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La alimentación ocupa un lugar central en la salud y el bienestar de todas las personas. No solo porque atraviesa la vida cotidiana, sino porque es uno de los hábitos más constantes, más modificables y con más impacto a largo plazo. Cuando una mujer entra en la menopausia, esa dimensión se vuelve todavía más sensible: lo que se come deja de ser una cuestión exclusivamente ligada al peso o energía diaria, y pasa a vincularse intrínsecamente con la composición corporal, la salud ósea, el riesgo cardiovascular y, en definitiva, la calidad de vida.
En ese contexto, la dieta climatariana empieza a posicionarse como una posible aliada.
El concepto apareció por primera vez a mediados de la década de 2010 y fue incluido en la lista de nuevas palabras relacionadas con la comida de The New York Times en 2015, definida como “una dieta cuyo objetivo principal es revertir el cambio climático“. Si bien no nació como una estrategia específica para la menopausia -sino como una forma de comer para reducir la huella ambiental de los alimentos-, su énfasis en los vegetales, en los productos de temporada, en lo local y en la reducción del consumo de carnes rojas la vuelve una propuesta que podría dialogar con varias de las preocupaciones nutricionales de esta etapa vital femenina, hasta hace no tanto, un poco tabú.
La dieta climatariana no es una dieta en el sentido clásico, sino un patrón de alimentación que prioriza alimentos con menor impacto ambiental, aclara Ana Cascú, médica clínica especialista en nutrición (M.N. 105261). “En la práctica, se aumenta el consumo de alimentos de origen vegetal, se eligen productos de estación y se baja el conusmo de carnes y ultraprocesados”, señala.

“No está indicada para un tipo de perfil ni para tratar una condición o enfermedad. Es más bien vista como una estrategia útil, siempre y cuando esté bien planificada”, aclara la especialista en nutrición. “En líneas generales, puede ser una buena opción para quienes busquen ordenar su patrón alimentario y aumentar la presencia de frutas, verduras, legumbres y cereales integrales”.
La evidencia actual sugiere que las dietas bajas en grasas y basadas en plantas están asociadas con efectos beneficiosos sobre la composición corporal, y que el patrón de dieta mediterránea (consumo de alimentos con propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, similar al patrón de la dieta climatariana) -junto con otros hábitos saludables-, puede ayudar en la prevención primaria de enfermedades óseas, metabólicas y cardiovasculares durante el período posmenopáusico, contribuyendo a una disminución pequeña pero significativa de la presión arterial, una reducción de la grasa corporal y una mejoría en los niveles de colesterol.
Según los expertos consultados y los estudios disponibles, los beneficios reales de seguir un patrón de alimentación como el de la dieta climatariana durante la etapa de la menopausia son los siguientes:
Las pautas alimenticias de la dieta climatariana contribuyen a compensar ciertos efectos del descenso hormonal como el aumento de riesgo cardiovascular, explica Victoria Valdés, doctora de la Unidad de Ginecología y Obstetricia de Olympia Quirónsalud y responsable de la Unidad Menopausia en Positivo, al ser consultada en un artículo de El Español. “La reducción de la ingesta de carnes rojas y de procesados hace disminuir el estado de inflamación crónica de bajo grado que tiene lugar en esta etapa".

“El predominio vegetal aporta antioxidantes y compuestos bioactivos y puede contribuir a disminuir procesos inflamatorios y mejorar el perfil cardiovascular, una de las cosas que más aumenta como riesgo después de la menopausia", sostiene Cascú.
Patrones de alimentación en línea con el enfoque climatariano también juegan a favor del metabolismo y la salud de la microbiota intestinal, un factor estrechamente ligado al aumento de peso y a la redistribución de la grasa corporal: una de las principales preocupaciones durante la menopausia. “La propuesta de este tipo de dietas prioriza la incorporación de más alternativas ricas en fibra, más saciantes y con menos densidad calórica”, indica Valdés.
“Dietas como estas favorecen la salud de la microbiota, la regulación metabólica y, en definitiva, la salud digestiva, cuyo rol es cada vez más reconocido”, expone Cascú.
En la misma línea, una publicación de The New York Times se propuso explorar la incidencia de la alimentación en los sofocos típicamente asociados con la menopausia, citando a dos estudios realizados por Neal Barnard, profesor adjunto de medicina en la Escuela de Medicina George Washington.
En ellos, 84 mujeres posmenopáusicas con sofocos pasaron de dietas regulares a dietas veganas bajas en grasas, ricas en granos integrales, frutas y verduras, con una porción diaria de soja cocida (si bien tiene variaciones, es un patrón que va en la misma línea que el enfoque climatariano). Los sofocos moderados a severos disminuyeron aproximadamente un 80% en ambos estudios.
Si bien es una guía de alimentación en términos generales positiva, Cascú advierte que no es una dieta para seguir de una manera automática, y que requiere de una adaptación individual con un profesional, de acuerdo con los requerimientos y estilo de vida de cada persona.
El riesgo, advierte la especialista en nutrición, es que en el intento de reducir alimentos como las carnes se generen déficits de nutrientes clave como la vitamina B12 o el omega 3, que pueden resultar en pérdida de masa muscular y ósea, especialmente después de los 40.
El omega-3, de hecho, ha sido relacionado directamente con efectos positivos sobre los síntomas ligados a la menopausia. “Es importante, si se sigue este enfoque, asegurar un adecuado aporte proteico total y una buena calidad nutricional. De lo contrario, puede resultar contraproducente”, concluye Cascú.



