
Los distanciamientos entre amigos son uno de los duelos más solitarios: consejos para entender qué pasó, atravesar el vacío que se genera y repensar la relación
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Vivir en lugares distintos no había sido un problema antes. Tampoco lo había sido salir con el mismo chico, olvidarse del cumpleaños de la otra o diferir en cuestiones políticas y religiosas. Por eso, cuando -estando en la misma ciudad- Carmen se enteró a través de las redes sociales que Julieta había organizado una cena de fin de año y, consciente o inconscientemente, no la había invitado, la invadió un malestar profundo, un golpe bajo entre el desconcierto y el desencanto. La misma persona con la que había hablado casi a diario durante años, con la que había compartido gustos, risas, crisis, exabruptos, pensamientos de todo tipo en cualquier momento, planes a corto, mediano y largo plazo y sueños, entre tantas otras cosas que en una amistad se comparten, parecía no tener interés en verla. No era la ausencia de explicación lo que más dolía, sino el hecho de que ya no hubiera nada que explicar: la amistad había terminado.
Las rupturas entre amigos no siempre tienen la teatralidad de un drama amoroso. De hecho, a menudo no tienen ni llanto, ni argumentos, ni peleas y, en cambio, acontecen por medio de un distanciamiento progresivo y silencioso que, eventualmente, deja de ser temporal y se convierte en la norma, borrando así cualquier posible fecha de reencuentro, como si nada. En definitiva: carecen de cierre. El duelo que implícita o explícitamente tiene lugar con el final de una amistad -porque es inevitable- puede ser incluso más intenso, definitorio y difícil de atravesar que el de cualquier relación de pareja.
“Es un dolor especialmente profundo porque las amistades se construyen sobre una intimidad elegida, espontánea y no reglada", señala Macarena Gavric Berrios, psicóloga clínica (M.N. 72601). “Esto las vuelve auténticas, pero también propensas a la confusión y al vacío una vez que terminan”.
En una amistad significativa, explica la especialista en trastornos de personalidad y desarrollo, depositamos vulnerabilidad, confianza y continuidad, muchas veces sin percatarnos de ello. “Compartimos detalles del día a día, transiciones vitales, espacios de ocio y partes de nuestra identidad que no siempre emergen en otros vínculos. La amistad es, en muchos casos, un refugio afectivo que acompaña la historia personal por largos períodos. Por eso, su pérdida no solo implica dejar de ver a alguien, sino perder un aliado privilegiado en nuestra propia narrativa”, dice Gavric Berrios.
Además, culturalmente, las amistades se asocian con cierta estabilidad incondicional: “Los amigos son los hermanos que me dio la vida” o “Los amigos de verdad están siempre, pase lo que pase” son solo algunas de las frases que reflejan la creencia -y expectativa- de que la amistad es un vínculo que debería sostenerse sin dudas ni altibajos de por medio, indefinidamente en el tiempo.

“Muchos viven sus amistades con una expectativa de permanencia mayor que la que depositan en una pareja”, manifiesta Gavric Berrios. “Mientras que los vínculos amorosos se reconocen como potencialmente cambiantes y susceptibles a rupturas, la amistad se idealiza como un afecto seguro y duradero. Por eso, cuando la relación entra en crisis o desaparece, el impacto emocional puede ser inesperado y muy desorientador, porque aquello que se suponía sólido y estable, de repente se vuelve frágil y finito”.
Un duelo sin legitimación
Históricamente, se ha priorizado el amor de pareja por sobre el amor de un amigo. El cine es testigo: por cada 1000 películas que hablan sobre el desamor, debe haber una que explore en profundidad lo que sucede tras una ruptura amistosa (dicho sea de paso, Frances Ha, 2012, y The Banshees of Inisherin, 2022, son buenos ejemplos).
Cynthia Zaiatz, neuropsicóloga y jefa de salud mental del Sanatorio Modelo de Caseros, plantea que esto se debe en gran parte a que una relación de pareja trae aparejada la posibilidad de construir una familia (incluso cuando en la actualidad muchas ya no persigan este objetivo), mientras que la amistad no se caracteriza por un proyecto de vida conjunto. “Muchas personas priorizan estar en pareja, dejando en un segundo plano a las amistades, por el miedo a la soledad”, contempla.
Mientras que frente una ruptura amorosa existe un guion social -terapia de pareja, infidelidad, separación, divorcio, duelo, “ex”, entre otras etiquetas que dan nombre al proceso del fin-, en la amistad no hay cláusulas ni estados civiles ni manuales que organicen la experiencia emocional de lo que supone dar por concluido el vínculo. Y, por ende, tampoco queda claro qué corresponde y qué no hacer. En un artículo publicado en PubMed, Grace Vieth, investigadora de la Universidad de Minnesota, comenta al respecto: “Muchas personas están dispuestas a trabajar conflictos en una relación romántica, pero no en una amistad”.
“La cultura jerarquiza el amor romántico como vínculo central, concibiendo a la amistad como un extra opcional”, argumenta María Gimena Nasimbera, psicóloga clínica especializada en medicina del estrés (M.P. 2252). “A diferencia del amor romántico, cuando una amistad termina no hay conversaciones formales, ni frases hechas, ni duelos reconocidos. No hay ritual ni lenguaje. No se sabe cómo hablar del tema, ni cómo elaborarlo emocionalmente. Por eso, las pérdidas amistosas quedan invisibilizadas, sin narrativa ni legitimación social”.

