Sobre el Río de la Plata, el Paraná y el Uruguay, cinco lugares ideales para tomar sol y disfrutar de la naturaleza; tranquilidad, recuerdos históricos y buena comida completan la oferta
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Para los que planean una escapada en Carnaval cercana y refrescante, las playas de río son una buena alternativa. Sobre el Río de la Plata, el Paraná y el Uruguay, cinco opciones, algunas muy poco conocidas, para tener en el radar.
1. Un paraíso protegido para la observación de aves
El Parque Nacional Islas de Santa Fe, el único de esa provincia desde 2010, abarca ocho islas fluviales de más de 4000 hectáreas cuyo paisaje se transforma al compás de las subidas y las bajadas del río Paraná, con sus camalotes y flores de irupé. El lugar es un refugio de biodiversidad reconocido como Sitio Ramsar desde 2017.
Solo 31 kilómetros de navegación tranquila en embarcación particular o contratada separan a la pequeña localidad Puerto Gaboto de las islas, con sus más de 150 especies de aves, carpinchos, zorros y yacarés. Las playas de arenas doradas se asoman durante las bajantes del río para descansar y disfrutar de la naturaleza. Además, este sitio para turistas fanáticos del ecoturismo tiene dos senderos de dificultad media y solo 2 kilómetros de largo cada uno, entre la ida y la vuelta. Uno es El Timbó, llamado así por el árbol nativo que prevalece en la zona, y el otro es La isla misteriosa, un recorrido rodeado de cursos de agua. Las islas protegidas pueden visitarse los sábados, domingos y feriados de 8 a 19. Se debe llevar agua y comida, y luego traer de vuelta los residuos.
Quienes no quieren dormir en el camping agreste del parque nacional, encontrarán cabañas y deliciosa gastronomía de pescados de río como surubí, tarucha, boga o dorado en Puerto Gaboto. En la desembocadura del río Carcarañá con el Coronda, donde Sebastián Gaboto fundó el Fuerte Sancti Spiritus en 1527, hoy se encuentra el Parque del Fuerte (abre martes, miércoles, jueves y sábados de 9 a 13; domingos de 14 a 17). Allí se pueden visitar los vestigios del primer asentamiento europeo en la cuenca del Río de La Plata, descubiertos hace apenas dos décadas y aún con trabajos arqueológicos, y un Centro de interpretación y espacio cultural.

2. Punta del Indio: pueblo pintoresco en una reserva
A 150 kilómetros de Buenos Aires y 80 kilómetros de La Plata, Punta del Indio es ideal para descansar en playas solitarias y practicar distintas actividades de ecoturismo en el marco del Parque Costero del Sur, declarado como Reserva Mundial de Biosfera por la Unesco en la provincia de Buenos Aires.
La historia del lugar se remonta a principios del siglo pasado, cuando los inmigrantes italianos Emilio y Rodolfo Catella compraron mil hectáreas de tierras junto al Río de la Plata y las dedicaron a la producción de leña de eucaliptus en la Colonia Agrícola Catella. Los hermanos fueron los fundadores del pueblo, en 1932, con sus pintorescas callecitas desbordantes de talas, molles y coronillos, arroyos escondidos en pequeñas quebradas y exquisita gastronomía.
Las enormes playas junto al río de aguas dulces de poca profundidad que empiezan a mezclarse con las saladas del mar, por sus espacios abiertos y ventosos, son ideales para practicar kitesurf, windsurf, kayakismo y otras actividades náuticas. Hay dos balnearios con servicios (El Pericón, con más gente, y El Sarandí, más tranquilo) y otro silvestre (La Escondida).
Los días de descanso se pueden completar con recorridos por los numerosos senderos naturales, entre los que se destacan el del Arroyo Villoldo (de 6 kilómetros) y el que descubre el misticismo del Coronillo Abuelo, un árbol ancestral de 350 años. También pueden visitarse las ruinas del viejo hotel Argentino y los monumentos El indio querandí y El guardián de la Cruz del Sur.

Para tener en cuenta: la localidad se llama Punta del Indio, pero el partido se llama Punta Indio y la ciudad cabecera es Verónica. Allí hay poca o escasa señal de celulares, pero casi todos los alojamientos tienen wifi. Ideal para desenchufarse.
3. Kitesurf, canotaje y pesca deportiva en Magdalena
Un poco más cerca, a apenas 100 km de CABA, Magdalena ofrece costas muy amplias y tranquilas que invitan al descanso a la sombra de los árboles. Junto a la playa cubierta de conchillas se puede practicar kitesurf, canotaje o pesca deportiva y disfrutar del avistaje de aves migratorias playeras durante el verano, en el paisaje protegido del Parque Costero del Sur.
La pequeña ciudad de poco más de 19.000 habitantes fue creada en 1776, aunque su historia se remonta hasta la época de la conquista y se dice que Juan de Garay pasó por allí en 1580, durante sus exploraciones después de fundar Buenos Aires. Aunque el lugar donde se instalaron unas treinta estancias era llamado “Valle de Santa Ana”, con el tiempo se lo empezó a conocer como “Los Pagos de Magdalena” por la pasión de los vecinos por Santa María Magdalena. Tiene su corazón en la Plaza San Martín, frente a la que se ubican la parroquia, el Palacio Municipal, el Museo Regional y el teatro Español.

