
Bianciotti acerca nuestra cultura a la francesa
Lazos: el académico destacó las estrechas relaciones culturales entre Argentina y Francia, de las cuales se considera un buen ejemplo.
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A fines de julio de 1996, poco tiempo después de haberse anunciado su ingreso en la Academia Francesa Héctor Bianciotti regresó a la Argentina tras muchos años de ausencia. En esa ocasión llegó invitado por la Secretaría de Cultura de la Nación, entre otras instituciones. Ahora está en Buenos Aires como parte de la comitiva que acompaña a Jacques Chirac, el presidente de Francia.
"No esperaba volver tan pronto a esta ciudad", comenta Bianciotti, en diálogo con La Nación.
"Lo hago como representante de la cultura de Francia y de la Argentina. Las relaciones culturales entre los dos países han sido siempre muy estrechas y mi caso es un buen ejemplo de esos lazos: empecé escribiendo en español y terminé haciéndolo en francés. Acepté encantado el ofrecimiento de integrar la delegación que venía con Chirac. A él lo he tratado en ocasión de mi nombramiento de académico. Es un hombre muy agradable, cordial, y llano. Por otra parte, el hecho de que haya marcado netamente todas sus diferencias con un hombre de extrema derecha como Le Pen le ha dado tranquilidad a la población."
Su ingreso en la academia
Los ecos de su ingreso en la Academia Francesa no se han extinguido todavía a pesar de que ya hace cuatro meses que Héctor desarrolla las actividades habituales de un académico.
"Después de la ceremonia de recepción, hay otros rituales que debí cumplir. La Academia se reúne semanalmente. La primera vez que lo hizo después de que yo entrara en la célebre sala bajo la Cúpula, el Secretario Perpetuo me dijo, antes de transponer el umbral, que iba a ser objeto de un homenaje: todos los académicos se iban a poner de pie para recibirme".
Recordó que ese homenaje sólo se brinda en dos oportunidades a cada miembro: cuando asiste a la primera sesión ordinaria, tras su aceptación en la comunidad académica, y cuando se anuncia en el recinto que ha muerto.
"De modo que sólo hay una ocasión en que el homenajeado puede ver a todos sus colegas de pie en su honor. Fue muy emocionante. Además a mí siempre me gustó mucho todo lo litúrgico: pasé por el seminario y tuve ambiciones de santidad. La religión católica tiene un aspecto estético, que se desarrolla en el culto, de una gran belleza", agregó.
Bianciotti recuerda con una sonrisa el día de la ceremonia de recepción en la institución francesa.
"Yo estaba razonablemente tranquilo. Me había preparado mucho tiempo para esa experiencia. Temía cometer un error porque ese error iba a quedar registrado para siempre en los anales de la corporación".
Contó que debía leer un ensayo sobre su predecesor, André Frossard, y que hasta último momento estuvo haciéndole correcciones.
"Pero también estaba nervioso por la académica que iba a pronunciar un discurso sobre mi obra, la gran helenista Jacqueline de Romilly, que acaba de publicar un libro cuyo titulo es, precisamente, Héctor, sobre el héroe de la guerra de Troya", relató.
Dijo que Jacqueline había tenido un problema en los ojos y estaba ciega, de modo que se estudió el texto de memoria.
"Pronunciarlo ante esa asamblea le llevó 50 minutos. Cuando se puso de pie para hablar, le entregó una copia de lo que iba a decir al Secretario Perpetuo para que, en caso de necesidad, le soplara. Por supuesto, Jacqueline no solicitó ninguna ayuda y todo transcurrió espléndidamente".
Académico y lector avezado
Como parte de sus trabajos literarios, Bianciotti se ha ocupado en distintas editoriales de seleccionar obras para su publicación. Eso lo ha convertido en un lector avezado y muy al tanto de las últimas corrientes estéticas.
Son muchos los talentos desconocidos que aspiran a ser "descubiertos" por el flamante académico.
"Me ha sucedido algo extraño y muy interesante en el último tiempo. He leído novelas de escritores jóvenes de distintos países que no están en contacto entre sí, que tampoco reconocen adherir a ninguna escuela literaria y que, sin embargo, están estrechamente emparentados por sus temas, por el enfoque de sus libros y por la atmósfera que se respira en ellos", precisó Bianciotti.
"En la Argentina, por ejemplo, me interesó mucho Agua, la primera novela de Eduardo Berti, que responde a estas características y que ahora va a publicar Tusquets editores. He escrito un prólogo sobre esta obra y sobre este extraño fenómeno de autores que responden a una misma inspiración sin pertenecer a ninguna capilla. A ninguno de ellos les interesa la actualidad; la acción, a menudo, se desarrolla en países y en tiempos remotos, en tierras que no conocen, en castillos, en medio de comunidades cerradas. Creo que las condiciones de vida semejantes que se dan en distintas partes del mundo impulsan a estos jóvenes a crear relatos nacidos de una misma necesidad de lejanía, ya sea espacial o temporal."
Un atuendo especial
Sus artículos en Le Monde, su nueva condición de académico y su labor editorial no le han permitido a Bianccioti, durante el último año, consagrarse a la escritura de ficción.
"Tengo que organizarme. Todo lo que ha ocurrido ha alterado mi vida cotidiana. Cuando abro el armario donde está guardado mi uniforme de académico con la famosa espada que acompaña a ese atuendo, pienso que sólo me lo pondré en contadas ocasiones, ya que se lo puede usar en muy pocas oportunidades, establecidas con toda precisión: cada vez que se recibe a un jefe de Estado, cada vez que ingresa un nuevo miembro en la Academia, y, por cierto, para la salida final de este escenario, de la vida", dijo el escritor radicado en Francia.
"Es una lástima porque es un traje de verdad muy hermoso. Pero como sucede con las piedras preciosas, la rareza de su uso lo hace aún más bello y más valioso", agregó, antes de despedirse.
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