El arte de dirimir conflictos barriales

Gracias a la novedosa mediación comunitaria, 13.500 vecinos resolvieron ya sus problemas sin llegar a los tribunales
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3 de noviembre de 1997  

Como perros y gatos. Tal es la forma como se llevan algunos vecinos cuando el trato cordial se rompe por un conflicto que parece irresoluble. Sin embargo, más de 13.500 personas han recurrido a la mediación comunitaria para desatar lo que parecía un nudo gordiano.

Y lo han logrado a la luz de un tercero, que no es más ni menos que otro parroquiano al tanto de los vaivenes del vecindario.

La mediación comunitaria es una técnica para resolver conflictos en el barrio o simplemente "un espacio creativo para poder pensar", tal como prefiere definirla Gabriela Rodríguez Querejazu, coordinadora de este programa del Ministerio de Justicia de la Nación.

La figura del mediador como tal no es nueva. En toda familia, grupo de amigos o compañeros de trabajo siempre existió aquel que quiso acercar al díscolo y al probo. En este sentido, el programa no hizo más que organizar y legitimizar este encuentro, así como preparar a unos 200 mediadores de todo el país.

Este tipo de mediación sólo existe en el ámbito vecinal y están en marcha dos programas piloto en escuelas. Más adelante, podría aplicarse en empresas u otro tipo de instituciones.

Por otra parte, este sistema representa un ahorro monetario para los tribunales, ya que resuelve casos menores que demandarían tiempo y dinero en jueces e instancias medias de la Justicia.

Actualmente, esta dama de los ojos vendados está atiborrada de causas menores que no necesariamente requieren de su intervención para ser resueltas.

En rigor, la mediación ya existe en el fuero civil para un buen número de demandas, como una instancia previa a la apertura propiamente dicha del expediente.

Una galería de planteos

Por el momento, los mediadores comunitarios escuchan pacientemente sin cobrar un peso el torrente de quejas de uno y otro e intentan llegar a una solución ecuánime, así como persuadir hasta a aquellos que hacen del conflicto su emblema.

Los centros funcionan desde mayo de 1995 en organizaciones barriales, que ceden un espacio para brindar en forma gratuita un servicio que puede ahorrar irritantes intercambios de cartas documentos o impedir que un "inocente perrito" se transforme en el factor desencadenante de una escaramuza entre los miembros del consorcio.

En la Capital y el Gran Buenos Aires hay más de ocho oficinas adonde se puede acudir, por ejemplo, cuando la rubia del 5º B insiste en mostrarle al mundo su dilección por Julio Iglesias a las tres de la madrugada o cuando las cañerías del departamento de arriba están emperradas en arruinar un techo recién pintado.

Los conflictos planteados conforman un cliché digno de Montescos y Capuletos, que comienza en una riña ocasionada por una medianera que nunca se encuentra en su punto justo o ruidos que extrañamente resultan molestos para unos y sumamente agradables para otros.

Desde allí el abanico se extiende hasta consultas por la división de bienes o tenencia de los hijos durante un caso de divorcio. Asesoramiento previo, estos últimos son derivados a los juzgados (ver infografía).

¿Qué hacer?

"Antes de comenzar la mediación, la partes firman un convenio de confidencialidad. Este implica que toda la información brindada por ellas no podrá ser utilizada en otro ámbito", aseguró la coordinadora del programa.

Cuando una o más personas están enfrascadas en una discusión que no avanza ni para atrás ni para adelante, pero tampoco merece la intervención de un abogado que eventualmente demandará dinero, tiempo y dolores de cabeza, pueden recurrir a un centro de mediación y plantear su problema.

Allí se las asesora, se llama a la otra parte involucrada -a la que también se le explica la técnica por utilizar- y se la invita a una reunión en la que se discutirá la posibilidad de llegar a un acuerdo.

Rodríguez Querejazu se apresura a aclarar que no se trata de una técnica para adversarios, sino de un acercamiento en el que se deben cumplir reglas básicas como el respeto. "La idea no es imponer nada, sino guiar a las personas para que ellas encuentren una solución."

El encuentro dura entre dos y tres horas, con excepciones en las que se ha extendido hasta siete. Si las partes se ponen de acuerdo, se firma un convenio que tiene el compromiso de la palabra otorgada.

Dado ya este gran paso, continúa la etapa de contralor. "Un mes después de la reunión se llama a las partes para ver qué ha pasado. El 90 por ciento de las veces se cumple el convenio."

Pero no todos los casos son mediables. Pese a ello, las oficinas asesoran a las partes y las derivan adonde corresponda.

Estos son, por ejemplo, los problemas que afectan el orden público, las cuestiones penales, las denuncias de violencia familiar o aquellos casos en los que se intenta sentar un precedente mediante un juicio.

La propuesta de los mediadores es que se recurra a las oficinas del barrio de pertenencia, ya que cada una de ellas tiene las características del vecindario, conoce la idiosincrasia propia de la zona y comparte los mismos códigos.

"La gente de Avellaneda no plantea las cosas de la misma forma que los de Caballito, Quilmes o Vicente López. Y es lógico que esto ocurra, porque los problemas, aunque similares, son presentados de acuerdo con las necesidades de cada barrio.

"Por esto es importante que quien los conduce esté al tanto de ellos", concluyó Rodríguez Querejazu, confiada en que esta técnica puede servir para abandonar los comentarios por lo bajo y volver al olvidado intercambio de tazas de azúcar.

Un método recomendable hasta para Jacinto Rosales, el sufrido vecino de Quintín García.

Cómo es un mediador

Plantarse frente a dos personas que tienen, como mínimo, un conflicto y evitar que el escenario de la discusión se transforme en un ring de boxeo no es una tarea para tomar a la ligera.

"Los mediadores -explica Rodríguez Querejazu- deben ser portadores de valores como la paciencia, la perseverancia y el respeto." Y si son del barrio, mejor aún. Por esta razón, los centros privilegian al auténtico vecino por sobre la experiencia laboral que pudiere tener.

"No siempre es igual. Pero a veces las personas más instruidas tienen más filtros. En ellos prevalece lo intelectual y no tanto la sensibilidad, que es fundamental para poder realizar esta tarea."

Que sea mayor de 18 años. Ese es el único requisito formal que debe llenar un mediador vecinal. "Para poder llevar a buen puerto un problema entre dos personas hay que saber escuchar, leer entre líneas y contener a las partes."

Rodríguez Querejazu insiste en que su función no consiste en juzgar, evaluar ni decidir, sino que los mediadores son vecinos voluntarios que "asisten a las partes en conflicto para que ellas puedan encontrar una solución satisfactoria".

Adonde recurrir

  • Colegiales: Club Deportivo y Social. Teodoro García 2860.
  • Caballito: Club de Leones. Acoyte 52, local 39.
  • Paternal: Club Paternal. Fragata Sarmiento 1951.
  • Saavedra: Sociedad de Fomento Saavedra. Ricardo Balbín 4221.
  • Quilmes: Sociedad de Fomento Villa Luján. Mozart 622.
  • Vicente López: Biblioteca Popular de Olivos. Av. Maipú 2901.
  • Programa Nacional de Mediación Comunitaria: 382-3126.
  • Defensor del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires: Av. Belgrano 1876, piso 11.
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