
El amor en el siglo XXI
Al conmemorarse hoy el día de San Valentín, tres expertos señalaron a LA NACION LINE que la flexibilidad de roles caracteriza a las parejas de nuestra época
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Si a un guapo del 1900 le hubiesen pronosticado que a principios del siglo XXI las mujeres iban a trabajar fuera de su casa y que compartirían las tareas del hogar con su marido, probablemente hubiese lanzado una larga carcajada. Sin embargo, más de 100 años después, la realidad demuestra que lejos de mantenerse inmutables, las relaciones de pareja fueron cambiando a lo largo del tiempo, desde el cortejo hasta la convivencia misma.
"Una de las características que diferencian a las nuevas parejas de las anteriores tiene que ver con la flexibilidad de los roles", comentó a LA NACION LINE la licenciada en Servicio Social, María Esther De Palma, secretaria de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar. En la época preindustrial y en la Moderna los roles estaban más delineados. Ahora, tanto las mujeres como los hombres se ocupan de tareas que antes eran impensadas para un sexo y el otro.
Para De Palma, lo que más influyó en este cambio es el acceso de la mujer a la cultura, la capacidad de generar sus propios recursos y la proliferación de métodos anticonceptivos, lo que le otorgó una capacidad de decisión propia que antes carecía.
Alejandro Piscitelli Murphy, profesor de Sociología de la Universidad Austral, también reconoció transformaciones sustanciales en los roles de la pareja en los últimos 30 o 40 años, y lo asocia con el ingreso masivo de la mujer en el mercado laborar, lo que provocó una mayor equidad entre la mujer y el varón en las relaciones amorosas.
Pero no todos aceptan de buena gana que la limpieza y el cuidado de los hijos sea una tarea tan compartida como el sustento económico del hogar. Este cambio cultural repercute fuertemente en el hombre, que debe adaptarse a la nueva estructura. "De ser el rey del hogar, que llega y encuentra todo solucionado, pasó a ser uno más. Esto genera muchas tensiones, pero inexorablemente se va adaptando. El hombre no le puede exigir hoy a la mujer lo que le pedía antes, porque los dos están en la misma situación. ¿Por qué tengo el derecho de llegar a mi casa y tirarme en un sillón si la persona que tengo al lado trabajó igual que yo?, explicó Picitelli Murphy.
Cuando la mujer es la que debe salir a la calle a buscar el peso para la manutención del hogar, las resistencias son aún mayores. "Cambiar el rol del hombre proveedor es muy complicado, sobre todo por el bagaje cultural que traemos. Todavía hoy es muy fuerte la resistencia a que la mujer mantenga. El hombre empieza a realizar labores que antes estaban destinados al sexo femenino, pero en definitiva esos roles no son nada biológicos ni predeterminados, es una cuestión cultural que se puede modificar", expresó el sociólogo.
¿Hasta que la muerte nos separe?
Los cambios del nuevo siglo en relación con la pareja se reflejan en las cifras. Según datos del Registro Civil porteño, la tasa de casamiento cayó un 5%, entre 1997 y 2003. Ahora, muchos optan por la prueba del concubinato antes de dar el sí definitivo y otros abrazan esta opción como una alternativa a largo plazo. De hecho, de cada 100 parejas que decidieron apostar por un compromiso más profundo, 55 contrajeron matrimonio y 45 sólo tramitaron el certificado de convivencia.
"La gente prefiere vivir en pareja que casarse porque hay cierta sensación de libertad, aunque se sepa que desde el punto de vista legal se tienen las mismas obligaciones que un matrimonio cuando ya se lleva una cierta cantidad de años de convivencia. También tiene que ver con la caída de ciertas cuestiones vinculadas a la religión.", opinó la psicoanalista Déborah Fleischer, autora del libro "Clínica de las transformaciones familiares".
La terapeuta también observó variaciones en la durabilidad de las relaciones, y consideró que actualmente son más efímeras. "Existe como un ideal de encontrar la tapa de la olla, alguien que encaje perfectamente. Pero cuando esto no se cumple inmediatamente, se genera la ilusión de hallarlo en otro."
Para De Palma, la falta de presión social influyó en la durabilidad y en la calidad de la pareja. "Antes duraban toda la vida, pero a consecuencia de que alguien sometiera su individualidad en función de la relación familiar, porque el que tenía el poder era el hombre. La falta de recursos propios de la mujer hacía que se limitara y se resignara", opinó.
El hombre también sufría las consecuencias de una sociedad inclinada al deber ser y, según señaló la licenciada en Servicio Social, "se sometía a la presión social de hacerse cargo de su familia, educar a sus hijos, responder a una cantidad de expectativas sociales. Por eso, algunos tenían doble vida, porque esta relación que respondía a los cánones sociales por ahí no tenía nada que ver con sus deseos o necesidades".
Una esperanza para los románticos
El panorama a futuro es bastante dudoso. Mientras que la mayoría de las proyecciones demográficas y poblacionales vaticinan una inestabilidad cada vez más pronunciada, De Palma y Piscitelli Murphy se mostraron optimistas y pronosticaron la vuelta a la permanencia.
"Se va alcanzar otra vez una cierta estabilidad, porque hay una cantidad de valores relativos que son importantes. Por algo la familia se mantiene, con variantes, en distintas estructuras culturales. La estabilidad de la organización familiar le permite a los miembros desarrollar otros aspectos", apuntó la primera.
El sociólogo juzgó que no sería tan aventurado pensar que se de una situación pendular. Es decir, que en el corto plazo la tendencia actual se va a acentuar, pero en el mediano plazo se podría volver a apreciar cierta estabilidad familiar, que haga que las costumbres vuelven a cambiar.
Constanza Longarte
Especial para LA NACION LINE
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