De cachorro rebelde a guardaespaldas
Qué pasa cuando la mascota pasa de ser el más mimado al más guardián en cuestión de segundos
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Tota y Nagy fueron una pareja singular a pesar de sus diferencias. Un kuvasz de casi 50 kilos y una fox terrier de 7, con caracteres opuestos y hábitos diferentes convivieron durante ocho años a puro compañerismo, amor y competencia.
No era extraño ver situaciones como la siguiente. Nagy echado con un hueso de asado, una de las golosinas preferidas de cualquier perro. Tota, cachorra pero con una astucia típica de los terrier, intenta sin éxito quitarle tan preciado objeto: cada vez que osa acercarse, un sonoro gruñido la desalienta…por un rato.
Cansada de insistir, opta por un ardid más efectivo. Busca una pelota de tenis con la que suelen jugar, se acerca y se la tira al lado. Nagy, grandote, bueno e inocente, deja el hueso por un instante, atraído por el rebote. En esos segundos, Tota aprovecha para hacerse del premio y esconderse a disfrutarlo. Touché.
Situaciones como esta los prepararon para el mundo real. Aprendieron jugando y aplicaron las lecciones en la calle. Una noche fuimos testigos de un solo hecho que basta para dejar boquiabiertos a los que opinan que los animales no piensan.
Niño mimado
Promediaban los años 90, y en nuestro barrio los robos eran algo prácticamente diario; de ahí que papá decidiera "aceptar" un cachorro de ovejero húngaro: enormes bestias de pelo largo blanco y orejas caídas, como el de la película "La historia sin fin", para los memoriosos. A la raza la habíamos conocido a través de un electricista que venía siempre con cuentos de estos animales típicos de su país, sumamente dóciles y obedientes pero al mismo tiempo feroces defensores del hogar.
El hecho es que Nagy -bautizado bajo asesoramiento del electricista Lorenzo, que nos explicó que significa "grande" en su idioma- no infundía temor alguno, sino más bien unas ganas irrefrenables de meter los dedos en su pelaje albino para acariciar las largas y suavecísimas orejas.

A mamá, que había aceptado muy a disgusto esta nueva incorporación, no le faltaron pronto motivos para despotricar contra el perro; ese hermoso pelo volaba por el jardín y tapaba las canaletas de agua. Al traerlo a casa no habíamos pensado en esta característica típica de los perros "importados" de latitudes más gélidas. Pero Nagy finalmente logró la aceptación de la dueña de casa cuando, una noche de paseo por el barrio.
Un chico en bicicleta se acercó con claros fines de robo y el perro mostró sus dientes como nunca los habíamos visto, se le abalanzó cual mujer a régimen a un flan dietético. Este y un par de episodios similares lograron que confirmara su aceptación familiar y fuera incluso llevado a la costa de vacaciones, varias veces.
Para muchos es puro instinto; yo estoy convencida, por esa y muchas otras acciones que lo ameritan, que son pensantes. Y bien orgullosa estoy de ello, como así también de colaborar con cuanto hogar, asociación o grupo que lucha por la defensa de los animales pueda, ya sea económicamente, juntando y acercando cosas que necesiten, yendo a los refugios a estar con los rescatados, difundiendo…. En fin, todo lo que esté a mi alcance. La satisfacción que produce es inmensa, y la recompensa se ve con creces: en cada colita que se mueve al recibirnos, en esa mirada que parece entendernos como nadie, en ese amor incondicional que no espera nada a cambio, sólo un poquito de cariño y atención.
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