Una guerra entre bananitas y lobos

Gustavo Carabajal
Gustavo Carabajal LA NACION
Un triple crimen fue la manifestación más visible de la violenta disputa por los puestos de comercialización de droga en la villa Santa Rita que sostienen dos bandas surgidas en los años 90
El escenario del triple crimen
El escenario del triple crimen
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1 de febrero de 2020  

Tres organizaciones delictivas se disputan el territorio de la villa Santa Rita para vender drogas. Ese frágil equilibrio apoyado en pactos no firmados y códigos no escritos se quebró en los últimos 45 días. A fines de diciembre la guerra entre narcos se instaló en ese conjunto de edificios situado a cuatro cuadras del cruce de Márquez y Panamericana.

Esa guerra tiene como protagonistas a la banda de Los Bananitas, conocida porque a fines de la década del 90 protagonizaron una cinematográfica toma de rehenes, y Los Lobos, formada por exintegrantes de un grupo de secuestradores comandado por Silvina, una embarazada que se teñía el pelo de rosa furioso.

Hasta el momento nadie pudo contener la sucesión de homicidios. Familiares de una de las víctimas publicaron en redes sociales: "Estos asesinos mataron a mi primo y dejaron a una mujer embarazada y con hijas, solas. Si saben algo colaboren para que estas m... paguen por lo que hicieron".

Debajo de esa leyenda, la prima de Alex Santillán incluyó la foto de los tres sicarios, menores de 16 años, que según los datos recibidos por la familia, mataron a Santillán y Mauro Gómez, en una emboscada ocurrida el 11 de enero pasado, en la esquina de Piedrabuena y Pasaje 751, en el barrio Obrero, de Villa Adelina.

La tercera víctima de esa masacre fue identificada por fuentes policiales como Rodrigo Domínguez, quien pertenece a la banda rival de Santillán y Gómez.

Tanto Santillán, Gómez como Domínguez tienen antecedentes penales en causas por drogas. El primero de ellos debía ser sometido a un juicio oral este mes por narcotráfico. Mientras que Gómez figuraba procesado en otro expediente, por el mismo delito. En tanto que Domínguez estuvo imputado en un caso de narcotráfico ocurrido en septiembre de 2013.

En principio, los investigadores abonaron la sospecha de que el triple homicidio fue el resultado del enfrentamiento que se desencadenó cuando Santillán y Gómez fueron a asesinar a Domínguez, a quien responsabilizaban por matar, en diciembre pasado, a B.B Kruchasky, uno de los jefes de las bandas que se reparten los puestos de venta de droga en la villa Santa Rita.

Esa hipótesis de los investigadores judiciales y policiales se daba de bruces con un dato que surgía de los peritajes en la escena de la masacre. Los técnicos de levantamiento de rastros hallaron elementos que determinaron que se hicieron más de 40 disparos. Semejante cantidad de balazos no fue disparada por las tres víctimas, si se tiene en cuenta que ninguno de los asesinados cambió de cargador y que se hallaron proyectiles intactos en sus armas. Por tal motivo, los investigadores abonaron la sospecha de la existencia de más tiradores. Esta hipótesis fue reafirmada por los familiares de Santillán y Gómez, que recibieron el dato de que tres sicarios, todos menores, conocidos por sus alias como Benja, Huguito y Mu, dispararon contra Santillán y Gómez.

Según la información que recibió la familia de Santillán, los adolescentes eran amigos y soldaditos de los búnkeres de Rodrigo Domínguez, quien en ese vidrioso equilibrio de bandas vendía sus servicios a Los Bananitas o Los Lobos, las dos organizaciones que, con el grupo de B.B. Kruchasky, se reparten la actividad narco en la zona.

Entre aquellos que transitan por los edificios grises del barrio Santa Rita afirman que Kruchasky fue asesinado porque usurpó tres casas que funcionaban como puesto de venta de droga a uno de los grupos rivales.

Entonces, la familia de Kruchasky prometió vengarse de los autores del homicidio del jefe narco y para cobrar esa cuenta con sangre fueron enviados Gómez y Santillán. Ambos obtuvieron el dato que apuntaba a Domínguez como uno de los presuntos autores del homicidio del líder narco.

La hora de la venganza

El 11 de enero pasado, a las 21.47, Gómez y Santillán, a bordo de una moto, llegaron a la casa de Domínguez, en Piedrabuena al 700, en el Barrio Obrero, de Villa Adelina. Armados con pistolas 9 mm, que ocultaban entre la ropa, esperaron a que Domínguez saliera de su casa y lo interceptaron en la esquina de Piedrabuena y el Pasaje 751, en el límite entre Villa Adelina y la localidad de José León Suárez.

Luego de un cruce de insultos comenzó el enfrentamiento. Aparentemente, Gómez y Santillán no advirtieron que Domíguez no estaba solo. Tres menores lo escoltaban a una distancia prudencial. Cuando se desencadenó el tiroteo, los tres "soldaditos" abrieron fuego sobre Gómez y Santillán, los mataron y huyeron. En tanto que el cuerpo de Domínguez quedó en medio de un charco de sangre.

Antes de llegar a la escena de la masacre, los policías asignados a la patrulla de la comisaría de Villa Adelina tuvieron que pedir refuerzos. Dicha solicitud se fundó en que, habitualmente, en ese barrio los uniformados son blancos de disparos efectuados por algunos de los "soldaditos" que custodian los búnkeres de venta de droga. La guerra había comenzado.

Todas las bandas que se reparten la villa Santa Rita para vender droga quedaron involucradas en esa guerra. El grupo de Los Lobos integrado por los Palavecino, padre e hijo, uno de ellos conocido como el Turro, quien integró la reconocida banda de Los Enanos, tal como se conoció al grupo delictivo comandado por Silvina, una adolescente, de 15 años, embarazada, que se teñía el pelo de rosa furioso.

Durante la salida de la crisis de 2001, los integrantes de la banda delictiva se reunían en un pool de José C. Paz que tenía un nombre paradigmático: El Rescate. Fuentes policiales indicaron que la banda cometió al menos nueve secuestros entre 2002 y 2003 hasta que fue desbaratada.

Con la aplicación de la tecnología en el rastreo de las llamadas, los secuestros dejaron de ser rentables para los Palavecino, que, en 2008, se reconvirtieron en narcotraficantes.

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