
Hay atracción, ambigüedad y roles distintos; la investigación lleva décadas intentando responder una pregunta que el cine ya planteó en 1989 y que la vida cotidiana sigue sin resolver del todo
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“Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos“, le dice Harry a Sally en el auto, al principio de la película de 1989. “¿Por qué?”, pregunta ella, a lo que él responde con una claridad que no parece querer irse a ningún lado que “la parte del sexo siempre se mete en el medio”. Más de tres décadas después, el planteo de la escena dirigida por Rob Reiner sigue siendo el punto de partida más reiterado para hablar del tema.
Aparece y reaparece en conversaciones entre amigas analizando su vida social, entre compañeros de trabajo que recién se conocen y entre parejas que empiezan a poner límites. Es, también, un problema que la psicología, la biología evolutiva y la ciencia del comportamiento intentan responder con datos desde hace décadas. Hoy, la respuesta sigue pecando de ambigüedad.
Lo que dice la ciencia
Allá por el 2000, los psicólogos April Bleske y David Buss de la Universidad de Texas publicaron un estudio que se convirtió en referencia sobre el tema: encuestaron a cientos de estudiantes sobre los beneficios y costos que percibían en sus amistades con personas del sexo opuesto y encontraron diferencias significativas según el género.
Mientras que los hombres valoraban el acceso sexual -o la posibilidad de él- como un beneficio de estas amistades, las mujeres, en cambio, valoraban la protección que les ofrecían sus amigos varones. Ambos sexos coincidían en que recibir información sobre el otro género -cómo piensan, qué quieren en una pareja- era una ventaja exclusiva de estas amistades que las del mismo sexo no podían replicar. La conclusión del estudio fue directa: la respuesta a si hombres y mujeres pueden ser solo amigos depende, en buena medida, del sexo de la persona a quien se le pregunta.
Años después, una investigación de 2012 publicada en Scientific American llevó el análisis un paso más lejos. Investigadores convocaron a 88 pares de amigos de sexo opuesto a un laboratorio y los encuestaron por separado sobre sus sentimientos reales hacia el otro. Los resultados fueron reveladores: los hombres reportaban mayor atracción hacia sus amigas que a la inversa. Pero más llamativo aún fue lo que encontraron sobre la percepción mutua: los hombres tendían a creer que su atracción era correspondida, aunque generalmente no lo era, mientras que las mujeres, que en su mayoría no sentían atracción, asumían que tampoco la había del otro lado. En otras palabras, los hombres sobreestimaban el interés romántico de sus amigas y las mujeres lo subestimaban.
Además, los hombres se mostraron más propensos a actuar en consecuencia, incluso cuando la amiga estaba en pareja: punto en el que profundizó un estudio publicado en Evolutionary Psychology en 2022. En este, investigadoras de la Universidad SWPS de Polonia analizaron a personas en relaciones comprometidas que al mismo tiempo mantenían una amistad con alguien del sexo opuesto. Sus hallazgos mostraron que el atractivo físico del amigo predecía el interés sexual hacia él en ambos sexos, aunque con mayor fuerza en los hombres.
Para las mujeres, ese interés era modulado por la calidad de su pareja actual: si estaban satisfechas con su relación o sentían que su pareja las apoyaba, el atractivo del amigo no se traducía en atracción sexual. Para los hombres, en cambio, ninguna de esas variables moderaba el efecto. Las autoras interpretaron estos resultados como consistentes con la hipótesis evolutiva del "mate switching“: los amigos del sexo opuesto pueden funcionar, al menos inconscientemente, como parejas potenciales de reserva.
Lo que toda esta investigación revela no es que la amistad entre hombres y mujeres sea imposible, sino que opera bajo condiciones distintas a las de las amistades entre personas del mismo sexo.
En este sentido, Macarena Gavric Berrios, psicóloga clínica especializada en trastornos del desarrollo, explica que la principal diferencia entre una amistad mixta y una entre personas del mismo sexo no reside en la calidad del vínculo, sino en las condiciones socioculturales y los procesos psicológicos que lo atraviesan.
“Estos vínculos suelen estar más expuestos a la sexualización y a expectativas externas que los interpretan como potencialmente románticos, lo que introduce presiones y lecturas que generalmente no aparecen en las amistades del mismo género”, dice la psicóloga.
