El amor al BlackBerry: una adicción que crece

Fuente: LA NACION - Crédito: Ariela Bernater
Cuándo se transforma en adicción el uso de estos teléfonos inteligentes; testimonios de usuarios que no pueden desconectarse nunca; la explicación de expertos
Verónica Dema
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19 de octubre de 2011  • 14:04

Julieta, de 22 años, hace 3 meses que tiene su BlackBerry pero ya lo necesita como si fuera parte de su cuerpo, una prolongación de su mano. "Me lo compré porque todos mis amigos lo tenían y era una manera de pertenecer, de comunicarme con el chat y las redes sociales. También me convenció poder chequear mails todo el tiempo porque estoy mucho en la calle", cuenta y el teléfono baila en su mano, lo mira, lo toca casi por instinto. Parece querer certificar que el aparato está vivo. ¿Se estará perdiendo de algo nuevo en estos minutos de charla? Seguro, pasan muchas cosas en la red.

Es tanta la costumbre de mirar el teléfono que, aunque esté frente a su computadora en el trabajo, responde mails desde el BlackBerry, porque ahí los ve más rápido, dice. "Ahora que lo pienso es bastante loco. Pero me pasa así: me es más cómodo usar el teléfono que entrar por la compu aunque esté prendida". Este aparato (BB, le dicen muchos usuarios) parece más que un simple objeto: ¿Qué le pasa a Julieta cuando no lo lleva encima? "Esos días en que se cortó el servicio, me sentí muy sola porque le hablaba a la gente y no me contestaba".

Como ella, según datos de la consultora Carrier y Asociados, un millón de argentinos usan este teléfono inteligente (o smartphone) que, a diferencia de los demás celulares, permite chatear, mandar e-mails y navegar de manera ilimitada por un precio "razonable". Es porque la comunicación se gestiona en una red privada que "Research in Motion" (RIM, la empresa fabricante) destaca por su robustez y bajo consumo del ancho de banda. Sin embargo, este diferencial se volvió en contra los últimos días cuando una falla técnica en su infraestructura dejó sin el preciado servicio de correo electrónico y chat a los usuarios de varios continentes, inclusive América latina.

"En este teléfono está mi vida", dice Nilda, de 38 años, madre de hijos adolescentes

¿Cuál es el límite entre usar y abusar de estos aparatos que los especialistas señalan como altamente adictivos? En EE.UU. ya lo bautizaron como Crackberry la adicción a este teléfono inteligente: se considera "maniáticos" a quienes revisan sus mensajes más de 400 veces al día y si no lo tienen encima padecen síndrome de abstinencia, que se traduce en irritabilidad, desbordes, insomnio y ataques de ansiedad.

"No sé si podría vivir sin él", reconoce Mariela, una productora de radio de 25 años que desde que se compró el BlackBerry, hace un año, no suelta ese aparato parpadeante y sonoro. "No lo apagué nunca, obvio", dice, sorprendida con la pregunta. "¿Por qué me desconectaría?".

Mariela mira su celular. "¿En qué estábamos? ¡Ah!" Sigue: "Es como un vicio". La dependencia fue progresiva: primero lo tuvo por el chat gratis con amigos, luego por los mails personales, más Facebook, más Twitter ilimitados, después por los mails laborales y así, cuando se quiso acordar, el celular de Mariela se convirtió en el sitio donde condensa "toda" su información personal. "Soy teléfono-dependiente. Lo extraño cuando no lo tengo cerca. No voy a decir que lo amo, pero es el objeto que más quiero", dice y se lo acerca al corazón como un bien preciado. Se "mecen". Ella se ríe, como avergonzada.

"En este teléfono está mi vida", dice Nilda, de 38 años, madre de hijos adolescentes que no la dejan ni un minuto en la computadora de la casa. "Entro a la cuenta del banco, pago impuestos, reviso mails, es mi agenda de cumpleaños, tengo las listas de lo que le piden a mis hijos en el colegio, armo videos. Con decirte que hasta voy al baño con el teléfono, porque lo uso de radio", se ríe, pero jura que es cierto. Y se pone seria para aclarar que jamás apaga el teléfono y que cuando ve que sólo le queda una rayita de batería se desespera.

