Su famosa frase hace referencia a las acusaciones infundadas de corrupción de jóvenes y falta de creencia en los dioses que llevaron a su condena a muerte en el 399 a.C.
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Considerado uno de los pensadores más influyentes de la historia occidental, Sócrates entendía la sabiduría de una manera particular: no como la acumulación de conocimientos, sino como un ejercicio permanente de revisar aquello que se cree saber para, a partir de allí, construir ideas nuevas y más sólidas.
Su método de trabajo era la “mayéutica” (del griego maieutiké, que significa ‘técnica de asistir en los partos’). Para él, de la misma forma en que una partera ayuda al alumbramiento de un niño, el maestro debe asistir a sus alumnos para “dar a luz” ideas. Así, el tutor se convierte en un “partero intelectual” que no transmite conocimientos directamente, sino que guía a los estudiantes a reflexionar.
Incomprendido y condenado
Las preguntas que hacía generaban contradicciones entre grandes figuras como políticos, poetas y filósofos. Eso le generó enemigos, sobre todo entre los sofistas, que enseñaban retórica y eran vistos como sus rivales intelectuales.
En el 399 a.C. fue acusado de “corromper a los jóvenes” y de “no creer en los dioses de la ciudad”, lo que llevó a su inmediata condena de muerte. Para ese entonces, Platón recogió en la Apología de Sócrates, una versión del discurso que su maestro pronunció como defensa ante los tribunales atenienses. De este libro se desprende su popular frase: “Cuando el debate se ha perdido, la calumnia es la herramienta del perdedor”.

Sócrates consideraba que quienes lo calumniaban odiaban la filosofía y la verdad. En la obra se alega que llegó a reconocer su afán por encontrar hombres más inteligentes que él como la raíz de las calumnias en su contra.
También hace mención a que él ya estaba condenado en el plano simbólico por “calumnias antiguas”: versiones sobre su figura que funcionaron como un relato previo que moldeó la percepción pública mucho antes del juicio. Instaló así la duda de que no se lo juzgaba por lo que hacía, sino por lo que se creía que hacía.
“Muchos han sido mis acusadores ante vosotros desde hace ya mucho tiempo, sin decir nada verdadero”, dijo ante los atenienses. “Los habéis oído desde niños, y os han persuadido y han levantado contra mí una opinión falsa. Decían que hay un tal Sócrates, hombre sabio, que investiga las cosas del cielo y las que están bajo la tierra, y que hace más fuerte el argumento más débil”, afirmó.
Los efectos de las calumnias
Estos argumentos fueron estudiados a lo largo de los años y confirman lo que para entonces Sócrates sospechaba. En el libro Juicio de Sócrates los académicos Thomas Brickhouse y Nicholas Smith confirman que las calumnias tienen efectos concretos: generan hostilidad social, legitiman acusaciones débiles y predisponen al juicio ciudadano.
En una investigación publicada en la revista Psychology Learning and Teaching (PLAT) sobre creencias erróneas en salud mental se manifiesta que “las ideas falsas no desaparecen fácilmente, incluso cuando se las corrige con evidencia”. Allí también se menciona que su fortaleza radica en que la calumnia apela a emociones, lo que la vuelve más poderosa o creíble.