5 instancias
Desde el punto de vista psicológico, el proceso de duelar una amistad es muy similar al de duelar una relación amorosa. Consta de cinco etapas, no siempre es lineal y “puede reactivarse por recuerdos o cambios vitales”, aclara Gavric Berrios.
- Impacto y desconcierto. Posterior a darse cuenta de que la amistad terminó.
- Negación o idealización del pasado. Frases como “fue un malentendido” son típicas, dice Nasimbera.
- Tristeza profunda. “Nostalgia y vacío por esa persona que ya no está”, dice Nasimbera. “A veces, también, apego ansioso”, agrega Gavric Berrios.
- Enojo. Conclusiones con connotaciones negativas sobre el comportamiento del otro (“No se portó como un amigo”, por ejemplo), son características de esta etapa, advierte Nasimbera.
- Reorganización y aceptación. “Hay una revisión de la propia identidad tras perder un sostén relacional y aparecen nuevos significados. Se integra la experiencia como parte de la historia personal”, concluye Gavric Berrios.

Los motivos más comunes
De cara al análisis del fin, estudios en psicología de vínculos muestran que la mayoría de las rupturas entre amigos no ocurren por grandes conflictos y que lo más común es la disolución progresiva. En este sentido, las especialistas coinciden en que los motivos más frecuentes tienen que ver con el paso del tiempo, los cambios y las asimetrías en el esfuerzo puesto para sostener el vínculo, ampliando sobre algunos de ellos:
- Cambios de valores, intereses o estilos de vida. “Transiciones como pareja, crianza, trabajo o mudanzas modifican ritmos, prioridades y la manera en que se distribuye la energía emocional. No necesariamente implican descuido, sino reconfiguraciones de identidad que vuelven incompatibles ciertas formas de vínculo previas; a veces la amistad no logra adaptarse a la nueva estructura”, dice Gavric Berrios.
- Dinámicas poco saludables. “Relaciones marcadas por la dependencia, la manipulación o la falta de reciprocidad, no son sostenibles”, asegura Zaiatz, haciendo énfasis en esta última: “Cuando una persona da más de lo que recibe -en escucha, disponibilidad, cuidado o esfuerzo- el vínculo se desgasta”.
- Competitividad, celos o comparación constante. “Cuando el vínculo se vuelve un espacio de rivalidad en lugar de apoyo, el bienestar emocional se ve afectado”, dice Gavric Berrios, explicando que se vuelve difícil acompañar los cambios del otro. “A veces no se tolera la evolución y el crecimiento, generando resentimiento o desconexión”.
- Conflictos puntuales. “Traiciones, engaños, peleas irreconciliables o falta de apoyo en momentos cruciales pueden terminar la amistad abruptamente, sin vuelta atrás”, explica Zaiatz.
- Confianza dañada. “Mentiras, deslealtades, triangulaciones...la confianza es la base de la amistad y, una vez dañada, es difícil recuperarla”, argumenta Gavric Berrios.
- Comunicación evitativa. “La acumulación de tensiones sin resolver crea distancia afectiva y, con el tiempo, indiferencia o hostilidad”, observa Gavric Berrios. “Si una parte confronta y la otra evita, o si una se expresa con intensidad y la otra se bloquea, la resolución se vuelve imposible”.
- Microviolencias. Formas sutiles y repetidas de invalidación, desconsideración o manipulación que generan desgaste acumulativo hasta llegar a un punto de saturación. “Comentarios hirientes, chistes pasivo-agresivos, minimización de problemas, críticas disfrazadas de consejo”, ejemplifica Nasimbera. “Son especialmente dañinas porque, al no reconocerse como agresiones, la persona tarda en poner límites”, advierte Gavric Berrios.
- Expectativas incompatibles. Cuando una parte puede esperar más cercanía, respuesta o atención que la otra, genera frustración y desconexión, explica Gavric Berrios, además de saturación, sensación de invasión e incluso resentimiento.
- Culminación de ciclos. “Es el que más cuesta aceptar”, asegura Nasimbera. “Muchas amistades no aceptan que el ciclo de la amistad terminó. Cuesta entender que ir por caminos diferentes no significa que estén peleados o llevarse mal, simplemente se distancian“.