¿Se puede querer a un objeto? "Sí, puede despertar una forma de amor", afirma a LA NACION el jefe de la Clínica de Adicciones del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco), el psiquiatra Pablo Simone. Explica que se trata de una dependencia afectiva porque se idealiza un objeto: "Tiene un potencial adictivo muy fuerte por la inmediatez que ofrece. Además, porque es un aparato que nos comunica y no replantea, no señala una falta, no nos confronta con nosotros". Y apunta, irónico: "Simplemente nos conecta rápido con otros, nos obedece".

Pero, ¿cuánto nos conecta? ¿de qué modo?. Allí se detiene el especialista: "El abuso va en detrimento del encuentro afectivo con otras personas y con uno mismo". Entonces, parece tomar sentido la sensación de soledad de Julieta que, aún rodeada de amigos, si se cae el sistema de BlackBerry siente el vacío de la incomunicación porque "nadie le contesta".

La coordinadora del Centro de Asistencia, Capacitación e Investigación de Socioadicciones (Cacis), Alejandra Cattán, explica a LA NACION que la hiperconexión exagera la comunicación virtual a costa de los vínculos presenciales. "En definitiva, contrariamente a estar más socializado, se está más aislado porque se pierde la comunicación esencial", dice la médica psiquiatra.

"En general, son personalidades vulnerables, les resulta difícil el vínculo con los otros y prefieren replegarse, ensimismarse aunque en apariencia dispongan de muchos contactos", dice Cattán. La paradoja instalada es que si no estoy activo en las redes, si no "circulo" allí, "no me doy a conocer socialmente", por tanto, "no existo", razona la psicoterapeuta. "Por eso hoy la identidad de mucha gente pasa por estar conectado las 24 horas", afirma.

La abstinencia y sus tratamientos

El tratamiento más utilizado para superar esta adición es la rehabilitación cognitiva, una terapia (cognitiva-conductual) que requiere varias sesiones semanales y que trabaja con los pacientes para volver a conectarlos con otras cosas por fuera de la tecnología. "Tuvimos pacientes extremos que necesitaron internación", comenta el psiquiatra del área Adicciones de Ineco. Estos son los menos y se caracterizan por vivir en función de la tecnología al límite de perder noción de la realidad.

Su colega, la psiquiatra Cattán agrega: "Comparte el mismo circuito de recompensa neurobiológico que cualquier adicción, sólo que no produce daños neurológicos u orgánicos manifiestos, como sí ocurre con el consumo de alcohol o drogas". Y agrega que "lo que sí producen su uso crónico indiscriminado son trastornos de atención, ansiedad, irritabilidad, tensión, aceleración, poca tolerancia a la espera, que se exacerba cuando el objeto no está; entonces, aparece cierta abstinencia y más ansiedad por la falta del objeto". Un círculo vicioso típico.

La especialista invita a observar la actitud de quien lleva todo el tiempo el teléfono en la mano. Tiene mucha tensión, mueve de manera indiscriminada el pie, la pierna y la actitud corporal también es de contracción mientras manipula apresurado las teclas, enumera.

María, 29 años, está en la sala de espera de un médico en una clínica en Palermo. El teléfono no se calla nunca: tiene un muestrario de músicas, ruidos, vibraciones para develar. "Te tienen una hora esperando", se queja. "Me saca el estrés el teléfono, porque puedo chatear, adelanto cosas, me mando mails, me agendo actividades y hasta una cita a ciegas cerré por chat", dice y se ríe. Cree que puede andar. Ya sabe que tienen algo en común: el amor por el BlackBerry.

Los smarthphones, o la fantasía de la presencia. Por Ana Wortman, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Instituto Gino Germani de la UBA

Con la colaboración de Guillermo Tomoyose, LA NACION

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