
De Ayrton a Saddam Hussein: los nombres más insólitos que se escucharon en el Registro Civil
Las vidas de las personas pueden quedar marcadas por la manera en que figuran en el DNI; cómo prevenir el bullying
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“Le pueden poner Celeste, o Blanca. Pero si vienen a pedir Marrón, no lo permitimos, es cruel. La inscripción de un nombre no es un trámite así nomás”. Así resume una funcionaria del registro civil porteño la importancia que pueden tener los nombres en la vida de una persona.
En general, a la hora de nombrar, los padres calculan posibles apodos, cargadas y malas combinaciones con los apellidos de sus hijos. Pero en muchos casos, los oficiales de los registros civiles deben alertar sobre posibilidades de bullying por dobles sentidos o significados polémicos. Entretanto, perciben las tendencias de nombres en la Argentina; por ejemplo, la inclinación de los argentinos a honrar, a través de sus hijos, a figuras deportivas, religiosas y artísticas, pero no tanto a los políticos, que quedan en segundo plano.
Desde el registro porteño, la sub gerenta de nacimientos Mónica Gun contó a LA NACION sobre el caso de una pareja que planeaba llamar a su hija Alucarda, como un personaje mítico relacionado al Diablo (le fue denegado). Y sobre un hombre que durante la Guerra del Golfo quiso llamar a su hijo Saddam Hussein, como el ex dictador iraquí (tampoco lo dejaron). Con 30 años de experiencia en las oficinas de Uruguay al 700, a Gun le sobran las anécdotas de nombres polémicos o llamativos.
Este año se conoció la historia de Isis, una adolescente norteamericana de Oklahoma, víctima de bullying por su nombre. Aunque sus padres la llamaron así en honor a una diosa egipcia, sus compañeros de la escuela lo asocian al grupo terrorista Estado Islámico (en alusión al primer nombre en inglés, Islamic State of Iraq and Syria). Y le hacen la vida imposible.
Si bien cada registro provincial tiene su propia normativa, en los últimos años hubo una flexibilización en casi todas las localidades. Ahora se pueden solicitar nombres que no figuren en las listas de las jurisdicciones, y se otorgan siempre que preserven a las personas.
Una oficial del registro porteño contó a este diario sobre la vez que un hombre llegó con el documento de su hijo recién nacido completamente destrozado. “La madre lo había roto en pedacitos porque no le gustaba el nombre que le había puesto el padre. Y hubo un señor que inscribió al hijo y al día siguiente se presentó bien temprano en la puerta del registro. Pedía el cambio del nombre porque la mujer no lo dejaba entrar en la casa”, recuerda.
No se sabe por qué esas mujeres protestaron con tanto enojo. Tal vez sabían la importancia que pueden tener los nombres en las vidas de las personas. En un trabajo que publicó en 2005, el investigador de desarrollo humano de la Universidad de Norhwestern, David Figlio, llegó a la conclusión de que en Estados Unidos los maestros exigen menos a los alumnos que tienen nombres asociados a niveles socioeconómicos bajos y que esos tratos influyen en forma negativa en sus rendimientos académicos. Ese es otro ejemplo de lo importante que es el nombre.
De Jéssica a Isabella
Los nombres son importantes a la hora de nombrar, pero también hablan de las sociedades donde esas personas viven. ¿Qué pasa con los nombres en la Argentina?
“En la Argentina el estudio de los nombres no está desarrollado. Sabemos que los registros de las personas estuvieron desde la conquista de España a cargo de la Iglesia, en general en bautismos y matrimonios. Los registros civiles vinieron bastante después, alrededor de 1890”, explica la investigadora del Conicet Emma Alfaro, que trabaja con la evolución de los nombres aborígenes en el norte argentino, donde los primeros registros datan de mediados del 1500. De nueve nombres originarios de aquellos tiempos sobrevivieron cuatro, que eran nombres pero fueron transformados en apellidos: Ipildor, Atawa, Tucunas, Lamas.
Aunque no hay estadísticas exactas sobre la cantidad de Germanes o Cintias que se inscriben cada año en el país, en los registros civiles locales manejan el termómetro de los nombres. Así, perciben cuando vuelven a estar de moda Zoe o Camila (muy comunes a fines de los ‘80, hoy en boga otra vez). Saben que en los últimos años empezaron aparecer con más frecuencia los exóticos como Naima o Eneko. Y advierten que apodos como Lola (de Dolores); Charo (Rosario), Pepe (José) y Nacho (Ignacio) se están transformando en nombres oficiales.
También aseguran que los nombres italianos como Isabela y Santino son la principal tendencia hoy -en los ‘90, ocuparon ese lugar los ingleses como Jennifer, Jéssica y Brian-. De todas formas, el nivel de inscripción de clásicos como Sofía y Milagros nunca falla. “El fenómeno de la moda con los nombres es increíble, pero hay nombres que no dejan de estar. Por ejemplo, Matías, ese sí es un clásico de siempre”, cuentan.
Muerte, política, religión
Los picos de los nombres repetidos ocurren cuando los famosos mueren. Poco después del accidente en la pista de Imola, que le costó la vida a al piloto brasileño Ayrton Senna en 1994, su nombre fue un boom en los registros civiles argentinos. Algo similar ocurrió con Sandro en 2010. La lista sigue.
La religión ocupa un lugar importante en las tendencia, en especial en el interior, donde la elección de nombres basada en la Santoral es marcada. Sin embargo, en los últimos años hubo una marcada proliferación de Franciscos, Franciscas y Francescas en tierras porteñas a partir del nombramiento -¿es necesario aclararlo?- del papa argentino.
De todas formas, el gran vencedor en tendencias es el fútbol. Sobre todo si se lo compara con la política. Hay muchos más Diegos y Romanes que Raúles y Néstor. ¿Nuevas Cristinas? Casi no hay. ¿Y Mauricios? Tampoco.
De hecho, la influencia deportiva en los registros civiles traspasó los nombres de jugadores y llegó a los clubes. Hace unos días fue noticia que una pareja de La Plata le puso a su hija Gimnasia Renatta. Y no es el único ejemplo. Dentro de unos años será común tener amigos llamados Cai, Lacadé, Azulgrana o, simplemente, Rojo.





