“Vivo mejor de lo que podía imaginar”: el sistema que revoluciona Zárate y combate la pobreza sin asistencialismo
Fundada originalmente por el padre Pedro Opeka en Madagascar, Akamasoa tiene una versión argentina, desarrollada por uno de sus seguidores; articula producción, educación, salud y vivienda, y es traccionada por sus propios vecinos
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La ruta atraviesa Lima con el movimiento constante de camiones, motos y autos que entran y salen de la localidad a toda hora. Ubicada en el noreste de la provincia de Buenos Aires y perteneciente al partido de Zárate, Lima tiene 32.996 habitantes, según el Censo Nacional de 2022. Su crecimiento estuvo impulsado principalmente por el polo energético regional y las obras viales de la zona, declarada ciudad por su expansión industrial, residencial y turística. A medida que uno se aleja del centro, el paisaje cambia. Empiezan a aparecer barrios de casas de clase media baja, terrenos amplios y calles de tierra. En medio de ese recorrido aparece Akamasoa Argentina.
El contraste visual es inmediato. Las casas están pintadas de verde, azul, amarillo y naranja. Algunas tienen nombres escritos en el frente. Hay chicos jugando, bicicletas apoyadas contra las paredes y vecinos entrando y saliendo de sus hogares.
En el predio tiene lugar la versión local —y reducida— de la obra que el sacerdote argentino Pedro Opeka, fundador de Akamasoa y reconocido internacionalmente por su trabajo de más de 30 años contra la pobreza extrema en Madagascar, por el cual fue nominado en varias ocasiones al Premio Nobel de la Paz.
El desembarco del proyecto en Lima se concretó en 2020 de la mano de Gastón Vigo Gasparotti. Con el paso de los años, la iniciativa dejó de ser una idea y se volvió cada vez más concreta, siguiendo una lógica que combina vivienda, trabajo, educación y salud dentro de una misma comunidad.
Actualmente viven allí alrededor de 110 personas entre las casas definitivas y los espacios de acogida destinados a mujeres y familias que atraviesan situaciones de emergencia. Hasta ahora ya se construyeron y están habitadas 18 viviendas, mientras otras cuatro siguen en obra. El proyecto total contempla alcanzar unas 40 casas distribuidas alrededor de espacios comunes pensados para reforzar la convivencia cotidiana entre vecinos.
El crecimiento no se refleja únicamente en la cantidad de viviendas y de familias que viven ahí, sino también en la estructura que fue tomando forma alrededor: una escuela, varios espacios de trabajo y una de las obras más importantes que hoy avanzan en el predio: un hospital.
“Ahora voy”, dice Vigo Gasparotti cuando una mujer lo frena para hacerle una pregunta sobre unos materiales de construcción. La recorrida por la comunidad avanza a paso interrumpido. A pocos metros, otro vecino lo llama para mostrarle una obra que todavía falta terminar. Más adelante, alguien le consulta por una entrega y otra persona le habla de una puerta que todavía no colocaron. La secuencia se repite durante toda la visita de LA NACION al predio.
Vigo Gasparotti camina rápido entre las casas, saluda vecinos por su nombre, señala estructuras, explica planos y habla de aulas, techos y cañerías mientras alrededor siguen pasando chicos en bicicleta. Entre una parada y otra, el diálogo vuelve siempre sobre la misma idea: cómo Akamasoa dejó de ser solamente un proyecto social para transformarse en una comunidad con vida propia. En las respuestas a este interrogante aparece una referencia constante: el padre Opeka. Desde 1989, se calcula que el proyecto del sacerdote argentino en la isla africana ha ayudado a sacar de la pobreza extrema a más de 30.000 personas.

“Pedro hizo en Madagascar una ciudad, nosotros estamos armando una comunidad importante”, comenta Gastón, mientras avanza hacia uno de los sectores en obra. Cuenta que cuando Opeka visitó Lima pudo recorrer todo lo que habían construido y que recién ahí habló “desde el corazón”. “Hasta que pisó acá no había dicho más que palabras de apoyo, entusiasmo y de que no nos rindamos. Pero cuando estuvo acá vio todo y dijo: Ahora hablo desde el corazón porque lo veo con mis ojos”.
La versión argentina de esta iniciativa comenzó a tomar forma a fines de 2018, cuando Vigo Gasparotti, licenciado en Administración de empresas y también magíster y doctor en economía, volvió de Madagascar, donde pasó meses aprendiendo del mismo Opeka el funcionamiento de Akamasoa. Años antes de esa experiencia, con 25 años, el joven había decidido dejar la vida corporativa para dedicarse al trabajo social.
