Cultura dance: de los sótanos a las fiestas millonarias
Sonido innovador, drogas sintéticas y conexiones empresariales, los rastros detrás de la tragedia de la Time Warp
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De todos los símbolos que podrían representar el negocio argentino del dance, el más contundente tal vez sea la planta de Speed Unlimited, la marca que domina el rubro de bebidas energizantes en el país. En una manzana tranquila de Ramos Mejía, el visitante autorizado debe franquear un portón, rejas y una secuencia de custodios armados. Adentro suena música electrónica a todo volumen. Tras cruzar un galpón donde se apilan packs de Speed, se accede al sector de oficinas. En el área de espera, además de sillones, hay posters de clásicos del cine de mafia como El Padrino y Scarface.
Es el cuartel central de Energy Group SRL, la distribuidora que también vendió el agua Block en la Time Warp. Speed es la marca que mejor capitalizó el boom local de la electrónica, y su hombre fuerte es Víctor Stinfale. "Speed es un sponsor más de estas fiestas", le dijo Stinfale a LA NACION, después de aclarar que él no sale de noche hace cuatro años y que no tiene nada que ver con la organización.
Sin embargo, las facturas emitidas a nombre de Dell Producciones (la firma que explota Creamfields, Time Warp y otras marcas del segmento) se cobraban hasta hace un par de semanas en las oficinas de Speed, según confiaron a LA NACION dos prestadores de servicio que trabajan desde hace años para eventos de Dell, la sociedad del prófugo Adrián Conci, responsable legal de las fiestas de 2Net, la productora de Martín Gontad.

Detrás de este diagrama de conexiones borrosas, y con la herida de Costa Salguero recién abierta, es difícil visualizar la parábola que llevó a una subcultura nocturna a convertirse en algo tan grande, redituable y por momentos difícil de manejar. El camino va de la pista de El Morocco (discoteca de culto de los años noventa) a la planta embotelladora de Speed.
Aun antes de conocer el resultado de los análisis toxicológicos, y más allá de las hipótesis que circulan entre insiders del negocio (que incluyen hasta el rumor de un sabotaje), varios factores contribuyeron a la tragedia de Time Warp: la multiplicación del mercado de drogas de diseño, los controles deficientes (o la zona liberada que plantea el fiscal Federico Delgado), el destrato al público (tradición del entretenimiento local), el hacinamiento y la desinformación sobre el consumo de estimulantes.
"Hay una negación absoluta del tema", dice Andrés Schteingart, DJ, músico electrónico y psiquiatra del servicio de Emergencias del hospital Alvear. Schteingart trabajó en diversas iniciativas de reducción de daños, un concepto de prevención que parte de una premisa difícil de refutar: las campañas de demonización de las drogas fracasaron. En el mundo existen ONGs como Energy Control (España) y Dance Safe (Estados Unidos) que apuntan a minimizar el impacto en la salud del consumidor, facilitando información precisa y haciendo testeos para evitar intoxicaciones con pastillas adulteradas.
En la Argentina, la reducción de daños está contemplada como política de Estado desde 2010 (artículo 11 de la ley 26.657 de salud mental), pero nunca se aplicó, al menos no en este tipo de eventos. La experiencia más interesante fue la de la ARDA (Asociación de Reducción de Daños de Argentina), que marcó un hito en las fiestas Garage de principios de los 2000. A fines de la década pasada, los organizadores de Creamfields convocaron a ARDA para que tuviera una presencia básica en el festival, distribuyendo folletos informativos, pero en los últimos años todo se diluyó.

