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Femicidio

¿Qué dice la escena del crimen a 28 años del cuádruple femicidio de Barreda?

Laura Quiñones Urquiza
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26 de mayo de 2020  • 19:50

Hace un par de años, junto a dos especialistas de diversas disciplinas forenses y el periodista Mauro Szeta ingresamos en la casona de la calle 48, entre 11 y 12, a dos cuadras de la Plaza Moreno, centro neurálgico de La Plata. Allí grabamos un documental donde pudimos observar, analizar y compartir nuestras impresiones. Lo primero que me vino a la mente fue fijar las escenas tomando fotografías del interior de la vivienda. Nunca imaginé, al recorrer la casa, que el tiempo en ella se había congelado.

Una cosa es analizar la conducta criminal y elaborar un perfil de un autor desconocido o un contraperfil del autor conocido, para saber desde dónde y para qué. Acá sabíamos quién mató a su esposa, a sus dos hijas y a su suegra, a ella de forma más prolija, a diferencia de a las otras tres. La casa, aunque está totalmente derruida, se intuye que fue de elegancia.

Subiendo, a la mitad de las escaleras, Barreda mató a una de las mujeres; luego a otra y, finalmente, apareció en la cocina, por la cual se llega a través de un pasillo con ventanas que dan a la famosa parra, que aún se conserva. Por el pasillo se observa lo que fue el comedor con mesa y sillas de estilo y un vitrinero.

Esa "zona de confort" que fue su vivienda, donde decidió aniliquilar a cada una de las mujeres de su familia, es más conmocionante cuando se llega a la cocina, donde aun el día de nuestra visita, 26 años después del cuádruple crimen, se podía ver un libro de recetas sobre la mesa de la cocina, abierto en una receta de bizcochuelo, como si fuese un domingo como cualquier otro.

Ahí, al otro lado de esa mesa con sillas frente a un televisor, Barreda se les apareció a su esposa y a una de sus hijas, que habían ya escuchado los tiros mientras él se desplazaba por la casa hasta que las vio; se sabe que ellas corrieron hacia el lavadero para intentar guarecerse, pero fue inútil: en ese pequeño rincón de la casa las mató, como quien necesita terminar con una misión.

Algunos pensaban que se trataba de una paranoia, conocida como una psicosis de quien delira sin alucinación, donde el sujeto tiene una ruptura con la realidad y es gobernado por un delirio muchas veces bien sistematizado: con una trama que podría resultar creíble en un primer momento y que puede ser de tinte celotípico, de persecución, etcétera. Un conjunto de ideas irreductibles -aun contrastándolas con la realidad-, patológicas, que provienen de un juicio perturbado y que, además, son incorregibles porque la convicción anormal se asienta en un trastorno de la personalidad, y así el juicio crítico se encuentra alterado.

Se pueden imitar los síntomas groseros, pero no los finos, que no escapan al escrutinio de psiquiatras experimentados. Otros especialistas pensaban que se trataba de un psicópata simulador. Pero es bueno saber que no es raro encontrar psicópatas con rasgos paranoides, lo cual tampoco es descabellado, dado que el argumento de Barreda fue que era víctima de un maltrato doméstico grave y sostenido en el tiempo, y que lo único que él hizo fue defenderse.

El televisor de la cocina y la escalera
El televisor de la cocina y la escalera

Esto es algo que también sostendría alguien egocéntrico -teniendo en cuenta que habla de sus propias hijas-, y cuanto menos insensible y capaz de manipular los acontecimientos de tal manera de lograr equipararse con las víctimas. Eventualmente se habló de que en el devenir de las ejecuciones pudo haber intentado respetar un orden determinado para heredar los bienes en juego; estos son rasgos típicos de un psicópata.

El tema es la frialdad, la plena conciencia y la satisfacción emocional de finalmente decir "sí, yo las maté". Luego, la excusa será creíble o no, porque al fin es incomprobable. El hecho es que todos los males de los cuales dijo ser víctima por parte de estas tres mujeres pudieron haberle servido para irse solo a vivir a otra parte. Sus hijas ya eran grandes y él era independiente económicamente; nada lo ataba, e incluso tenía una amante.

Una de las versiones que escuché reiteradas veces cuando iba a La Plata -quizás, un mito urbano, hoy imposible de verificar- es que los sucesos comenzaron a desencadenarse cuando una de las hijas vio una noche al padre "levantando" en su auto a una travesti, tras lo cual lo habrían confrontado las tres mujeres y entonces él estalló de ira. Pero esa reacción inusitada que aparece en los ataques espontáneos cuando las víctimas son conocidas para el victimario, cuando el ataque es más cercano, directo y personal, no parece haber sido la norma en este caso, a juzgar por la cantidad de heridas de bala de cada una de las víctimas, la desmesura aparece en algunos cuerpos y en otros no.

El modus operandi demuestra una planificación previa. El deseo de ocultar evidencias simulando la escena como si se tratase la de un presunto robo a mano armada, la huida efectiva y la tranquilidad para crear una coartada ubicándose en escenarios distintos al de la escena del crimen, indican planificación o que, inmediatamente después, hubo conciencia de la criminalidad del acto y de sus consecuencias.

Se puede correr, pero no huir. Conviene no olvidar los hechos del cuádruple crimen y de los recuerdos que evocan, hoy, los despojos de lo que otrora fue una vivienda señorial enclavada en el corazón de la capital provincial. Barreda debe ser recordado como un femicida en masa que unas semanas antes de ejecutar una de las peores masacres de la historia argentina, acudió a unas clases de criminalística por mera "curiosidad", aunque posiblemente atraído ya por la faena que iba a llevar adelante: perseguir con una escopeta a su esposa, sus hijas y su suegra, y acorralarlas para matarlas en el punto final de la casa.

Ricardo Barreda, en diciembre pasado
Ricardo Barreda, en diciembre pasado Crédito: Miguel Braillard

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