Muy cerca, también se pueden visitar el pueblo de Atalaya con su amplia playa y otras comunidades rurales como Bartolomé Bavio y General Mansilla, para disfrutar de asados, actividades de destreza gaucha y desfiles tradicionalistas.
Una de las propuestas más originales a la hora de descansar es el complejo Los dos vagones, en Bavio. Se trata de una estancia centenaria con dos vagones de carga de madera de lapacho convertidos en confortables alojamientos con sala, cocina, comedor y dos habitaciones para hasta siete huéspedes. La propuesta de la propietaria –la porteña Miriam Gattari, que se instaló allá buscando una vida diferente en la naturaleza– también incluye la Casa de la Aguada, que era el gallinero, un minivagón vintage o gipsy truck, varias casitas rodantes e incluso un cómodo loft en lo alto de la casona.
4. Un reservorio ecológico de 23 kilómetros
Un pequeño banco de arenas blancas en el río Uruguay fue conformando con el tiempo un reservorio ecológico que hoy en día se llama Isla Cambacuá y tiene 23 kilómetros de largo, con una frondosa flora autóctona rodeada de playas.
Se zarpa desde el puerto en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, detrás de los enormes silos, en embarcaciones propias (10 minutos) o un catamarán con varias frecuencias diarias (20 minutos). Durante el recorrido se descubren el Palacio Santa Cándida, que Justo José de Urquiza mandó edificar en 1847 y donde hoy funciona una magnífica estancia turística, y el faro Stella Maris, vigía de los navegantes.
La isla, sobre las aguas más cristalinas y cálidas que en esa zona brinda el río Uruguay, despliega playas casi desiertas de suaves pendientes en la zona noroeste, a lo largo de 5 kilómetros, con un balneario que dispone de comedor, sanitarios y alquiler de gazebos, sombrillas, reposeras y elementos para deportes náuticos. También tiene un pequeño parador con chiringuito, llamado Kamba Ka’u. El resto de la isla, en cambio, mantiene su frondosa vegetación silvestre de especies autóctonas y, bajo su sombra protectora, invita a las caminatas.
El alojamiento puede ser en Concepción del Uruguay (ubicada a 298 kilómetros de CABA) y sumarse a las celebraciones del Carnaval o elegir la gran oferta de cabañas en la costa. Allí se ubican las playas de Banco Pelay y Paso Vera, que con su selva en galería garantizan sombra, y la lindísima Playa del Puerto, con sus balnearios y sus sombrillas de paja, otra gran opción para compartir en familia o con amigos.
5. Vuelta de Obligado, entre barrancas y algarrobos
De solo 400 habitantes, Vuelta de Obligado está frente a un recodo del río Paraná, a 190 kilómetros de CABA y 18 kilómetros de San Pedro. Se lo conoce como la Cuna de la Soberanía Nacional porque allí se desarrolló el 20 de noviembre de 1845 la batalla de la Vuelta de Obligado entre las fuerzas de la Confederación y la poderosa flota anglofrancesa.
A lo largo de senderos y pasarelas de madera a la sombra de talas, algarrobos blancos, ceibos y alisos, se recorre la historia del lugar defendido heroicamente con tres gruesas cadenas en un Parque Histórico y Natural que homenajea tanto la valentía criolla como los ecosistemas y la biodiversidad. Desde un mirador en lo alto de la barranca, se divisan un parque con juegos para chicos y las playas agrestes, con sombrillas de paja, enormes si el río no está crecido.

El Museo de la Batalla de Obligado (abierto de 9 a 13 y de 14 a 18) conserva balas de cañón, partes de fusiles, utensilios y otros objetos encontrados y donados por los vecinos, más los descubiertos por el equipo de arqueólogos de la Universidad de Luján en sus excavaciones.
También se pueden visitar el Centro de Interpretación de flora y fauna, que alberga fósiles de más de treinta especies de mamíferos extinguidos, encontrados por investigadores del Museo Arqueológico de San Pedro, y el Monumento a la Soberanía Nacional de Rogelio Polesello.
Al atardecer, después de disfrutar de las grandes playas, un paseo en lancha por la bahía de San Pedro permitirá deslumbrarse con el imponente castillo que el poeta Abelardo Castillo hizo construir en 1891 para su esposa Isabel Gómez Langenheim –fanática de las novelas románticas de Walter Scott– en la localidad vecina de Ramallo.
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