El sometimiento y la violencia como medio de autosatisfacción

Laura Quiñones Urquiza
Laura Quiñones Urquiza PARA LA NACION
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3 de febrero de 2020  • 20:01

La impunidad y el escape contribuyen a crear la sensación de ausencia de responsabilidad. Lo que comienza como una burla del dolor ajeno escala en intensidad y rebasa límites hasta llegar a un punto máximo. Ese desprecio por la paz y la debilidad ajenas, que se exteriorizan con la humillación física o psicológica, va evolucionando y haciendo que la violencia, por sí sola, adquiera un poder y prestigio equivocados.

Los grupos violentos se caracterizan por tener dinámicas que ya fueron estudiadas por la sociología, la criminología y más aun por la psicología social, con sus reveladores experimentos sociales. El conformismo es la adaptación consciente y voluntaria de alguien a la percepción errónea de un grupo, según ha comprobado Solomon Asch, el psicólogo polaco-estadounidense reconocido por sus trabajos en esta materia.

Esta conformidad no sería exitosa entre los grupos violentos de cierta edad si sus miembros no tuviesen una propensión a las conductas antisociales o abusivas hacia personas que por ellos son vistas como "inferiores" y con atributos que les permiten deshumanizarlas o cosificarlas.

Rara vez estos grupos se inauguran con un hecho que va de mayor a menor intensidad. Por lo general se construyen de a poco y con el "ensayo-error", a modo de entrenamiento, donde la voluntad juega un papel fundamental, con procesos y ritos que los van fortificando y los pone a prueba como hermandad, y con patrones de conducta y reglas implícitas que aseguran su permanencia en el tiempo, como por ejemplo el silencio, la lealtad a un guía que conduce y a los distintos roles de cada uno de sus miembros.

Esto es signo de nuestro pasado de primates, que se manifiesta como aquiescencia a la jerarquía, como lo hacen todos los primates, incluso si somos primatus-homo sapiens. Un reflejo cotidiano de esto se ve cuando se le hace espacio al jefe o a un referente del grupo en la cabecera de la mesa; esa anuencia de la jerarquía es innata en los humanos. Pero en casos como el que está bajo escrutinio desde hace 16 días, la crueldad del líder lo hace compatible con sinónimos como autoridad, obediencia y protección.

El más violento dirige la "manada". Esto a veces coincide con que es también el sujeto más impulsivo. Estos grupos suelen buscar un justificativo para descargar y comunicar su "poderío" o su mal entendida masculinidad; salen predispuestos a reforzar sus motivos cuando aparecen signos, señales o personas determinadas.

A diferencia de las peleas callejeras que surgen en ciertos contextos, el frenesí de estas cofradías aumenta con la "ovación" del grupo -una autosatisfacción- y la asimetría o la vulnerabilidad de sus víctimas. Dirigen sus acciones, conocen la diferencia entre el bien y el mal, y por eso escapan, se ocultan y toman precauciones inmediatamente después de consumar sus actos. Por lo general estas conductas no tienen nada que ver con el deporte o con un tipo de actividad determinada, sino con la obtención de notoriedad y la glorificación de la violencia.

Evasiones

Algunas de esas características se pueden visualizar en las últimas novedades relativas al contenido de los teléfonos celulares de los acusados. La eventual percepción del daño causado y la necesidad de llevar adelante acciones que les facilitan sustraerse de la responsabilidad se cristalizan en el mensaje en el que uno de ellos le dice al resto del grupo: "No escriban más que lo matamos".

También se deduce del hecho de que hayan intentado implicar a un inocente al que conocían, pero sabían perfectamente que no había estado en el lugar del crimen, como ellos. Les servía para cargar las sospechas sobre alguien ajeno al grupo y, al mismo tiempo, para fustigarlo.

La autosatisfacción que obtiene el grupo de la "victoria" sobre su víctima -con el "remate final", la patada a cargo del "líder" y con uno de los cófrades que filma el ataque, a modo de trofeo para atesorar- también aparece refrendada en este caso.

Padres, familiares y amigos de los diez detenidos se han preocupado por caracterizar a los jóvenes como "buenos chicos" formados en los valores del estudio y del trabajo. Como sus voceros, hicieron saber a la sociedad que estaban "arrepentidos" de lo que hicieron, del daño irreparable, de la vida que segaron.

Muchos sujetos que he entrevistado en instituciones neuropsiquiátricas y establecimientos penitenciarios de máxima seguridad, personas que cometieron todo tipo de crímenes violentos en forma reiterada, dijeron estar arrepentidos recién cuando fueron privados de su libertad. Esto impresiona como una cuestión de egoísmo, porque entienden que sus conductas trajeron consecuencias que dejaron de beneficiarlos a ellos. También observé vergüenza por el impacto que causaron en la sociedad, que además los condenó con nombre y apellido. Probablemente muchos de ellos hubiesen continuado haciendo daño severo a sus víctimas de no haber sido capturados.

Pocos dejaron reflejado su auténtico remordimiento por el daño que causaron; pocos comprendieron y sintieron el dolor de las víctimas: son los que, por lo general, asumen su culpa, su responsabilidad, y no implican a inocentes para atribuirles sus propios actos deleznables.

El ser humano es un ser social, pero no siempre es un ser sociable. Experimentar un auténtico remordimiento conectándose con el dolor de otro es un predictor favorable dentro de un conjunto que pronostica la reeducación y la rehabilitación criminológica basadas en el restablecimiento de los lazos con la sociedad. Es el primer paso para comprender que la compasión no es sinónimo de debilidad sino de fortaleza.ß

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