
Dos mansiones de Barrio Parque se venden por 3.800.000 pesos
Cuando la ciudad de Buenos Aires vivía el esplendor de la belle époque . Cuando el barrio se perfilaba como el más caro de la Capital y los famosos todavía no compraban casas suntuosas valuadas en montañas de dinero. Cuando los árboles que ahora les dan sombra eran arbustitos, ellas ya tenían sus fantasmas.
Son dos mansiones, y llaman la atención. Están construidas en esquinas casi iguales. Se levantan desafiando a la avenida Figueroa Alcorta y es imposible no verlas. Sumando el precio de ambas, cuestan 3.800.000 pesos, y están en venta.
En el camino desde el Centro a la avenida General Paz por Figueroa Alcorta, a una cuadra de ATC y disimulada en una ochava que no llega hasta la avenida, se levanta una de las mansiones.
La casa, de elaborada arquitectura francesa con un toque italiano, se yergue sobre las calles Mariscal R. Castilla y Obarrio.
Construida sobre un lote de 498 metros cuadrados, es una especie de símbolo de los buenos tiempos porteños.
La casa fue edificada en la década del 20, tiene 700 metros cuadrados habitables y consta de una planta baja de 182 m2, un entrepiso de 102 m2, un primer piso de 185 m2, un segundo piso de 182 m2 y una azotea de 58,40 m2.
El estado de conservación no es el mejor, pero los dueños lo atribuyen a que durante muchos años allí funcionó uno de los geriátricos más caros de la ciudad y, antes, la embajada de Venezuela, cuando los petrodólares manejaban los destinos de ese país.
Quien ingrese en la mansión sentirá el peso de muchos años, de materiales nobles, del granito y del mármol italianos y del capricho de las dimensiones.
Por ejemplo, en una casa tan espectacular, la cocina se reduce a un pequeño espacio en el entrepiso, y es imposible pensar que quienes hayan tenido que servir en fiestas inolvidables lo hicieran con comodidad.
"Yo habité esa mansión -dice a La Nación Rodolfo Tadeo Buttini, actual dueño de la casa-. Sé, por ejemplo, que en octubre de 1933 el señor Leonard Robert Flint facilitó a la señora Lila Boix Piera de Zavala la suma de 70.000 pesos en hipoteca, que la dama no pudo pagar. Flint la adquirió en un remate por 58.300 pesos."
La historia dice que el 17 de abril de 1934 Flint vendió la finca a Laudomia Filomena Baraglio de Galeano, en 95.900 pesos, y que el 4 de diciembre de 1944 la compró Rodolfo Buttini, padre del actual dueño, en 118.000 pesos.
"Yo viví allí desde 1944 hasta el año 54. Papá había quedado viudo muy joven y cuando compró la casa la reformó por dentro para que él, mi hermana y yo viviéramos juntos, pero en forma totalmente independiente."
Buttini padre murió en esa casa y los hijos decidieron alquilarla. Pero la recesión pudo más y las cifras de los administradores del geriátrico Grand Bourg dejaron de cerrar para siempre.
"Mi padre le hizo miles de reformas -recuerda Buttini-, le diría que por dentro es nueva porque él era un hombre que quería independencia para vivir. ¿Vio el primer piso, la sala con boiserie? Era la biblioteca, donde pasaba sus días."
¿Cuántos fantasmas se habrán escapado de esas vitrinas? Nadie lo sabe, ni el propio Buttini, quien, humildemente, dice: "No es que yo pida mucho, son 2.300.000, pero el problema es que no hay contraofertas. Hace casi ocho meses que está con el cartel y nadie hizo una apuesta firme", finaliza.
Historias del rey Arturo
Una cuadra más adelante, en Costa y Ocampo, frente al Palacio Alcorta, se levanta la otra mansión.
La casa está sobre un terreno de 500 metros cuadrados, y de 925 metros cuadrados habitables, tiene tres accesos, dos en los costados y un imponente portón de madera de cedro tallada a mano.
La historia de la mansión indica que se trata "del más puro Renacimiento veneciano", con 105 aberturas (entre ventanas y puertas interiores y exteriores) y una superficie de 212 metros cuadrados de vitraux.
La mansión tiene tres niveles, sótano y entrepiso sobre el garaje y una extraña torre, de estilo incierto, de tres pisos.
Mármol de Carrara, granito, roble de Eslavonia y de cedro paraguayo son algunos de los detalles de esta suntuosa casa que, en un rincón, ostenta un hogar que recuerda los escenarios donde el mítico rey Arturo resolvía cuestiones caballerescas. Estilo, claro, que no tiene nada que ver con el resto.
Las familias numerosas se acomodarían muy bien en las tres habitaciones del primer piso, pero deberían soportar algunos detalles de dudoso buen gusto que los últimos inquilinos se encargaron de dejar.
Es que desde 1966 hasta 1980 funcionó allí la embajada de Irán. Sus funcionarios, quizá por reformas, tal vez por una cuestión de gusto, cambiaron los cerámicos originales de todos los baños y toilettes y colocaron motivos con nubecitas y paisajes sobrevolados por aves, de especies indefinidas.
La historia de la casa dice que su fachada exterior es una copia del Hotel Lido-Venecia, aunque su tamaño es cinco veces menor. "Está enmarcado dentro del estilo renacentista veneciano -dice la memoria de la mansión- y es una de las primeras casas construidas en Barrio Parque."
El mismo texto asegura que la obra fue de los arquitectos Palanti y Algier, "con la ayuda de la empresa constructora Colombo Hnos.", y fue encargada "por uno de los socios de la concesionaria Chrysler que, al mejor estilo americano, edificó su vivienda frente a su empresa".
Con visitas, sin ofertas
Cuesta 1.500.000 dólares. Enrique Nielsen, dueño de la inmobiliaria que se propone vender la mansión, dice que es permanentemente visitada por empresas que quieren afincarse en ese barrio.
¿Por qué la historia de estas dos casas y no de otras? ¿Por qué esta cronista quiso meterse en sus rincones y contarlo?
Una aproximación es que son bellas, están en el mismo barrio, parece que compitieran, hablan de una época en que el esplendor de las fiestas y de sus anfitriones poblaba esta ciudad, porque fueron modernas para sus años, porque combinan estilos que ya no se imitan, o se imitan poco, y porque no se venden, porque nadie, hasta ahora, hizo una oferta seria.
Miguel Altgelt, de la inmobiliaria que lleva su nombre, tiene a la venta la casa de la esquina Obarrio. "Es una de las mejores del Barrio Parque y se ve desde cualquier lado", dice.
Los fantasmas, entretanto, siguen jugando entre recuerdos, mármoles y madera. Y esperan, con la paciencia de las ánimas, el momento de volver a sus recovecos para espiar a los futuros habitantes del lugar.
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