
Carlos, el cuidador del cementerio de la Recoleta
Pintos relata orgulloso los pormenores del oficio que ejerce hace más de 30 años: el acondicionamiento y la limpieza de las sepulturas
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"Miedo les tengo a los vivos, los muertos que descansen en paz", afirma Carlos Pintos. De otra manera, no se explicaría la elección de su trabajo como cuidador del Cementerio de la Recoleta: hace 32 años que este hombre se dedica al mantenimiento de sepulturas, un tiempo suficiente para perder cualquier escozor ante el paisaje de la necrópolis.
"Primero entré a la Chacarita, a la zona de bóvedas. A los pocos días de mi ingreso me encontré comiendo un sándwich apoyado en un cajón y dije: «Yo de acá me voy, esto no es para mí»", recuerda.
En aquel momento, su suegro, que tenía antigüedad en el oficio, le hizo una contrapropuesta para que se quedara. "Me dijo que pasara a trabajar a tierra, con las sepulturas. En tierra es otra cosa, porque uno no está en contacto con los cajones, sino con el aire libre y las personas que vienen a visitar a sus seres queridos", describe.
Cada mañana, Carlos debe procurar que las tumbas cuyos familiares contrataron su servicio estén limpias y prolijas. "Les mantengo el jardín bien parejito, como una alfombra, y los bronces bien lustraditos", relata presuntuoso.
"Si las flores se echan a perder y sé en qué fecha viene la viuda, se las recorto, las coloco a los pies de la sepultura y cuando ella viene con las nuevas, las cambia", detalla.
Pero la función de Carlos no se agota en el mantenimiento. "Cuando vienen los familiares los atiendo, les pregunto qué necesitan, me pongo a su disposición", explica y asegura que el cuidador se va familiarizando con las personas que vienen a visitar a sus muertos.
"Al poco tiempo de ingresar, ya me conocían todos. Yo sabía quién venía y quién dejaba de venir", narra y los recuerdos lo remiten al día de su casamiento. "Estaba entrando a la iglesia y cuando me quiero dar cuenta estaba lleno de gente que visitaba el cementerio, no lo podía creer", cuenta emocionado.
Sin embargo, Carlos advierte que con el tiempo algo cambió en las costumbres del cementerio. "Se ven cada vez más casos de gente que abandona las sepulturas, que deja de visitar a su familiar. Ocurre hoy en día más que nunca", asegura.
"Cambió muchísimo la mentalidad de la gente, no es como antes. Cuando yo ingresé había diez sepelios por día a cremación. En cambio, hoy entran más a cremación que a tierra, galería y bóvedas", explica.
Carlos ejemplifica que actualmente, hasta las iglesias permiten llevar las cenizas de los fallecidos. "Para mí se perdió un poco la creencia en el sentido que tiene la tumba, no es que no haya afecto hacia ese ser querido", evalúa.
Pero más allá de los nuevos hábitos, este cuidador mantiene el afecto con las familias. "Se hace una amistad grande y linda porque yo estoy cuidando un ser querido para ellos, y ellos se dan cuenta de que, con el mayor de los respetos, yo lo mantengo impecable", reflexiona.
Carlos dice que recientemente adquirió una zona más redituable dentro de la Recoleta, que ganó por concurso gracias a su antigüedad. Antes de despedirse, cuenta que su hijo también comenzó a trabajar en este oficio y, una vez más, rinde tributo a este trabajo que, asegura, no es para cualquiera.
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