Arrieros de luna y polvo
Alfredo Villafañe es el heredero de un intrépido arriero que transitaba las quebradas y cañones del Valle de la Luna con cientos de cabezas de ganado; una nueva historia al costado del camino
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Ischigualasto -más conocido como el Valle de la Luna- fue una importante vía de transporte de ganado desde fines del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX. El pasaje, que se encuentra al pie de las Barrancas Coloradas, en el norte Sanjuanino, era aprovechado por los arrieros, quienes, atravesando el valle de este a oeste, conducían cientos de cabezas, internándose en quebradas y cañones hasta llegar al río Bermejo. Allí, el ganado podía abrevar luego de la dura travesía y continuar internándose en la cordillera hasta llegar a Chile, como en un verdadero éxodo.
Por las tardes el arriero iba con la mirada llena de polvo y las riendas en su mano izquierda, apoyada sobre el recado. Rumbos de cansancio lo llevaban hacia la mañana por una huella de distancia y esperanza. Cuando el lucero, ese ojo espía de la noche, aparecía señalando la hora y el camino, había que partir. El sol y el desierto habían decidido que las marchas se realizarían de noche, cuando la luna chorreara su luz sobre la inmensidad sanjuanina. A esa hora la hacienda era como un río correntoso. Así, lentamente, iban los reseros detrás de la tropa, apurando balidos con chiflidos largos.
En esas noches no faltaría un alto para calentarse y pitar tabaco frente al fogón. Sus ojos se avivaban con el mismo resplandor naranja y junto a la charla llegaba el recuerdo. Al aclarar, la silueta negra del jinete se hacía una con la de su caballo, recortando la madrugada mientras se levantaba un presagio de sol implacable. Más tarde, ese mismo jinete andaría achicando los ojos para divisar el horizonte.
El arriero iba con la mirada llena de polvo y las riendas en su mano izquierda, apoyada sobre el recado. Rumbos de cansancio lo llevaban hacia la mañana por una huella de distancia y esperanza
Heredero de un camino. Alfredo Marciano Villafañe es hijo de uno de aquellos arrieros. Tiene 52 años, su padre fue don Cruz, un reconocido arriero de la zona. Vive en Balde del Rosario, al norte de San Juan, en un caserío ubicado en pleno desierto y donde se reúnen los desperdigados puestos de la zona.
Según Alfredo Villafañe la mayoría de los arreos atravesaban Ischigualasto "porque es la parte más baja de una cadena de montañas; por eso iban a Jáchal costeando la sierra. A veces caminaban, arreando las vacas que herraban para esas ocasiones y pasando por el molino harinero de Huaco a cambiar unos productos por otros". Y agrega: "Yo conozco esos senderos, pasando por el Valle de los Duendes, Río de las Cortaderas. Esos lugares el turista jamás los conocerá, ya no te dejan pasar".
Alfredo, entusiasmado, cuenta una anécdota: "Mi abuelo andaba buscando agua por toda esta zona y prometió que si la hallaba iba a encomendar el lugar a la Virgen del Rosario... y después de hacer una cantidad de pozos la encontró nomás… una tarde sacó un balde de agua, la probó y era dulce, pa´ tomar". Ahora el caserío se llama Balde del Rosario.
"Mi viejo me llevaba antes de que el parque sea Parque; conocía los rumbos del desierto y encontró varios fósiles; con él anduve en varias expediciones recorriendo yacimientos", asegura el arriero. En medio de la charla zumba de su boca el nombre de Victorino Herrera, un baqueano sencillo y amigo de su padre, descubridor del Herrerasaurus, uno de los dinosaurios más antiguos de todos los tiempos.
Es cierto que por aquí anduvieron dinosaurios hace millones de años, todo el mundo lo sabe, pero no menos cierto es que luego anduvieron arrieros
Sin embargo declara que no todo era ciencia en materia de hallazgos paleontológicos: "Al tiempo de las primeras excavaciones mi padre se dio cuenta de que muchos de esos fósiles se iban del país, mucha gente se los llevaba para otros lados diciendo que era para estudiarlos... y hasta el día de hoy no han sido repuestos. Dice que por suerte todavía quedan fósiles íntegros que casi nadie sabe dónde están.
Historia y prehistoria. Es cierto que por aquí anduvieron dinosaurios hace millones de años, todo el mundo lo sabe, pero no menos cierto es que luego anduvieron arrieros. En las piedras se encuentran grabadas marcas de ganado que resultan la evidencia más clara del derrotero seguido por aquellos reseros. Vivieron entre el polvo y muchos se hicieron polvo allí mismo; cruces señalan su deceso en la inmensidad del desierto.
Una noche de aquellas la luna se cansó de iluminar tantos pasos y se quedó dormida. Con ella, también durmieron los arrieros que empujaron su esperanza durante muchas jornadas. Ahora descansan bajo ese polvo que siempre levantaron, entre recuerdos de balidos y dinosaurios, cubiertos por ese otro polvo que los cubre y se llama "la historia".
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