“Interactuar con alguien del género hacia el cual existe orientación sexual puede activar esquemas afectivos y sistemas motivacionales vinculados a la atracción, incluso de manera no consciente, volviendo el vínculo más susceptible a ambigüedades o malinterpretaciones”.
Si bien esta atracción no altera automáticamente una amistad, sí puede modificar la dinámica si no se gestiona adecuadamente, sostiene Gavric Berrios. Para la experta, lo que determina el impacto no es la atracción en sí, sino cómo cada persona la procesa, la regula y la integra dentro del vínculo.
“Una amistad puede ser completamente real y saludable aun cuando exista atracción, siempre que esta no se convierta en expectativa, no distorsione la comunicación y no genere conductas ambiguas o manipuladas por el deseo”, concluye. “En clínica se observa que la atracción solo se vuelve problemática cuando se transforma en un objetivo relacional -explícito o implícito- o cuando una de las partes empieza a organizar su conducta en función de obtener reciprocidad. Mientras la atracción sea reconocida, aceptada, regulada y no utilizada para tensionar el vínculo, la amistad puede sostenerse con autenticidad”.
Asimetría: ¿Es un problema?
Ahora bien, el escenario que más personas han vivido e inevitablemente más tensiones genera es el de la asimetría: cuando una de las dos partes empieza a querer algo más que amistad. Según Gavric Berrios, cuando eso ocurre se produce lo que la psicología social llama una asimetría vincular o afectiva, que modifica de manera significativa la estructura del vínculo.
“La persona que desea más tiende a aumentar su inversión emocional, a interpretar señales ambiguas como reciprocidad y a organizar su conducta en función de la posibilidad de un desarrollo romántico; mientras que, del otro lado, quien no siente lo mismo puede experimentar incomodidad, culpa o confusión, lo que a veces la lleva a suavizar límites o evitar conversaciones claras para no herir, generando un clima relacional ambiguo que activa dinámicas propias de los vínculos inseguros: hipervigilancia, expectativas no correspondidas, malestar emocional y pérdida de la sensación de base segura que caracteriza a una amistad saludable”, plantea Gavric Berrios.
¿Tiene solución? Reordenar el vínculo después de esa asimetría es posible, dice la psicóloga, pero no es un proceso ni espontáneo ni garantizado y requiere que ambas partes puedan comunicarse con claridad.
“Esto implica que quien siente más pueda elaborar la frustración y resignificar el vínculo, y que quien no corresponde pueda sostener límites sin ambigüedades”, sostiene la psicóloga, ya que, sin esos elementos, la asimetría tiende a cronificarse, generar malestar, resentimiento o confusión; terminando con frecuencia en distanciamiento.
Según Gavric Berrios, los factores que más frecuentemente vuelven ambigua una amistad entre un hombre y una mujer son los límites difusos (una intimidad emocional muy intensa o una disponibilidad afectiva excesiva que se parece más a la de una pareja), el coqueteo sutil aunque no intencional, las necesidades afectivas no resueltas, y las expectativas culturales que tienden a sexualizar cualquier vínculo entre géneros distintos. A eso se suma la historia previa del vínculo y los contextos que favorecen la intimidad: trabajar juntos, compartir crisis personales, ser confidentes exclusivos del otro.
Por el contrario, las condiciones que ayudan a que estas amistades sean claras, nutritivas y sostenidas en el tiempo son, según la especialista:
- Límites explícitos sobre qué tipo de intimidad es adecuada y cuál no.
- No atracción significativa de por medio.
- Transparencia emocional sin dramatizar ni evitar.
- Coherencia conductual sin señales contradictorias.
- Buena regulación emocional de ambas partes.
- Revisión del vínculo cuando cambian las circunstancias (una nueva pareja, una crisis, un cambio de vida).
- Expectativas alineadas.
- Autoconciencia para identificar si la amistad está cubriendo necesidades que deberían resolverse en otro espacio.
En definitiva, la estabilidad depende de condiciones emocionales y vinculares muy específicas y “No es necesariamente la diferencia de género lo que determina su continuidad, sino la claridad vincular que, lejos de ser espontánea, se construye”, remata Gavric Berrios.
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