Amor sobre ruedas en el gym: cuando el deporte es afrodisíaco
Laura estaba terminando un noviazgo de seis años cuando conoció a su profesor de gimnasia y entendió que el amor era otra cosa. La pasión por el deporte como motor para conquistar su corazón
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Laura mira la hora y se le aceleran las pulsaciones. Son las 20.55. En cinco minutos arranca su primera clase de spinning y todavía está en su casa. Se pone la ropa deportiva y acelera la marcha hasta el gimnasio.

A las 21.10 abre la puerta del salón donde se desarrolla la clase. Ve una bicicleta libre y se sienta a un costado. Se calza los pedales y lentamente empieza a andar. Algunos murmuran y de fondo suena 4 minutes, de Madonna. Sus ojos recorren en fila las caras de los ciclistas. Calcula unos doce. Su mirada se clava en la del instructor: Diego.
—¡Muy buenas noches! —grita enérgico–. Para quienes arrancan hoy, yo soy Diego. Vayan de a poco, que sino mañana les va a doler todo el cuerpo.
La clase comienza y lentamente intensifica su ritmo. Se paran en los pedales, hacen movimientos con las manos y suman peso en las ruedas. Sobre el final les pide que aceleren a toda velocidad y que bajen el peso al mínimo –lo que se conoce en spinning como sprint –. Laura coloca las dos manos en el manubrio, toma aire y arranca. Aunque el ejercicio dura sólo algunos segundos ella siente que no puede más. Su temperatura sube y siente el calor en la espalda. Los cuarenta y pico músculos de su cara sienten la adrenalina del ejercicio y ella aguanta el cansancio esperando un gesto de aprobación de su instructor pero no pasa nada. Diego no la mira, no le sonríe y no muestra un mínimo interés en ella.
Deporte + sudor = atracción
Dicen que la actividad física actúa como un afrodisíaco natural. La multiplicación de endorfinas –las hormonas del placer– que se liberan cuando hacemos deporte hace que estemos más enamoradizos y propensos a entablar relaciones amorosas. Y Laura, desde que empezó a pedalear, no logra sacarse a Diego de la cabeza.
Hasta ese momento Laura estaba conviviendo con su pareja pero un día, después del sexto aniversario, decidió separarse. Hacía un tiempo que la relación venía en picada, que los dos sentían que el amor y la pasión estaban desdibujados. Como una bicicleta de spinning donde uno pedalea y pedalea pero no se mueve del lugar, Laura sentía que después de seis años la cosa no avanzaba, que faltaba “algo”. Y el flechazo que la unió a Diego esa primera clase en el gimnasio, sumado a que cada vez tenía más ganas de verlo confirmó su deseo de distanciarse.

Es difícil de explicar qué sentía Laura pero en algún lugar de su cuerpo sabía que Diego era el hombre que estuvo esperando toda la vida y aunque todavía no se habían dado ni un beso quería envejecer con él. “Irradiaba buena energía, buen humor. Era una persona apasionada con unas ganas locas de vivir y eso me encantaba”, cuenta. Sin embargo, ella era la alumna y no estaba del todo claro si la conexión que sentía tenía recepción.
Hubo un día en que no quiso ocultar más sus sentimientos por Diego y empezó a hacerlos notar. Iba a las clases con un perfume distinto cada día para llamar su atención, se sentaba en la bicicleta más cercana a él y con la excusa de que ella también estaba estudiando para ser instructora de spinning le pedía que le ayude con algunos ejercicios que, supuestamente, le costaban.
Las mujeres también vamos de frente
Una noche, quince minutos antes de que empiece la clase Laura decidió encararlo. Lo esperó en el estacionamiento, sin su habitual ropa deportiva. Estaba hermosa, radiante. Nunca antes había hecho algo así y se sentía nerviosa, incómoda y por momentos hasta se juzgaba por ser ella quien estuviera a punto de declararse. Finalmente le habló:
—¿Puedo hablar con vos? —preguntó con la voz firme y el corazón acelerado, como cuando se baja de la bicicleta.
—Estoy apurado, llego tarde a la clase. Disculpame —respondió Diego como si se tratara de una alumna más, borrando en un instante toda esperanza.
—Está bien, igual no era nada importante —dijo muerta de vergüenza.
Durante días Laura se cuestionó por dar el paso y se dijo que nunca más haría algo así.
A la semana siguiente el panorama cambió: fue él quien se acercó pidiendo disculpas por el desplante y diciendo que llevaba días intrigado por ver qué era lo que quería decirle. A Laura –de nuevo– se le aceleró el corazón. Juntó coraje, tomó aire y lanzó: “Creo que es obvio lo que pasa, nunca hice algo así pero quería invitarte a tomar un café. Me gustaría conocerte”. Esa noche se pasaron los celulares.
La cita tardó unos días en concretarse. Había un dato que Laura no conocía: Diego también estaba en medio de una separación, terminando un noviazgo de seis años. Ninguno de los dos tenía en los planes inmediatos estar con alguien y mucho menos enamorarse. Pero el amor no se planifica. Aparece justo cuando uno menos lo espera y ni Laura ni Diego lo quisieron esquivar. Llevan juntos tres años.

Albert Einstein decía que “la vida es como la bicicleta, hay que pedalear hacia adelante para no perder el equilibrio”. Con sus ex parejas se sentían incompletos, caminando en paralelo pero sin sueños en común. Ahora, por primera vez, pedalean en una misma dirección, corren para el mismo lado. Se pelean como cualquier pareja pero siempre se levantan y siguen. Comparten sus pasiones, añoran un futuro compartido y, como yapa, se entrenan juntos.
Laura termina contando que desde chica siente que correr, saltar, bailar y pedalear, la liberan, la emocionan y la hacen sentir viva. Durante años el ejercicio también le sirvió para escapar, despejar su mente y no pensar en problemas. Hoy, cuando está con Diego viviendo el día a día o planificando convivir siente esa misma emoción y libertad que cuando su cuerpo está en movimiento. Ya no tiene que pedalear para escapar porque está justo donde quiere estar.
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