Boom en Brasil: El destino preferido por jóvenes argentinos que no para de crecer y enfrenta un gran desafío
La llegada masiva a Praia do Rosa de grupos de 19 a 22 años marca la temporada con ocupación récord y cambios en la convivencia de un balneario que creció a partir del encanto y busca sostener su equilibrio
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PRAIA DO ROSA, Brasil (Enviado especial).− Durante años, Praia do Rosa fue una especie de secreto compartido entre surfistas, pescadores y familias que volvían año tras año para encontrarse con una playa desbordada de vegetación e incluso de difícil acceso: llegar a la arena implicaba caminar entre morros densos. Hoy Rosa sigue siendo todo eso —mar abierto, lagunas, senderos, atardeceres largos—, pero algo cambió. Si bien hace tiempo que este destino es cada vez más popular, este verano, en términos modernos, Rosa se viralizó entre grupos de jóvenes de 19 a 22 años.
Buena parte de esos grupos llega desde la zona norte de la provincia de Buenos Aires y lo hace siguiendo un recorrido casi generacional: Pinamar a los 17 años, Chapadmalal a los 18 y Praia do Rosa a partir de los 19. Este verano, ese circuito explotó. Casi no hay camas libres y, por la alta demanda, cada vez más propietarios deciden alquilar sus casas a familias o grupos de adolescentes.
La marea juvenil convive con familias que vienen desde hace décadas, y eso genera algunas tensiones. Por ejemplo, el desorden que a veces queda en la arena después de los after beach molesta a los que están acostumbrados a una playa impoluta. El lugar, que se popularizó como un refugio de surfistas jóvenes y se volvió con los años un destino familiar, atraviesa ahora un verano bisagra. El desafío es crecer sin perder la identidad.
La playa hoy tiene su propia dinámica. En el sur predominan los brasileños; en el centro, las familias argentinas que llegan con heladeras, sombrillas y chicos; y en el norte, el pulso joven: grupos grandes, música, risas y un after beach que se estira hasta cerca de las 20.
“El sur es brasilero, el centro es argentino, más familiar, y el norte es de pendejos”, resumen Juana Cassagne y Delfina Rebora, ambas de 21 años, mientras miran el ir y venir de tablas y reposeras. No hay divisiones físicas, pero sí esta distribución es una postal cada vez más nítida en la playa.
Para quienes vienen desde hace tiempo, el contraste es inevitable. Patricia Demarchi llega a Rosa desde hace 25 años. “Vinimos porque mi marido surfea desde muy chico. Esta era la playa. Todo esto no existía, era todo morro y había un solo restaurante”, recuerda. A lo largo de los años volvió una y otra vez, incluso cuando sus hijos eran bebés. “Es nuestro lugar en el mundo. Me voy a jubilar acá”, dice entre risas.
Reconoce que hace tiempo el destino es bastante concurrido. “Ahora existen muchos estacionamientos; antes había muy poco acceso a la playa porque era todo morro, entonces la gente no venía tanto. Pero incluso hoy hay que caminar a través de senderos para llegar a la arena”.

Bernardo Cassagne lo cuenta desde el rol de padre. “Vinimos acá en familia. Pero uno de mis hijos no duerme con nosotros, sino que alquiló en otro lado con diez amigos. Se van pasando casas porque otros grupos que vinieron el año anterior les pasan el dato y así consiguen dónde quedarse. Otros se quedan en posadas, pero sobre todo buscan casas”. En ese esquema, las posadas quedan, sobre todo, asociadas a familias o parejas. “Jamás vi tantos jóvenes de 17 a 20 como este año. Nunca estuvo así”, describe Cassange.

