La vida y sus brutales trampas

Hugo Marietan
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13 de junio de 2013  

Se encaminó hacia su casa y se tropezó con el horror, con la brutalidad, el ahogo y la muerte. Había caído en la trampa de un psicópata que con la frialdad de su lógica había planeado sus horas finales. No sabemos, y es mejor así, cómo tejió el psicópata los minutos de espanto para Ángeles, pero sí podemos entender que no se trató de un asesinato motorizado por lo emocional, por lo repentino. Nadie anda con una bolsa de consorcio en el bolsillo. También por la precisión y efectividad intuimos que no es un novato en la crueldad del homicidio. Un novato comete errores, la afectividad le inunda el cerebro y nubla su intelecto y sus acciones dejan indicios, hasta pruebas groseras. El forense que mira el cadáver se da cuenta. No es un improvisado, al contrario, usó experiencia, control de la situación. No importa aquí la edad del psicópata, estos seres parecen traer incorporada la siniestra habilidad de martirizar a las personas. Tampoco varía el concepto si en este hecho participaron dos o tres: uno de ellos es un psicópata que los pudo haber persuadido de que lo acompañaran en esa mezcla de placer y muerte. El psicópata hace hacer. Como un director de una orquesta macabra, va armonizando los movimientos de los cómplices hasta que terminen la faena.

Lo nuclear en la muerte de Ángeles es la psicopatía. Todo lo demás es auxiliar. El psicópata debía satisfacer esa necesidad especial de arrebatarle el futuro. No es fácil para muchos de los que leen esto aceptar que existan seres así. Sin embargo, este asesinato y tantos otros que lo precedieron llevan el sello de lo psicopático perfectamente delineado en el formato del crimen, no en el crimen en sí, sino en el estilo, en el diseño en que, a la manera de un rito, el psicópata va impregnando de muerte el cuerpo de su víctima.

Psicópata

El psicópata no es impulsivo. El impulsivo es irreflexivo, arremete. La ausencia de lógica, de previsión, se nota en su accionar burdo y destructivo, lo emocional es tan intenso que prácticamente desconecta el razonamiento de la acción y como un autómata embiste contra el otro; después, cuando se le pasa el impulso, ve su obra y le parece que no fue él el que la ejecutó, que fue otro. El psicópata no. Es frío. Controlado. Planificador. Siente la necesidad especial y diagrama los pasos necesarios para satisfacerla. Sabe esperar hasta que estén dadas las condiciones para que al acto se le agregue la forma adecuada.

En esto se parece a un depredador que sigue a su presa, que sin ser visto la va acorralando y sólo cuando está seguro de que su zarpazo será letal ataca. Sabe que cualquier torpeza espanta a la presa. Estudia a su víctima y el terreno, las posibilidades de éxito y las vías de escape, quiere hacer y no pagar el precio del reproche de los otros. Sí es cierto que a veces sale preparado sin haber elegido la presa, apostando a que en esas calles de Buenos Aires la va a encontrar, sale de ronda.

Aún no podemos saber cuál de estas dos maneras eligió el psicópata para atrapar a Ángeles. Si pacientemente y relamiéndose la fue siguiendo por Facebook, después aprendió sus rutinas, el colegio, las clases de gimnasia cerca de la Ceamse, estudió el barrio, los camiones estacionados, los vericuetos donde abordarla. O salió a deambular y se topó con ella. No sabemos. O esperó que abriera la puerta de su casa y saltó sobre ella. No sabemos. Aún.

Sí sabemos que a una joven de 16 años, que había hecho todo bien, la mató un psicópata. Y nos demuestra que estos seres no son una pesadilla, ese sueño pesado, denso, terrorífico que nos despierta sudorosos y angustiados. No. No están en los sueños sino en la realidad. Y no es una figura monstruosa que distinguimos desde lejos, sino que es un ser con un disfraz perfecto, con ademanes amables, con una sonrisa que nos pregunta la hora, o el lugar de una calle mientras caminamos por algunas de las veredas de nuestro barrio.

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