Cómo sanar
Aunque es difícil de aceptar, a menudo el cierre de una amistad no llega de manera compartida y, en consecuencia, el proceso de duelo es completamente unilateral. Haciendo referencia a estudios que demuestran que la represión emocional puede conducir al aislamiento , la angustia y la fatiga, Zaiatz enfatiza que “es importante reconocer nuestra pérdida y validar nuestros sentimientos”.
“El cierre puede ser interno, de manera personal e intrínseca, sin tener contacto con la otra persona, soltando y dejando ir. Esto implica un gran componente de aceptación, en relación a que no podremos saberlo o comprenderlo todo”, dice Gavric Berrios.
Dependiendo del tipo de vínculo, del nivel de conflictividad y de la disponibilidad emocional de ambas partes, una charla conclusoria puede tener sentido.
“Es útil hablar cuando hay posibilidad de escucha mutua, cuando la ruptura fue confusa y se busca claridad de algún suceso para alcanzar la tranquilidad mental y reparación emocional”, comenta Gavric Berrios. No es recomendable cuando la dinámica es desigual, manipuladora o violenta. Tampoco cuando la otra persona no está dispuesta a admitir su parte de responsabilidad en el asunto. “En estos casos la conversación solo sería hiriente, sin posibilidad de resolución”, dice la psicóloga.
Zaiatz y Nasimbera enumeran una serie de 10 recursos emocionales para atravesar el vacío que supone poner fin a una amistad:
- Nombrar y validar el dolor sin minimizarlo.
- Escribir cartas (no necesariamente enviarlas) para procesar emociones.
- Revisar límites propios y patrones relacionales.
- Redefinir redes de apoyo. Acompañarse de otros vínculos que sí aporten el sostén que necesitamos.
- Evitar la idealización y tener una visión equilibrada de la relación.
- Reorganizar rutinas para reconstruir sentido y pertenencia.
- Practicar autocuidado concreto: descanso, movimiento, espacios de disfrute.
- Focalizar en actividades que reconstruyan identidad.
- Considerar si esa relación es recuperable, antes de darla por perdida, o si es mejor seguir adelante.
- Aceptar que la nostalgia no implica querer volver.

¿Hay vuelta atrás?
Al hablar sobre posibles reencuentros, las psicólogas consultadas tienen sus reservas. “Es posible, pero tienen que darse varias condiciones”, dice Gavric Berrios.
Lo primero que debe existir, ahonda, es el reconocimiento explícito del daño o los errores cometidos por ambas partes, acompañado de una disponibilidad emocional real que vaya más allá de un deseo nostálgico de volver al pasado (o a la relación anterior). “Es imprescindible que haya conversaciones honestas sobre límites, necesidades y expectativas, así como cambios conductuales coherentes y sostenidos que demuestren compromiso y responsabilidad afectiva de ambas partes".
Por otro lado, Gavric Berrios habla sobre la necesidad de que haya respeto por los tiempos de cada persona, entendiendo que la reconstrucción no puede apurarse ni forzarse. “Esto también implica aceptar una posible renegociación del tipo de vínculo, ya que rara vez la amistad recupera exactamente la misma forma y, muchas veces, se reconstruye desde un lugar diferente, más consciente y equilibrado.
“Reconciliarse no es volver a lo de antes, es crear algo nuevo sobre bases distintas”, dice Nasimbera. “Se necesita autocrítica, responsabilidad emocional, límites claros, cambios reales, diálogo honesto sin reproches defensivos y, por último, un proyecto de vínculo más equilibrado”, concluye.

La psicoanalista, que concibe a la amistad como uno de los espacios más sutiles y misteriosos de la vida humana, comparte una reflexión final: “La amistad es un escenario privilegiado donde desplegamos nuestros modos de vincularnos –nuestros patrones de apego, la forma en que pedimos apoyo, nuestra capacidad de intimidad y modo de poner límites– y moldeamos nuestra identidad. Las amistades revelan con claridad nuestras luces y nuestras sombras”.
Nasimbera agrega que, más allá de lo psicológico, la amistad también es un camino espiritual: “No en un sentido religioso, sino en la medida en que nos invita a volver a la esencia: a la presencia, a la escucha, al encuentro genuino. La amistad auténtica es un espacio donde el otro no viene a completarnos, sino a acompañarnos en nuestro propio recorrido. Es el vínculo que más se acerca al amor libre de condiciones: elegimos día a día sostenerlo, sin obligaciones externas que lo dicten. En una amistad sana, ambas personas pueden mostrarse sin máscaras, con la vulnerabilidad de quien se sabe aceptado y la libertad de quien no necesita actuar un personaje”.
En última instancia, –considera la psicóloga– es una práctica de presencia consciente. Un puente entre dos mundos interiores que, cuando se encuentran con honestidad, se enriquecen y se amplifican mutuamente. Es un recordatorio silencioso de que la vida se vuelve más humana cuando la compartimos, y más profunda cuando nos animamos a vincularnos desde la autenticidad.




