana cuando uno empieza a organizar mejor su tiempo?
–Libertad. Claridad. Paz. No se trata solo de tener más horas para ser más productivos. Esa idea es perversa. Se trata de tener tiempo para vivir. Para leer sin mirar el reloj, para comer sin trabajar al mismo tiempo, para mirar a los ojos a un hijo o a una amiga sin estar pensando en la próxima reunión. Ganar tiempo es ganar vida.

–¿Y por qué nos cuesta tanto lograrlo?
–Porque nos enseñaron a hacerlo, a cumplir. A seguir instrucciones. A responder a estímulos externos sin parar, observar o discernir. De chicos no nos enseñan a elegir qué hacer con nuestro día, a planificar, a decir que no. Solo a obedecer. Entonces, cuando crecemos, no sabemos muy bien cómo manejar lo que queremos, lo que debemos y lo que los demás esperan que hagamos.
–¿Cuáles son los errores más frecuentes que cometemos al gestionar nuestro tiempo?
–El más común es no valorarlo. No darnos cuenta de que cada minuto que entregamos a algo ya no vuelve. Otro punto es la falta de conciencia. Actuamos en automático. Saltamos de tarea en tarea sin pensar si eso que estamos haciendo realmente merece nuestro tiempo. Y, por supuesto, la dificultad para poner límites. Decimos sí a todo. A todos. Y nos dejamos a nosotros últimos en la lista.
–¿Qué aprendió de usted misma al convertirse en madre?
–Que el control absoluto es una fantasía. Que hay situaciones que se escapan y que hay que vivirlas igual. Que no puedo estar en todo ni ser todo. La maternidad me enseñó flexibilidad. También a mirar a otras mujeres con más compasión. Porque muchas emprenden o trabajan con hijos pequeños y se autoexigen como si nada cambiara. Y cambia todo. Hay que integrar eso en cualquier planificación. No se puede vivir ni trabajar como si no estuviéramos atravesadas por lo personal. La eficiencia sin propósito es una trampa.
–Muchos piensan que organizarse es sinónimo de obsesión. ¿Dónde está el límite?
–En la incomodidad. Si la organización se convierte en una cárcel, entonces ya no es saludable. La obsesión no tiene que ver con ser organizado o no, sino con llevar algo a un extremo que nos condiciona. La organización, bien entendida, es amable. Te da estructura, te contiene. No te controla. Si te está controlando, si te pone nervioso que algo se desvíe del plan, entonces quizás estás confundiendo estructura con rigidez.
–¿Es posible ordenar el caos o simplemente hay que aprender a convivir con él?
–El caos es parte natural de la vida. No podemos evitarlo. Pero sí podemos elegir cómo lo gestionamos. El problema no es el caos, sino cuando lo dejamos crecer sin pausa y se convierte en un monstruo. Creo en el equilibrio. En parar, observar, reorganizar. Como cuando tu casa está patas para arriba: no te desesperás, la ordenás. Con la vida, igual.
–¿Qué opina de la idea de que el tiempo libre es solo para recuperar energía y seguir siendo eficientes?
–Me parece una trampa peligrosa. Si reposás solo para volver a rendir, no estás descansando. Estás recargando para seguir produciendo. Y eso es muy agotador. El tiempo libre tiene valor por sí mismo. Porque en ese espacio nos encontramos. Nos divertimos. Nos relajamos. Creamos. Amamos. Vivir no es un intermedio entre tareas. Vivir es la tarea.
–¿Qué lugar ocupa el disfrute en su propuesta de organización personal?
–No es un extra. Es el centro. Porque cuando lo dejamos afuera, la vida se convierte en una sucesión de objetivos, listas y metas. Y nos vaciamos. Para mí, una persona sexy no es alguien que hace todo. Es alguien que elige, que goza, que se ríe. Que deja espacio para la improvisación, para un plan inesperado. Ser eficaz sin placer es una contradicción.
–¿Cómo conviven en usted el control y el caos?
–Al control lo abrazo. Me gusta tener las cosas bajo control. Me hace sentir segura. Pero también necesito el descontrol. La espontaneidad. Lo imprevisto. Como el yin y el yang. Me agota querer tener todo ordenado y aprendí que no puedo. Que está bien delegar. Que hay cosas que simplemente no dependen de mí. Y que eso también es parte de estar en equilibrio.
–¿Qué impacto tiene el mundo digital en nuestra manera de usar el tiempo?
–Muchísimo. Nos roba atención, concentración, profundidad. Nos vuelve más ansiosos, más fragmentados. Claro que tiene beneficios, no soy antinada. Pero hay que regularlo; si no, todo se vuelve superficial. Eso afecta desde la educación hasta la salud mental. Necesitamos reencontrarnos con lo real: con el abrazo, con la mirada, con el tiempo lento. De lo contrario, perdemos la esencia.
–¿Cómo imagina el futuro del trabajo en relación con la vida personal?
–Me gustaría pensar que vamos hacia un modelo más consciente. Que se deje de glorificar el hacer sin pausa. Que se empiece a valorar el descanso, la familia, el bienestar. Que las empresas entiendan que la productividad no se logra exprimiendo a las personas, sino cuidándolas. Ya hay propuestas como la semana laboral de cuatro días. Ojalá no sean excepciones, sino camino. Porque sin salud, no hay sociedad.
–¿Qué es lo primero que le diría a alguien que se siente sobrepasado por su rutina?
–Que pare. Aunque sea un día. Que respire. Que escriba. Que mire qué está haciendo y por qué. Y que empiece, de a poco, a recuperar el control. No de todo. Pero de algo. Un paso chiquito. Una hora. Un no. Un sí. Algo que le devuelva la sensación de que puede elegir. Porque, en verdad, puede, solo que ha perdido la brújula de su propio tiempo.





