David Rieff": Los efectos de la globalización hacen que la clase trabajadora entre en pánico. Ellos son los grandes perdedores con estos cambios"

Ana Carbajosa
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16 de febrero de 2015  

MADRID- A David Rieff hay que escucharle con atención para no perder el hilo de sus argumentos. Salta de un extremo ideológico al otro sin complejos y fabrica conclusiones que rara vez encajan en corsés políticos. Lo guían la valentía intelectual y décadas de estudio y observación sobre un terreno que a él le gusta patear. A este historiador le preocupa el encaje de los inmigrantes en Occidente y la malformación de las llamadas sociedades multiculturales, un asunto del que se ocupa desde hace décadas. Una Europa que percibe sin Norte y naif, el islam sumido en una crisis profunda o los derechos humanos como credo absolutista son algunos de los asuntos que desgrana en esta entrevista poco antes de disertar sobre inmigración en el Espacio Bertelsmann en Madrid.

Autor de libros como Matadero. Bosnia y el fracaso de Occidente, A punta de pistola: sueños democráticos e intervenciones armadas y Un mar de muerte: recuerdos de un hijo ,vive a caballo entre los Estados Unidos y Europa, y escribe y enseña -en el Instituto de Estudios Políticos de París- sobre conflictos internacionales y acción humanitaria.

Durante el encuentro, Rieff prefiere eludir su faceta de hijo. Su madre fue Susan Sontag, gran referente del pensamiento progresista estadounidense y de cuyo legado se siente en la obligación moral de mimar. "Una de mis responsabilidades en la vida es mirar por su trabajo", advierte. "Pero no me gusta ejercer de hijo profesional".

-En los años 80 ya escribía sobre inmigración y multiculturalidad. Algunos de los problemas de integración de los que hablaba continúan vigentes y otros se han agudizado sin que los gobiernos de Europa hayan encontrado remedio.

-Lo que está pasando ya se podía vislumbrar en los años 80 si querías mirar. No había duda de que los pobres del Sur iban a venir al Norte. En seguida entendimos de qué iba la globalización, a pesar de que algunos pensaran que podía afectar sólo a los ricos, y que los pobres simplemente no participarían. Por ese lado no me sorprende. La gran sorpresa ha sido el islam y su crisis. La gente no teme a los inmigrantes, teme al islam. Es absolutamente cierto que los gobiernos están ciegos. No es posible que en los años 60 los alemanes pensaran que los gastarbeiter [trabajadores que emigraron a Alemania en la década del 50 para compensar la falta de mano de obra en industrias como la minería y la siderurgia] iban a volver a sus países, o que alguien piense que la gente no va a intentar cruzar a Ceuta [en la orilla africana del estrecho de Gibraltar] y a Melilla [en el Mediterráneo]. Es sorprendente que un cambio territorial minúsculo en Ucrania suponga horas y horas de dedicación para un ministro y que de las muertes en el Mediterráneo se encargue casi de pasada y por obligación. Hace falta más voluntad política.

-En Europa, el populismo de derechas explota el miedo al diferente, mientras la izquierda, acomplejada, en muchos países teme si quiera abordarlo. ¿Por qué no somos capaces de mantener un debate sereno y racional sobre la inmigración?

-Porque no sólo la izquierda progresista defiende a los inmigrantes, también están los empresarios. La inmigración se ha vuelto inevitable gracias a una alianza de la izquierda con la clase empresarial. La ruptura de los sindicatos es en parte consecuencia de la llegada de más inmigración. Los efectos de esta globalización hacen que la clase trabajadora entre en pánico. Ellos son los grandes perdedores de estos cambios globales. El futuro no pinta bien para ellos. Si sos un obrero de Lille, en Francia, sabés que tus mejores años han quedado atrás, que ahora te enfrentás a deslocalizaciones, a más inmigrantes dispuestos a trabajar por menos dinero. Esto explica, por ejemplo, que el Frente Nacional sea la fuerza dominante en Francia.

-Los gobiernos no acaban de reaccionar y los extremistas copan el discurso. ¿Cómo se puede romper esta dinámica?

-Lo único positivo que veo de la catástrofe de París en las oficinas del semanario satírico Charlie Hebdo es que ahora las elites biempensantes francesas ya no podrán decir que no está pasando nada. Los franceses son la sociedad más "esclerotizada" que conozco en Europa. Están ciegos, encantados de haberse conocido. Ahora, sin embargo, el primer ministro francés habla de apartheid en la banlieue [los barrios periféricos] y eso es bueno. Esos jóvenes [inmigrantes y descendientes de inmigrantes] están muy enojados y algunos son susceptibles de caer en las redes del Daesh [Estado Islámico]. Los jóvenes que crecen en Europa saben que el islamismo radical es lo que más asusta aquí. Se sienten impotentes porque no tienen poder económico ni cultural. Su única arma es la brutalidad. Europa tiene que darse cuenta de no ha sabido transmitir su narrativa histórica a los musulmanes. El hecho de que cada instituto judío de Europa esté protegido tiene que ver con que no han asumido la narrativa europea. En 1945 nadie hubiera podido pensar que esto iba a suceder.

-¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

-Europa está especialmente mal preparada para este tipo de problema. Las elites europeas se han convencido a sí mismas de que el mundo es un lugar racional. No se dan cuenta de que el mundo es irracional y cruel. Creo sinceramente que el período que hemos vivido entre 1945 y los noventa fueron una excepción de prosperidad y disminución de la barbarie. Que la vuelta de la barbarie es sólo una vuelta a la normalidad. Aquí hay además un componente político. En los Estados Unidos o en América latina, los jóvenes enojados montan bandas criminales. Aquí se apuntan a la yihad. Es un problema real, no se lo ha inventado la derecha.

-Usted sostiene que uno de los problemas es que los valores europeos se han diluido casi hasta dejar de existir.

-A los chicos de la banlieue [los suburbios de las grandes ciudades] les dicen: tenés que aceptar los valores europeos. ¿Pero qué valores son esos? Esto es como el póker. No podés derrotar algo con nada. Los valores se reducían a ofrecer una vida mejor y prosperidad, pero eso ya no está ahí. En Francia, además, un factor muy importante fue la crisis del comunismo, que era un motor de asimilación también en los suburbios. Los comunistas controlaban a los individuos conflictivos y mantenían la disciplina social en los barrios. Ahora ya no hay partido; hay imanes. Muchos de ellos hacen lo que pueden, pero no es suficiente. Hoy vivimos en un mundo en el que las cuestiones de identidad cobran mucha importancia. Otra razón fundamental es la crisis del islam.

-¿A qué se refiere?

-El islam ha entrado en una crisis profunda. La brecha entre suníes y chiíes se ha convertido en guerra. Las guerras que observamos en Oriente Próximo tienen que ver con esa fractura. En Siria, por ejemplo, está claro que se trata de una guerra entre Qatar y Arabia Saudí contra Irán. Si nos fijamos en la historia de la cristiandad, también vemos épocas de fanatismo que se llevaron por delante otras corrientes cristianas. Creo que estamos en una de esas épocas en el islam.

-Chérif Kouachi, uno de los atacantes de Charlie Hebdo, dijo en el pasado que fueron las torturas a musulmanes en la prisión de Abu Ghraib lo que cambió su perspectiva.

-No creo que el terrorismo islámico tenga que ver con que Occidente no sea justo en Palestina o en Irak. Es verdad que en el caso de la identidad judía, también en Francia, el gran pegamento que mantiene a la comunidad unida en la diáspora es el sionismo y que eso genera tensiones con otras minorías. Puede haber explicaciones, pero no justificaciones. O creés que se pueden poner bombas en los mercados, o no. No hay camino intermedio. Los derechos humanos son un credo absolutista.

-Siria se ha convertido en el gran imán para el jihadismo planetario. Europa y los Estados Unidos parecen estar un poco perdidos sobre cómo actuar.

-No podés esperar que habiendo una guerra a las puertas de Europa la gente no huya. Mirá, yo soy profesor de intervención humanitaria y puedo decirte que no hay una guerra justa. En el caso sirio, no es posible justificar una intervención internacional, porque las posibilidades de éxito son demasiado pequeñas y ése es uno de los requisitos morales para intervenir.

-¿Debe resignarse, entonces, la comunidad internacional?

-La comunidad internacional como concepto no existe. Hay un orden global, dominado por los Estados Unidos y Breton Woods. Entramos en un mundo multipolar, pero me cuesta imaginar que los Estados Unidos no vayan a ser un gran poder. En realidad, no creo que el mundo haya cambiado tanto ni que el poder militar haya perdido tanta relevancia. Ésa es una ilusión europea que parte de asunciones irreales, según las cuales las guerras son algo del pasado y la gente va a ser cada vez más rica. Eso no es así.

-Resulta difícil no preguntarle por su madre, Susan Sontag. ¿Está trabajando en nuevos proyectos vinculados con ella?

-Tengo una pequeña fundación que creé en nombre de mi madre y que otorga premios a jóvenes traductores. Ahora, en los próximos seis meses, tengo que editar el tercer volumen de sus diarios. Hay muchísimo material. Hay que seleccionar, porque ella no lo hizo. Hay miles y miles de páginas, que en el tercer volumen quedarán reducidas a unas trescientas. Una de mis responsabilidades en la vida es mirar por su trabajo, pero no me gusta ejercer de hijo profesional.

Bio

Profesión: analista político, periodista y crítico cultural

Edad: 62 años

Licenciado en Historia por la Universidad de Princeton, es miembro de The New York Institute for the Humanities y dirige el proyecto Crímenes de guerra, de la Universidad Americana, en Washington. Colaboró como editor y escritor en diversos medios de Estados Unidos, España, Francia y Alemania. Publicó una docena de libros, traducidos a varios idiomas.

Hijo de la gran pensadora estadounidense Susan Sontag; vela sigilosamente por el legado de su madre.

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