Hoy, mientras camina por la chacra de Lima que compró con ayuda de donaciones para llevar adelante el proyecto, la comparación con Madagascar aparece como una referencia permanente. Su fundador insiste en una idea: que la pobreza no puede resolverse solamente desde la asistencia momentánea. “No es un hombre pasivo, es un hombre de acción, no de palabra, de hecho concreto”, dice sobre Opeka. Y enseguida agrega que el objetivo que ambos comparten es dejar los lugares “mejor de como uno los encontró”.
El camino sigue hacia una de las obras más avanzadas de la comunidad: el futuro colegio. Hay estructuras metálicas, placas colocadas a medio terminar, sectores todavía abiertos y materiales distribuidos alrededor del edificio. Vigo Gasparotti se detiene frente a una de las aulas y empieza a explicar cómo surgió el proyecto. “En 2010 Lima tenía 10.000 personas. En 2022 hacen otro censo y da más de 35.000. Se calcula que ya tiene 40.000. No se hicieron escuelas, no se pensó la matrícula”, dice. Habla de aulas superpobladas y de las dificultades educativas que atraviesan muchos chicos en contextos de pobreza.
Su construcción, al igual que la de las casas y el hospital, avanza con la mano de obra de los propios habitantes del lugar, quienes pagan el valor de sus viviendas con sus horas de trabajo en las obras y en los distintos emprendimientos productivos que hay en el predio. Mientras algunos trabajan en estructuras metálicas, otros colocan placas, pintan paredes, trasladan materiales o realizan terminaciones. Muchas mujeres, en tanto, hacen horas de trabajo en los invernaderos hidropónicos
El proyecto escolar contempla nivel inicial y primaria. En planta baja funcionarán salas desde los 45 días hasta la sala de tres. Arriba estarán los grados de primaria. También explica por qué decidieron incorporar salas desde los primeros meses de vida. Habla del crecimiento cerebral durante la primera infancia, de la importancia de la nutrición y de la estimulación temprana. “Muchos de estos chicos llegan a la educación de tres años apáticos, sin vocabulario”, dice mientras señala una de las futuras salas.
Gastón menciona la falta de agua potable, la precariedad habitacional, el estrés constante y las situaciones de violencia que atraviesan muchas familias de la zona. “Si ya la escuela es mala, si vivís en un rancho, si no tenés agua potable, si tu hijo no tiene laburo, si tenés el cortisol hasta acá arriba, si está lleno de trauma...es complejo”, explica. Y suma: “Dijimos: vamos a hacer un colegio en el que, si tuviera que mandar a mi hijo, estaría absolutamente contento de mandarlo”.
Actualmente, dice, avanzan con los trámites para lograr la habilitación oficial. La idea es que el aspecto económico no sea un impedimento para las familias. “Este colegio va a ser para gente que no tiene plata para pagar una cuota”, dice. Aunque reconoce que más adelante probablemente necesiten algún tipo de financiamiento estatal para sostener los salarios docentes —como ocurre con otros colegios de gestión privada—, aclara que hasta ahora la construcción y el funcionamiento de Akamasoa se sostuvieron con ayuda de particulares, empresas y donaciones. “Nosotros no tenemos un solo peso del Estado”, afirma.
La obra avanza contrarreloj. Deben completar los requisitos exigidos por el Ministerio de Educación bonaerense para poder abrir. El objetivo es empezar a funcionar en 2027 con las primeras salas y grados.
A pocos metros del colegio aparece el hospital. La estructura modular ocupa una parte importante del predio y se levanta entre plateas de hormigón, módulos ya instalados y sectores todavía abiertos donde siguen trabajando obreros y voluntarios. Hay consultorios montados, conexiones eléctricas instaladas y espacios prácticamente terminados que todavía esperan equipamiento médico.
Vigo Gasparotti explica que el proyecto nació a partir de una necesidad concreta que atraviesa no solo a Akamasoa, sino también a buena parte de Lima. Para muchas especialidades, estudios o atenciones médicas, los vecinos todavía tienen que trasladarse hacia otras ciudades cercanas. “No es solo para la comunidad. Esto está pensado para Lima”, aclara mientras señala distintos sectores de la construcción.
Cuenta que actualmente ya funcionan algunas especialidades gracias a médicos que colaboran de manera voluntaria y a convenios con distintas instituciones. “Hoy vienen pediatras, odontólogos, clínica médica”, enumera. También menciona acuerdos con universidades y fundaciones vinculadas a la salud.
