Los secretos de esta disciplina holandesa donde “todos hacen todo” y la equidad es la regla número uno
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En la búsqueda de prácticas deportivas que mejoran el rendimiento físico y que también impactan de forma positiva en el bienestar emocional y social, el korfball asoma como una propuesta innovadora. Se trata de una disciplina de equipo, mixta por reglamento, que combina dinamismo y estrategia. Reconocido por el Comité Olímpico Internacional y practicado en más de 60 países, propone un espacio de integración donde hombres y mujeres juegan juntos en el mismo campo y en igualdad de condiciones. La palabra “korf” significa “cesto” en neerlandés, referencia directa al elemento central que define la meta del juego.
Para comprender el impacto de esta disciplina en la salud y el bienestar, Damián Ferreira, profesor de Educación Física, vicepresidente de la Asociación Argentina de Korfball (AKA), coach y árbitro de este deporte, explica que “el korfball desarrolla habilidades físicas como la coordinación, la resistencia, la agilidad y el trabajo en equipo”. Al no permitirse el contacto físico agresivo ni las carreras continuas con la pelota en la mano, el juego exige movimientos rápidos, cambios de dirección constantes y una permanente lectura táctica, lo que potencia la agilidad mental y la capacidad aeróbica.
Por su parte, Antonella Ruiz, entrenadora y árbitra, coincide en que se trata de una herramienta de transformación: “Es un deporte particularmente mixto por reglamento, cien por ciento cooperativo y dinámico. Dada su lógica de juego, permite que todos hagan todo, lo que invita a que sea lo menos excluyente posible”, define.
Su desembarco en la Argentina
Para rastrear el origen del korfball hay que remontarse a 1902. Su creador fue el maestro neerlandés Nico Broekhuysen, en Ámsterdam. “Broekhuysen se inspiró en un deporte que conoció en una capacitación en Suecia y, al volver a Países Bajos, quiso adaptar ese modelo para sus alumnos”, comenta Ruiz. Su intención fue crear una práctica educativa que permitiera a hombres y mujeres competir juntos en igualdad de condiciones, en un entorno de cooperación y sin depender de la fuerza física bruta. Es interesante resaltar que en 1902 el carácter mixto era casi escandaloso.
A la Argentina llegó en 2003 de la mano del deportista chubutense Ricardo Acuña, fundador y presidente de CODASPORTS. Ese mismo año, el país fue inscripto en la IKF (Federación Internacional de Korfball). Años después, hacia 2008, el profesor Néstor Pérez comenzó a enseñarlo en escuelas de Florencio Varela, consolidando la actividad en espacios como el Club Villa Vatteone y el Polideportivo La Patriada.
Ambos referentes llegaron a la disciplina por caminos distintos. Ferreira recuerda: “Estaba buscando un equipo de básquet para mayores, pero no encontraba opciones. Fue la profesora Paola Núñez quien me comentó que se estaba practicando este deporte nuevo y mixto. Fui a probarlo en 2014, me gustó de inmediato y no paré más”. Ruiz, en tanto, también descubrió la actividad a través de Núñez: “Fue ella la que, gracias a su compromiso profesional, nos llevaba diferentes propuestas a las clases de Educación Física. Fue un camino de ida. Comencé como jugadora y, a medida que avanzaba, me involucraba cada vez más”. Antonella luego se profesionalizaría con capacitaciones avaladas por la IKF en Uruguay (2017) y Colombia (2018), además de formarse con Ivan Aquino, entrenador de la selección de Hong Kong.
La equidad en el reglamento
La estructura competitiva del korfball está diseñada para evitar la preponderancia de la fuerza sobre la técnica. Cada equipo está compuesto por 8 jugadores: 4 hombres y 4 mujeres. El campo de juego mide 40x20 metros y se divide en dos zonas (ataque y defensa). “El objetivo es encestar una pelota tamaño N° 5 dentro de una cesta que se encuentra a 3,5 metros de altura. Pero, a diferencia del básquet, aquí no podés desplazarte con la pelota en las manos, solo pivotear”, detalla Ruiz.
Una regla fundamental es que solo se puede marcar a un jugador del mismo sexo. Ferreira destaca que esto “neutraliza las diferencias físicas y garantiza una equidad absoluta”. Antonella añade un matiz táctico: “Tenés una defensa encima que, si bien no te puede quitar la pelota de las manos —solo robar de aire—, puede estar lo suficientemente cerca para frustrar tu ataque. Si mantenés una posición de defensa intencional y levantás la mano a cierta distancia, ya le anulás el gol al oponente”.
Además, cada dos goles, los jugadores rotan obligatoriamente de zona y de rol. Esto asegura que todos los participantes deban atacar y defender, eliminando la especialización excluyente. “Su mayor valor es social: promueve el respeto y la cooperación entre géneros desde la práctica misma”, añade Ferreira. “Al practicarlo desde jóvenes, los deportistas incorporan naturalmente una cultura de equidad que trasciende la cancha”.
Para Ruiz, el korfball representa una reparación histórica frente a los modelos tradicionales de enseñanza: “Venimos de una escuela que nos enseñó que nenes por un lado y nenas por el otro, donde los más habilidosos se destacaban y los hombres tenían más terreno porque el fútbol requería mayor espacio. Pero acá todos somos importantes y todos compartimos las mismas reglas”.
Hoy en día, la disciplina continúa en expansión en clubes y centros de educación física. En el AMBA, los focos principales son el club Uruguay Korf, el CEF 102, La Patriada y un equipo en Berazategui. Fuera de Buenos Aires, Córdoba es uno de los núcleos más activos, junto con experiencias en Río Negro, Puerto Madryn y Cipolletti.
La competencia local se organiza a través de la Liga de Korfball Bonaerense, que pronto incorporará una división senior. A nivel internacional, la Selección Argentina ya ha sumado experiencia competitiva en torneos en Uruguay, Colombia y en territorio nacional. “El korfball es mucho más que un deporte: es una filosofía de juego”, concluye Ferreira.
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