José Muñiz viene a Rosa desde los años 90 y es un conocedor profundo del lugar y de sus transformaciones. “Cada vez viene más gente”, señala, aunque aclara que es difícil tener cifras precisas sobre turistas y nivel de ocupación porque hay muchísimas posadas que no están registradas formalmente. Aun así, estima una ocupación cercana al 90 o 95%.
Mientras conversa con LA NACION en la arena, Muñiz llama por teléfono a una de sus hijas, María, que sigue de cerca el nivel de reservas. La respuesta es inmediata: “No hay una cama libre”. Los precios reflejan esa demanda. En promedio, una cama ronda los US$100 por noche en una buena posada. Por eso, las habitaciones o cabañas grandes, con cinco o seis camas, pueden alcanzar los US$600 diarios.

Sobre la presencia juvenil, Muñiz es cuidadoso pero directo. “Hay una tensión porque muchas veces la playa queda sucia después de los after beach”, lamenta. Menciona sorbetes, limas de caipirinha y restos que aparecen sobre todo en la arena de la zona norte de la playa. No habla de caos ni de descontrol, pero sí de una convivencia que empieza a exigir algo más de cuidado.
Sin embargo, el lugar aún es un paraíso para descansar. Camilo Almeida Pons llega todos los veranos a un complejo de cabañas con pileta, gimnasio y cancha de paddle. “Es muy cómodo”, asegura. Él mantiene una tradición que empezó en la adolescencia. “Jugábamos al rugby en el Buenos Aires Cricket & Rugby Club y seguimos siendo amigos”, añade.

Patricio Bengoa junto a Javier Roseli son dueños de la Pousada Kirana. Bengoa describe una temporada intensa pero ordenada. “La ocupación viene muy bien, te diría que con la misma demanda de años anteriores, solo que quizá con más público argentino”, explica. Enero, cree, pudo haber recibido incluso más gente que el verano pasado.
Este año, cuenta Bengoa, cambió un poco el perfil de huéspedes. “Estábamos acostumbrados a recibir más familias o parejas, porque tenemos un perfil más similar a un hotel. Pero alquilamos a varios grupos de jóvenes por el tipo de demanda de este año”.
La convivencia, asegura, fue buena. “Pudieron convivir muy bien con las familias hospedadas y no hemos tenido ninguna queja”. Bengoa arriesga una explicación generacional: “Muchas de las familias que hoy se alojan en Rosa son padres de jóvenes. Eso hace que la convivencia sea mejor”.

“Obviamente está cambiando el público que recibió siempre Rosa, que en general eran familias habitués de todos los años”, resalta. Aun así, no ve un conflicto abierto. “No percibo caos de jóvenes. Solo que el público va mutando”. Y recuerda un dato clave: “En realidad, cuando Rosa comenzó a ser Rosa, era un lugar de jóvenes surfistas”.
Costumbres de consumo
Estos cambios también se sienten en el comercio. Algunos dueños de bares y restaurantes celebran que haya muchísimos turistas, pero también reconocen que suele pasar que un grupo de 15 chicos ocupa una mesa gigantesca y solo piden unas bebidas. En otros rubros ocurre algo parecido. Los locales de ropa, por ejemplo, venden menos cuando el público es adolescente. De todos modos, también hay un sinfín de familias que mantienen sus costumbres de consumo.
La noche es un capítulo central del verano. El centrinho da Praia do Rosa concentra en pocas cuadras una oferta gastronómica amplia y pintoresca, desde pizzerías informales hasta sushi y restaurantes más elaborados. Después, la música sube el volumen. Productoras de fiestas de Buenos Aires, con público mayoritariamente de la zona norte de la provincia, desembarcan cada temporada para organizar eventos en lugares como el parador Mar del Rosa o el mítico Pico da Tribu.
Entre la postal idílica y la masividad, Praia do Rosa transita, tal vez, un punto de inflexión. El mar aún es un imán para surfistas, la laguna sigue reflejando los morros que la rodean y los senderos que se abren entre la vegetación cerrada invitan a hacer largas caminatas. Lo nuevo es la intensidad. El desafío, dicen muchos, será sostener el equilibrio. Es decir, que Rosa no pierda su espíritu mientras aprende a convivir con una generación que llegó para quedarse —al menos, por ahora—, empujada por una belleza que, una vez vista, cuesta olvidar.
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