"Nadie quiere hablar de eso –dice Schteingart–. Sin embargo, la mejor solución que se encontró en el mundo para afrontar esto es no convalidar el uso de drogas, pero aceptar que existe y que la gente esté informada. Que puedan hacerse testeos de pastillas in situ. Que funcionen muy claramente los espacios de descanso, de hidratación, de control sanitario. Estamos muy lejos de eso."
En un comienzo todo era PLUR (paz, amor, unidad y respeto, según las siglas en inglés). La música house surgió en Chicago en 1986, aunque fue en Manchester donde se cristalizó como subcultura, en las raves ilegales que alumbraron un segundo Verano del Amor.
Es imposible entender el alcance social de ese fenómeno si se excluye la conexión entre el house y las drogas de diseño. Después del auge de la disco, que funcionó como integrador social, racial y sexual, la rave proponía la disolución del ego en una marea danzante. En este nuevo esquema de ritmos y texturas sonoras, los viejos combustibles como la cocaína y el alcohol dieron paso a la MDMA (éxtasis), un psicoactivo con efectos empatógenos revelado en los años setenta por Alexander Shulgin, un bioquímico que se dedicó a investigar los usos terapéuticos de la sustancia.
En la Argentina, el fenómeno de la electrónica bailable cobró su primera forma under a fines de los ochenta y comienzos de los noventa, en las pistas de El Dorado, la Age y El Morocco. Poco después, la discoteca El Cielo se convertía en un centro de gravedad de la noche de Buenos Aires, y Martín Gontad hacía sus primeras armas trayendo a figuras internacionales con el patrocinio de Guess.

Mientras la radio Energy amplificaba el éxito y las fiestas de Parque Sarmiento llevaban el culto a otra escala, el negocio del dance preparaba su cambio de estatus: Deep Dish recibió el 2000 en la primera fiesta Cream porteña, organizada por Gontad. Con Pacha como discoteca emblema y Hernán Cattáneo como DJ for export, Buenos Aires pasó a ser sede favorita de la electrónica global. La primera edición porteña de Creamfields llegó en 2001. Gontad ya era el padrino indiscutido de la escena.
El destino de toda cultura alternativa exitosa es convertirse en producto. Ya en 1995, en su libro Highflyers, el periodista Stephen Kingston lamentaba que el mercado hubiera "neutralizado" la esencia del house del mismo modo en que había cooptado al rock psicodélico a fines de los sesenta.
En la Argentina el proceso fue similar. Cristian Trincado, un DJ de la primera generación dorada que hoy opera en el circuito de culto, lo resume así: "En los noventa, alrededor de la electrónica se formó una conciencia sobre las libertades individuales, la posibilidad de experimentar con el cuerpo: las drogas, el baile. La escena creció y la corporación tomó algo que no había terminado de madurar. Se le hizo fácil, porque ni siquiera había sellos discográficos detrás".
Después de Cromañón, el underground se llevó la peor parte. "Antes había fiestas en todos lados –recuerda Andrés Alperovich, promotor de ciclos independientes como Compass y Masterplan–. A partir de Cromañón todo se hizo mucho más estricto, y las fiestas más chicas no pudieron respetar esos controles."
Ahora, mientras el negocio fuerte se divide entre el eje 2Net-Speed (Gontad-Stinfale) y el grupo Crobar (también conocidos como "los gordos", empresarios de la noche que manejan el polo dance de Punta Carrasco), los productores independientes y los artistas temen que lo de Time Warp redunde en una extinción de los más débiles, como ocurrió después de Cromañón.
"Se viene una criminalización de la electrónica –advierte el músico y DJ Gustavo Lamas–. Hay mucha hipocresía; ahora quieren prohibir las fiestas, pero nadie prohibiría el Congreso, el fútbol, los bancos o los canales de televisión porque la gente se droga."
Al igual que en Cromañón, lo de Time Warp marca un punto de quiebre en la relación de un universo juvenil y los poderes –empresarial, municipal, policial– que facilitaron la tragedia, o que no hicieron lo suficiente para evitarla. "Ahí veo una contradicción –dice Lamas–. Me cuesta pedirle a un Estado que no logra cubrir las necesidades básicas de un tercio de la población que controle la calidad de lo que consumen los que pueden pagar una entrada cara. Obviamente no voy a exculparlo del control de los lugares que habilita, pero temo que las exigencias extremas caigan sobre los locales pequeños. Los peces gordos, en cambio, son los primeros que van a poder rearmar su circo."




