
Cada vez se leen menos libros en las escuelas argentinas
Desde 1980, la cifra de textos se redujo un 50%.
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Como si les causara terror el creciente número de chicos en las aulas, los libros de texto comenzaron a desertar de las filas del colegio.
Según información brindada por la Cámara Argentina del Libro, mientras que la matrícula de alumnos en las escuelas creció en un 55% en los últimos 19 años, durante el mismo período la circulación de los libros de texto descendió a la mitad.
En 1980, los chicos de las escuelas primaria y secundaria llegaron a ser 5.810.857 en todo el país, contra los 9.000.000 estimados para 1998. En ese tiempo, la cantidad de libros pasó de 15.800.000 a 7.900.000.
En otras palabras, los estudiantes pasaron de leer casi tres libros a sólo uno por año, o aún menos, si se siguen las estadísticas con fidelidad: 0,9.
De esta manera, los chicos argentinos toman distancia de los niveles de lectura recomendados en los foros educativos internacionales, que aconsejan el uso de tres libros al año en la primaria y de seis en la secundaria.
Algunos países se han tomado en serio la sugerencia e incluso ya la superan con creces. Tal es el caso de Hungría, cuyo promedio anual de libros por alumno llega a 11,7. Italia y Portugal no son casos menos ejemplares, pues cada uno de ellos beneficia a sus alumnos con el uso de 5,9 libros al año. España también se adapta con soltura al mínimo de libros imprescindible gracias a un promedio de 3,5. Brasil no vuela tan alto, aunque se las ingenia para colocar algo más de dos libros (2,2) en el escritorio de cada estudiante.
Pobre rendimiento
La realidad que revela este informe se relacionan con los fracasos en los exámenes de los colegios secundarios y en la universidad. El ejemplo más reciente es el de la Universidad Nacional de Córdoba, donde la mitad de los ingresantes a Derecho no aprobó un examen con numerosos contenidos del ciclo medio (ver información aparte).
Marcelo Iraola, presidente del Grupo de Editores de Texto de la Cámara Argentina del Libro, atribuye la caída de los textos escolares a una resolución ministerial de 1982, que desalentaba su utilización en las aulas. "El Ministerio de Educación decía que los libros eran prescindibles. El argumento era que las familias no podían hacer frente a un gasto de ese tipo", dijo.
Pero, según Iraola, la mayor contribución de la resolución fue desbaratar la enseñanza argentina, porque para un alumno difícilmente el costo bibliográfico supere los $ 45 anuales.
En 1990 se derogó la norma, cuando ya los libros de texto se acercaron al borde de la extinción. Aquel año, la industria editorial despachó apenas 2.700.000 unidades, cerca del 17% del volumen vendido diez años antes.
La abolición de la resolución les dio cierto alivio a los libros de texto, recibidos ahora con buen talante por los mismos maestros y profesores que les habían dado la espalda sin culpa ni remordimiento.
Temores compartidos
"El docente cree que no tiene derecho a exigirle al chico que compre un libro determinado. Pero no son tan caros como ellos creen, y sí en cambio son esenciales para cualquier tipo de enseñanza", dijo Iraola.
Horacio Sanguinetti, rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, aseguró que quien no se acostumbra a leer de joven, no se acostumbra jamás. Y la escuela no hace lo suficiente por crear el hábito.
"Hay un gran temor a que los chicos tengan un libro -dijo-. Ellos son cada vez menos aptos para leer un texto íntegro, sin ilustraciones, que exija concentración mental. Los docentes prefieren dar fotocopias, fragmentos, capitulitos. " Precisamente, la Cámara Argentina del Libro señala que el uso de fotocopias lleva al alumno a estudiar de papeles dispersos, con información fragmentada e incompleta.
Sanguinetti señaló, además, que los chicos entran al secundario con un nivel de conocimientos cada vez más bajo. No comprenden los textos ni manejan la lengua. Como ejemplo citó el caso de un alumno que durante un examen escribió, muy suelto de cuerpo, que Colón era negro. Sin entrar en consideraciones raciales, los docentes quisieron averiguar la fuente de tan curioso dato. "Lo saqué de un libro -aseguró el chico, aferrado a su insólita convicción histórica-. Ahí decía que Colón era un oscuro navegante ".





