
Barracán inspirador o el rescate de la argentinidad
Material favorito de esta diseñadora, ahora también viaja a Italia
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Como máxima exponente de la categoría Diseño de Indumentaria, Mary Tapia recibió ayer, durante un acto en el Museo Nacional de Bellas Artes, el Konex de Platino que le otorgó el Gran Jurado de los Premios Konex 2002 a las Artes Visuales.
Unos días antes, iba y venía por su casa entre los paquetes de ropa etiquetados con un nombre y una dirección: Molfino Jorge G., Via Giacopo della Quercia 22, Milano, Italia.
“Sentí una alegría tan grande el día que me llamó el presidente de la Fundación, el doctor Luis Ovsejevich, para anunciármelo, a las 9. Me siento bien, muy contenta, en mi mejor época, como si Dios se hubiera decidido a darme una mano. Puedo disfrutar el reconocimiento: un homenaje, el premio, ahora esto. ¿Será que hay un advenimiento de argentinidad y se han acordado de mis 36 años de trabajo? Es raro, además, que sin salir de mi casa la suerte haya venido a golpearme la puerta.”
En mayo, la suerte le golpeó la puerta en la persona de Jorge di Molfino, y desde entonces no ha parado de trabajar. Quince horas diarias ocupadas y 487 de sus modelos terminados y embalados para ser enviados a Italia y vendidos en las boutiques de Fatto a Mano en Milán, Roma y Florencia. Le falta cumplir con el envío de 500 prendas.
“Lo conocí en Milán en 2000, cuando yo compartía un stand con otros argentinos en Il Artesanato in Fiera, y Jorge Molfino se acercó a mirar mis modelos. En mayo de este año viajó a Buenos Aires y estuvo en mi casa. Se había terminado la convertibilidad y me dijo que le convenía confeccionar en la Argentina; me preguntó si me animaba a conseguir los talleres. Después recorrimos con su asistente italiana Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca. Lo asesoré sobre el barracán, que los collas tejen a mano, pieza por pieza. Para la cantidad que necesitábamos recurrimos a la Hilandería Jujeña, donde se hacen los barracanes de 1,40 m de ancho, en telares semiautomáticos. Es bastante similar al hecho a mano: los mismos empleados son collas, llevan la cultura incorporada. También compramos botones de asta hechos a mano, fajas, ponchos.”
En otra escala
De regreso en Buenos Aires confeccionó diez de sus diseños, elegidos por el empresario: tapados, sacones, polleras con saco, pantalones, suéteres.
“Me preguntó si me sentía en condiciones de hacer una gran producción, controlar la calidad y cada detalle. Yo que siempre había trabajado con modistas, prenda por prenda, busqué talleres y elegí tres, en uno de los cuales trabaja un sastre boliviano que se puso muy contento porque esas telas también le pertenecen, son de la cultura andina que se expresa en los tejidos de los cholos bolivianos y los collas en nuestro Norte. Fue difícil, pero pude llevarme bien con los talleres grandes. Todo pasa por mi tamiz: compro las cintas, los forros, los hilos, lo que haga falta. No paré de trabajar, a veces llegaba dormida en el taxi que me traía a casa desde el taller del sastre.”
Siguiendo las instrucciones que le llegan de Milán, los modelos se realizan en una variedad de coloridos que incluyen el verde inglés, rubí, rosa, ciclamen. Los modelos combinan barracanes de diferentes diseños y, con otras telas, llevan aplicaciones de cintas de terciopelo (“siempre me gustó la mezcla de esos dos materiales, uno tan refinado y otro tan rústico”). Los suéteres están tejidos a mano con hilo hilado artesanalmente y obtenido del gusano de seda, son lisos, con cuello volcado y flecos.
Mary recuerda que en 1968 llevó a París unas 30 prendas para exponer en el Salón de la Moda. “Era la primera latinoamericana que exponía sus modelos, y los vendí todos a boutiques y las Galerías Printemps”. En 1969 hizo un desfile en el Center for Interamerican Relations de Nueva York, “junto con una maravillosa muestra de obras de Figari cedidas por Marta Oks”, y también se los compró una boutique de la Quinta Avenida. “Tuve mi momento de gloria cuando volví de Europa, y pasaron 36 años: después vinieron las malas épocas de la importación, cuando nadie compraba lo de acá. No me aparté nunca de mi ruta, seguí haciendo mi colección todos los años, más grande o más reducida, siempre con la misma tela. El barracán para mí es inagotable. Liso (el natural y el de oveja negra), teñido, cuadriculado, es el material que me inspira: cuando lo veo y lo toco, se me ilumina el cerebro...”
En octubre último envió 187 prendas, para componer las vidrieras. Sacones amplios y adaptables a diferentes talles, forrados con raso o con aplicaciones de terciopelo; polleras largas, combinando cortes al bies y cintas aplicadas; tapados cortos y largos; pantalones anchos de barracán liso. Todo con el sello de una creadora que combina tonos y texturas con amor por las culturas ancestrales que conoce desde su infancia en Tucumán y un sentido del diseño que apela a lo contemporáneo.
Ya está pensando en otros proyectos y a la expectativa, entusiasmadísima con el premio y esta experiencia que le abre nuevas perspectivas y proyección a su trabajo.
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