La viralización de los videos de Punch y su relación con lo que muchos viven en el día a día
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Muchos sabrán que el pobre Punch, un monito que nació en un zoológico de Japón, fue abandonado por su mamá. El pequeño simio la pasó mal, pero se salvó en parte gracias a un peluche que hacía las veces de madre postiza, al cual se aferró para sentir apoyo y compañía en un momento tan frágil de su vida.
Como decimos, tuvo éxito Punch, siendo prueba de eso el que los miembros de la tribu de monos a la que pertenece (que al comienzo lo rechazaban) hoy se dedican a sacarle los piojos y garrapatas, integrándolo al ruedo.
La viralización de los videos de Punch y sus tribulaciones catapultó al infinito la venta de monitos de felpa similares al del relato. El hecho no debe ser casual: algo debe haber tocado en la fibra de todos como para que el caso tuviera tamaño impacto.
Un ser solo y desamparado, que se aferra a la vida dándole a una “cosa” parecida a una madre la calidad de tal, al punto de sentir amparo “ficticio”, pero amparo al fin, en un muñeco de felpa. ¿Qué tiene que ver un escenario así con lo que tantos humanos viven en el día a día?

Para reflexionar al respecto, vamos a asociar lo de Punch con un escenario distinto… o no tan distinto: la utilización por parte de muchas personas de la inteligencia artificial como amigo, psicoterapeuta, amante o cónyuge, usando esa herramienta virtual como acompañamiento afectivo símil humano. En la zona de soledad de sus vidas, muchas personas encuentran un “otro” en un “algo” y no en un “alguien”.
La inteligencia artificial, usada de esta manera, se suma, en lo que a vínculos “de peluche” respecta, y a modo de ejemplo, a las ya mitológicas muñecas usadas para menesteres eróticos o los juguetes sexuales destinados no a complementar, sino a sustituir una vida de relación real a la que no se tiene acceso. No estamos enjuiciando casos o momentos puntuales de la historia de las personas, sino que nos referimos a un fenómeno cultural que genera distintos escenarios para un mismo aislamiento o soledad.
No es forzada la asociación entre el bueno de Punch y el mencionado escenario cultural en el que los vínculos entre congéneres se sustituyen con el que se tiene con “cosas”. La llamada vida moderna, a la que hemos llegado no por una causalidad inexorable, sino porque así se la ha diseñado, genera mucha soledad y se alimenta a fuerza de ver a los otros semejantes como ausentes o como peligrosos.
Punch hubiera preferido a su madre antes que al muñeco, pero, por cómo venía la mano, no le quedó otra. Resiliencia mediante, y acompañado por su ilusión de estar con una “mamá”, llegó a buen puerto y logró, por fin, que el resto de la tribu lo acepte y lo quiera, para salir del exilio y seguir así su camino de mono, esperamos, feliz.
El hecho de que pudo salir adelante no significa que no hubiéramos preferido, como él, que su madre estuviera presente en la crianza. Lo mismo podemos decir respecto a la soledad que hace que, a modo de consuelo o ante la ausencia de alternativas, en las noches de silencio y angustia muchos abran la computadora para preguntar a una pantalla sobre qué hacer con su vida, cómo gestionar su angustia, cómo relacionarse con un ser querido o anhelado, y mil cosas más que pueden preguntar sin ser juzgados, aun sabiendo que la IA es un muñeco de peluche que acompaña en el desierto.
Corremos el riesgo de simplemente criticar este fenómeno, diciendo la obviedad de que lo humano es irremplazable, pero sin pensar en cómo hemos llegado a esto, y sin entender que, así como el muñeco era lo mejor en ese momento de orfandad, lo mismo podemos decir de situaciones de aislamiento en las que se apela a un intercambio con algo “no humano” a falta de un otro real.
Sabemos de las dificultades crecientes que existen en los vínculos humanos, justamente, por la falta de práctica. El fenómeno de las pantallas creció abrumadoramente en los últimos tiempos y, por tal motivo, y junto a muchos temas ideológicos, económicos y hasta urbanísticos (las calles y plazas son tierra peligrosa, no lugares de encuentro social), la relación entre las personas se ha complicado, sobre todo en lo que a afectos refiere.
Pero, volviendo a Punch, el final del camino es lo que marca el éxito de la cuestión. Nos referimos a la restitución de Punch a la red de monos que, con buena onda, cumplen el mencionado ritual de los piojos y garrapatas.
Si bien “nadie se salva solo”, deberemos agradecer al muñeco de felpa los servicios prestados, sin por ello perder de vista que cumplió su misión de puente para atravesar la zona de peligro. El muñeco fue una transición en la emergencia. Habrá que agradecerle por eso, pero mejor no naturalizar las cosas porque, sabemos, al final, sin los otros, no somos, aun cuando esos otros incomoden o fallen tantas veces.
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