
Constructores de ponchos
Belén, en el oeste catamarqueño, reunió durante décadas a los tejedores de los valles; se trata de paisajes de tela amalgamados en una pieza; conozca a sus artesanos en esta nueva historia al costado del camino
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El poncho es tierra y geografía. Con tonos diferentes, los tejedores van hilando ese paisaje y sembrándolo de colores. En sus manos, los rayos de sol se vuelven flecos y a la sombra de sus dedos la lana se va enredando perfecta. Así pasan los días frente a rústicos telares; a cielo abierto y en patios de tierra. Algún pájaro se acerca a contemplar la tarea y se convierte en rombo, vistoso adorno del poncho, mientras el viento va abriendo una huella de matices en el paisaje de lana.
De esta manera florece entrelazado el arroyo con el valle, el valle con el cielo, el cielo con el sol. Eso es el poncho; un paisaje amalgamado en una pieza. El balido de la oveja también se esconde durante meses en las manos del artesano, hasta que se libera por la boca del poncho.
La cuna del poncho. Así se la conoce a la ciudad de Belén, en el oeste catamarqueño. La población, por ser la cabecera del partido, fue reuniendo durante décadas a los tejedores de los desolados valles. Por allí casi nadie pasaba y vender una prenda resultaba una tarea imposible.
En ese trabajo colaboran mujeres y niños, y mediante la participación familiar el arte se va transmitiendo de padres a hijos
La elaboración del poncho se inicia con la compra de lana sucia a los puesteros "de arriba". Después viene la limpieza, el lavado, cardado, hilado y retorcido. En ese trabajo colaboran mujeres y niños, y mediante la participación familiar el arte se va transmitiendo de padres a hijos.
Allí donde están las casas de adobe con techo de paja y barro vive Demetrio Gómez. Tiene 70 años. El y su mujer son tejedores oriundos de Barranca Larga, un paraje aún más alejado. De allí traen la lana. Para Demetrio la lana de vicuña es la más suave y fina que existe, y "más aún si se cría en el cerro". Según explica, cada vez es más difícil encontrar buen material, sea de guanaco o de llama.
"La lana viene sucia del campo y por la mugre que traen de tanto revolcarse los animales perdemos más de la mitad", explica. Sin embargo aclara que "hay gente entendida que sabe apreciar un poncho de solo tocarlo; para ellos va el trabajo. Hasta han venido varios gringos de Italia para llevarse algunas prendas".
Sólo para entendidos. Una prenda de lujo son los ponchos de vicuña y sólo se hacen por encomienda. Son abrigados, livianos, suaves e impermeables. Actualmente, llevar un poncho tendido sobre los hombros, o doblado en el antebrazo izquierdo, constituye una nota de elegancia. Cuentan que fue una catamarqueña, María Mercedes de Arce, la que tejió uno de vicuña para Juan Lavalle. Ahora está prohibido matar al animal y la comercialización de esta clase de ponchos es considerada ilegal.
Más allá, sobre la calle Urquiza sin número, va y viene alrededor del telar Don Ramón Chacana. "En mi casa éramos muy pobres y todo el mundo tejía para tener con qué vivir, por eso la necesidad fue mi maestra", explica. "Un poncho se hace hebra por hebra y la lana no se mezcla con otros materiales ni con algodón, por eso uno de estos dura más de una vida", asegura.
Olga Torres y Antonia del Valle lo acompañan. Saben teñir como pocas; a los tintes marrones los extraen de la cáscara de la nuez hervida. Para obtener sus tinturas también utilizan cebolla, zanahoria, remolacha, algarrobo, repollo morado y jarilla. Los grises los consiguen del aromo, el morado del piquillín, los amarillos y el azul de la chilca.
Se teje en telar horizontal. Plantados al aire libre con cuatro estacas de madera que los sujetan a la tierra y forman una estructura de troncos por donde la lana va y viene
Cuatro estacas, un telar. Se teje en telar horizontal. Plantados al aire libre con cuatro estacas de madera que los sujetan a la tierra y forman una estructura de troncos por donde la lana va y viene. Se utilizan dos pisaderos y con la pala se los golpea. Los pisaderos son como dos esquíes que cruzan los usos y permiten tramar. La pala sirve para golpear y emparejar la trama. De allí nacen ponchos pesados, que abrigan de solo verlos; también mantas, chales, pullos, fajas y morrales. Son piezas perfectas, hijas de la dedicación.
El General San Martín abrigó con un poncho sus campañas andinas. El Manco Paz, Facundo Quiroga, Felipe Varela, Dorrego y Rosas también lo utilizaron. Artigas no se lo quitaba ni en los combates y Urquiza, después de la batalla de Caseros, desfiló por la calle Florida vistiendo un poncho listado. También fueron históricos el celeste de Juan Lavalle y el colorado de Güemes -que luego se enlutó con su muerte-.
Otro poncho que ganó fama fue el del "Toro" Villegas, que terminó agujereado con siete lanzazos. El del cura Brochero, en cambio, flameaba como bandera de paz, y fue el cacique ranquel Marianito Rosas quien le dijo a Mansilla:"tome, hermano, use este poncho en mi nombre; es hecho por mi mujer principal. Si alguna vez no hay paces, mis indios no lo han de matar, hermano, viéndole ese poncho".
América se abrigó con el poncho; indios y criollos se cubrieron con su abrazo. Viajeros, soldados, chasques y curas. Pobres y ricos lo usaban indistintamente, como lujo o abrigo. Saliendo del pueblo, la profunda quebrada de Belén, que con sus trece kilómetros va terminando de urdir el paisaje.


