Clorinda sucumbe al poder de Nanawa
La ciudad formoseña perdió más de 3000 comercios en ocho años a manos de la pequeña isla paraguaya
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CLORINDA, Formosa.- Ya no está el tradicional supermercado Iñíguez, ni los almacenes de ramos generales Soloaga y Ekarsbert. Tampoco antiguas tiendas, como Meitez, García, Smeda y Diez. Todo desapareció desde que esta ciudad entró en el ocaso.
Esos negocios son apenas un ínfimo referente de lo que sucumbió, porque de aquella Clorinda que se constituyó en uno de los lugares más comerciales de nuestra frontera queda poco, casi nada. Basta un dato: hace ocho años había aquí 3500 comercios; hoy hay sólo 70.
En las fachadas de los locales abandonados cuelgan carteles que dicen "se vende", pero nadie los compra. Y, la gente anda por las calles del centro con muy poco que hacer, sofocada por el calor y sin tener un solo bar con aire acondicionado en donde tomar aire fresco. Es que los aparatos que quedan están rotos, los ventiladores que funcionan devuelven el aire caliente, la limpieza escasea y la desprolijidad se hace fuerte en todas partes. Así está Clorinda: dejada, abandonada, vencida por una pequeña isla paraguaya que tiene enfrente, en donde todo cuesta casi tres veces menos.
Una lucha desigual
Clorinda, la de los 45.000 habitantes, está jaqueada por Nanawa, la antigua Puerto Estela, una isla de apenas cinco hectáreas en la que viven 2500 personas. Allí, tan sólo con cruzar una pasarela de diez metros, suspendida sobre un angosto brazo del Pilcomayo, se puede comprar de todo: neumáticos, zapatillas, tabaco, leche en polvo, heladeras, bombachas o un paraguas. Todos los ramos están cubiertos y, por eso, unas cinco mil personas van y vienen de un país a otro cargadas de bultos, mientras que, de nuestro lado, casi nadie vende nada.
Si hasta "El Gordo" Mendoza, el hombre que maneja uno de los comedores de una escuela provincial de aquí, camina diariamente hasta la isla para adquirir los alimentos de los alumnos. "Es que en Nanawa -explica resignado Mendoza- consigo seis kilos de fideos argentinos a dos pesos, cuando en la Argentina me cobran siete."
La explicación es la siguiente: Nanawa tiene a sus espaldas la ciudad de Asunción, capital de un país al que las exportaciones directas de la Argentina van liberadas de impuestos y en la que los insumos producidos allí no pagan IVA.
Así es, entonces, que para comprar cosas argentinas bien baratas hay que ir al Paraguay. Pero éste es un tema para los técnicos.
"Las leyes no nos amparan"
Uno de ellos, José María Suárez, presidente de la Cámara de Industria y Comercio de Clorinda, comenta que "ellos compran nuestros productos y pagan cero por ciento de impuestos. A Clorinda la aplastó el Mercosur y las leyes económicas no la amparan. Yo tengo una empresa de construcciones, pero no funciona porque no tengo a quien construirle".
Hace unos ocho años comenzó la debacle de esta ciudad. Las puertas de los negocios comenzaron a cerrarse, los empleados a perder sus puestos y los comerciantes a cambiar de rubro.
Algunos fueron a establecerse a Foz de Iguazú, a Ciudad del Este o a Asunción. Otros, simplemente, caminaron unas cuadras, cruzaron la pasarela y levantaron sus tolderías en Nanawa.
Ahora no tienen una oficina con un salón de ventas de material, sino precarios mostradores con caballetes en las calles de tierra de la isla, sobre los que tendieron techos de plástico para preservar la mercadería. Pero venden.
Es que todos los rubros existen allí: el alimentario, el textil, el electrodoméstico, el de herramientas, máquinas y hasta combustible (garrafas). Todos los días se puede cruzar a traer bolsas de artículos para uso personal, pero si se quiere más, no hay problema: "¿Señor, le paso algo?", le preguntó un hombre al cronista.
Heladera en bote
El "pasador", como tantos otros, tiene su bote a menos de una cuadra del puente y por navegar cinco metros se lleva su parte. Por ejemplo, con pagarle entre 20 y 30 pesos cruzará rápidamente una heladera.
Como el económico, el tema fronterizo es mucho más grande y complejo. Aquí se trata de ver a la deprimida Clorinda. En estos años, 3450 familias quedaron con su jefe sin empleo y sólo en 2000 casos hay hombres que siguen teniendo su sueldo. Son los 600 gendarmes, los 700 docentes, los 300 policías, los 600 municipales y los 200 privados, estatales y gubernamentales. La última cifra indica claramente que los privados casi no existen.
"Encima, la plata que cobra toda esa gente ni siquiera queda en Clorinda, porque ellos también compran sus artículos de primera necesidad en la isla", cuenta Santiago Mayans, quien fue dos veces intendente de Clorinda por el PJ y que actualmente maneja su concesionaria de automóviles y posee la principal radio de FM.
Una situación irreversible
Mayans considera imposible revertir la situación: "No hay manera. Si Paraguay sigue liberada de impuestos, no hay forma. Cuando fui intendente tratamos de mejorar la situación con diversos emprendimientos, entre ellos, los agropecuarios, pero no se pudo".
El ex intendente y actual concejal camina por Nanawa y todos lo saludan: "Es lógico -explica-, ¿cómo no van a saludar si acá se radicaron muchísimos ex comerciantes de Clorinda?" En la ciudad, los puestos callejeros tapan las fachadas de los que alguna vez fueron negocios prósperos. Se ofrecen, principalmente, verduras, frutas, chipá, roscas, tortas, jugos y golosinas. Lo que no se ve es gente comprando.
Muchas ancianas que atienden tras esas mesas pasan el día esperando que alguien se arrime con algunas monedas: "Ganamos unos cinco pesos diarios y con eso vivimos. Hay que tener mucha paciencia, estar aquí muchas horas y aguantar a que venga alguien a pedirnos alguna cosita. ¿Usted no quiere llevarse algo? Cómpreme algo por un pesito nada más. Dios lo va a bendecir", ruega Hilda Fallé, una aborigen descendiente de paraguayos, como la mayoría de los habitantes del lugar.
Sobre el pavimento, las paradas de remises se multiplican y, mientras los autos "arden" bajo el sol de la tarde, los choferes -en su mayoría ex empleados de comercios- se refugian a la sombra de algún alero.
Todo por un viaje
Los viajes escasean y en la esquina de las calles Sarmiento y Ciancia, en donde está el Residencial Mario, dos hombres de paradas distintas discuten por llevar a una ocasional pasajera.
Uno de los conductores cuenta que no recaudan más de diez pesos diarios. "A veces tenemos la suerte de enganchar a un cliente lleno de bultos que es de una localidad cercana y que vino hasta Nanawa para comprar más barato", dice Mario Gómez mientras gasta el tiempo repasando con un trapo el vehículo.
Después, el calor es el clásico tema de conversación: "Está bravo, sí. Pero usted no sabe lo que es esto en enero. La temperatura llega hasta los 47 grados y Clorinda es un fuego. Si tengo suerte, el año que viene me pego una disparada hasta Asunción y le pongo aire acondicionado al coche. Así voy a hacer más viajes, ya va a ver".
Finalmente, el sol se pone, los lugareños pasean por la avenida San Martín y, cuando se hace de noche, la ciudad ya no tiene casi más nada para entretener a sus pobladores, solamente el casino, que es visitado por unos pocos camioneros y viajantes.
Es la hora en que los comercios cierran sus puertas, como hace tiempo lo hizo la mayoría, sólo que para siempre.