“Vinieron seis pediatras del Garrahan un sábado entero. Tenemos convenios con la Fundación Barceló, con Fundación CITO y con algunos cardiólogos”, agrega. La intención, explica, es que cuando el hospital esté completamente terminado, funcione como un centro de atención primaria para toda la zona. “La idea es que el vecino de Lima diga: ‘bueno, los martes tengo pediatra acá’ o ‘tengo odontología acá’, y no tenga que viajar kilómetros”, sostiene.
La obra comenzó en agosto de 2024 y el objetivo es terminarla completamente para diciembre de 2027. Mientras camina entre los módulos, el fundador de Akamasoa Argentina explica que eligieron un sistema de construcción modular porque les permitía avanzar más rápido y dejar sectores listos para funcionar incluso antes de completar toda la obra. “Vos hoy acá ya tenés el piso, el zócalo, la electricidad, las aberturas. Estos módulos ya están preparados para arrancar”, dice.
Todavía les falta construir la maternidad y un techo de grandes dimensiones que cubrirá gran parte del predio. “El techo es inmenso y muy costoso”, admite. Habla de pintar todo el edificio con colores fuertes, de convocar muralistas y de intervenir las paredes con dibujos y obras artísticas. “Somos muy de los colores”, explica.
Acogida a mujeres y familias
La lógica comunitaria aparece también en los llamados “módulos de acogida”, pequeños espacios destinados principalmente a mujeres y familias que atraviesan situaciones de violencia o emergencia habitacional. Vigo Gasparotti explica que la idea surgió al observar una situación que se repetía constantemente. “Cuando una mujer pasa por una situación de violencia, el Estado le dice: andá a la comisaría, andá a la fiscalía de la mujer, te dan una perimetral y un botón de pánico. Pero si después seguís viviendo en un rancho con paredes de nylon, el violento sigue entrando”, dice.
Por eso, sostiene, el primer paso debía ser garantizar un espacio seguro. “Lo primero que necesita alguien que sufre violencia es tener un lugar donde sentirse a salvo, aunque sea pequeño”, explica. Cada unidad tiene electricidad, camas y mobiliario básico. “Capaz tenés que ir al baño comunitario o comer en el comedor, pero ya estás segura”, resume. Actualmente hay alrededor de 50 personas viviendo en esos espacios temporales, mientras esperan acceder a una vivienda definitiva. El proyecto prevé llegar a un total de 68 módulos de acogida.
A diferencia de un refugio transitorio, insiste en que el funcionamiento apunta a generar estabilidad. “Esto no es dormir una noche y mañana ver qué pasa”, aclara. Las familias que ingresan atraviesan distintos procesos: deben gestionar documentación, escolaridad de los hijos, controles de salud y hacer tareas comunitarias dentro de Akamasoa. “Hay que regularizarse, pedir pases de escuela, hacer controles médicos, trabajar de martes a sábado”, enumera.
Los casos llegan de distintas maneras. Algunas veces a través de derivaciones de servicios locales y organismos vinculados a la violencia familiar. Otras, por contactos personales o recomendaciones de vecinos. “A veces viene una mamá que ya conocía el lugar y te dice que no llega a la noche o que necesita irse de donde está”, cuenta. Además del alojamiento, las familias reciben acompañamiento psicológico, jurídico y talleres comunitarios. “Hay mucha gente que aporta lo que sabe”, explica.
Mientras camina entre los módulos, compara el modelo con el de la sede original de Akamasoa, en Madagascar. Pedro Opeka construyó grandes espacios colectivos con muchísimas camas para responder a situaciones extremas de emergencia. “Nosotros fuimos por algo más individual”, dice. Y enseguida marca una diferencia vinculada al contexto. “Pedro convivía con la muerte todo el tiempo. Necesitaba resolver rápido dónde meter a miles de personas. Nosotros no”.
Más adelante, en una zona más silenciosa del predio, aparece la huerta. Entre pallets, nylon y plantaciones trabaja Mercedes Ramírez, una mujer de 83 años que vive en la comunidad desde hace más de dos años junto a parte de su familia. Mientras muestra las plantas y los árboles frutales, cuenta que llegó desde Concordia después de enviudar. “Vi tierra y fui”, resume.
Mercedes habla de trabajo constantemente. Cuenta que armó la huerta prácticamente sola, que le gusta trabajar y mantenerse activa incluso ahora, después de una caída que le provocó un fuerte dolor físico. “No me gusta estar sin hacer nada”, dice. Mientras habla, señala distintos sectores del terreno donde plantó verduras y árboles. También muestra la pequeña capilla que ayudó a impulsar dentro de la comunidad.
La capilla todavía no fue inaugurada oficialmente. Según cuenta Vigo Gasparotti, la idea fue construir un espacio abierto donde convivan distintas expresiones cristianas. “Los lunes viene un pastor, los sábados viene un sacerdote”, explica.
La recorrida continúa hacia otro de los sectores que buscan generar trabajo dentro de Akamasoa: el invernadero hidropónico. Allí trabajan varias mujeres de la comunidad entre estructuras blancas donde crecen cientos de lechugas. Vigo Gasparotti explica que el proyecto apunta tanto a la producción de alimentos como a la enseñanza de un oficio poco habitual.
“El noventa por ciento del agua recircula”, explica mientras muestra el sistema. Las plantas crecen mediante un circuito de agua y nutrientes controlado diariamente. Las trabajadoras revisan niveles de pH, conductividad y distintos indicadores para mantener la producción.
El invernadero había quedado abandonado durante un tiempo y fue recuperado recientemente por un grupo de mujeres de la comunidad. “Esto estaba destruido”, dice Vigo Gasparotti, mientras muestra los distintos sectores. Ahora esperan ampliar la producción con tomates cherry y nuevas plantaciones.
La idea de comunidad aparece constantemente asociada a la construcción de infraestructura concreta. Viviendas, escuela, hospital, espacios de acogida, huertas y talleres forman parte de una misma lógica que atraviesa todo Akamasoa Argentina
Apenas se ingresa al predio, las primeras construcciones que aparecen son las casas construidas en sentido circular que se volvieron una de las imágenes más reconocibles del lugar. Las viviendas están organizadas alrededor de un espacio común y comparten una estructura pensada para reforzar la convivencia cotidiana entre las familias. En el centro hay un espacio abierto donde suelen verse chicos jugando y vecinos conversando mientras alrededor siguen avanzando nuevas obras.
Durante la charla, Gastón Vigo Gasparotti explica que detrás de esa forma de construir también existe una lógica vinculada a cómo piensan la comunidad. “La idea era romper un poco con el concepto tradicional de vivienda aislada. Que la gente se vea, se cruce, conviva. Que el espacio común vuelva a existir”, comenta.
Actualmente, dentro de Akamasoa viven alrededor de 110 personas entre las viviendas definitivas y los espacios de acogida destinados a familias en situación de emergencia. “Nosotros no queríamos hacer casas más o menos. Si hacíamos viviendas, tenían que ser lugares donde cualquiera estaría dispuesto a vivir”, explica Vigo Gasparotti. “Lo mismo que pensamos para las casas lo pensamos para el colegio, para el hospital y para todo lo demás”, agrega.
La construcción de las viviendas también funciona como espacio de formación laboral. Vigo explica que eligieron trabajar con sistemas de construcción en seco por la velocidad de ejecución, el menor desperdicio de materiales y la posibilidad de enseñar oficios que, según sostiene, todavía son poco frecuentes en sectores vulnerables. “Albañiles tradicionales encontrás. Gente que sepa construir en seco en contextos de pobreza es raro”, señala.
Con el correr de las horas, Akamasoa empieza a mostrar una dinámica distinta a la de un proyecto social tradicional. Hay vecinos trabajando en las obras, personas entrando y saliendo de talleres, chicos jugando en las calles internas y estructuras que siguen creciendo alrededor de la comunidad. En medio de esa dinámica aparecen también las historias personales de quienes viven ahí.

“Vivo mejor de lo que podía imaginar”, dice Katherina Morel. Su vecino, Santiago Pardiña, cuenta que llegó después de atravesar una situación de violencia: “Estaba en un momento donde tenía muy pocas puertas abiertas y necesitaba escapar de esa situación. Akamasoa me brindó soluciones para muchas de las complicaciones que tenía”.
Karina Galeano, en tanto, explica que retomó sus estudios secundarios de adulta, después de años dedicados a cuidar a su familia. “Yo estudié de grande porque mi mamá había fallecido y tuve que cuidar a mi hermano. Ahora terminé la escuela y estoy orgullosa. Pensé en mis hijos, porque el día de mañana me preguntan algo y yo no iba a saber contestar ni enseñarles. Ahora sí”, dice.
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