
El Banco de Alimentos necesita ampliar su cuenta de solidaridad
Recibe y reparte mercadería; proyectos
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Como cualquier banco, recibe ingresos y contabiliza egresos. Su “caja de ahorro” es un gran depósito de 400 metros cuadrados en Munro, donde se produce el flujo de entrada y salida de operaciones. Pero, a diferencia de los bancos comerciales, el Banco de Alimentos (en rigor, la Fundación Banco de Alimentos, 4724-2334; e-mail: info@bancodealimentos.org.ar) que funciona en el país desde hace un año, recibe y almacena alimentos no perecederos de fabricantes y supermercados y los distribuye luego gratuitamente a entidades de ayuda comunitaria de la ciudad y el conurbano.
Empresas como Swift Armour Argentina y Craft Foods Argentina (Terrabusi, Canale) aportan semanalmente toneladas de alimentos que luego la Fundación Banco de Alimentos entrega a unas 40 agencias receptoras (hogares, comedores, geriátricos).
“Ofrecemos un servicio a las propias industrias, que muchas veces no saben qué hacer con los alimentos que no alcanzan los requisitos de la empresa (están próximos a vencer o tienen problemas de packaging) y no se pueden comercializar. El costo de destruir esos alimentos es altísimo y por eso prefieren dárnoslos. En muchos casos, representamos una solución”, explica Alan Manoukian (31), gerente de la fundación, que se siente sorprendido ante la buena acogida que tiene la fundación entre diversos gerentes.
“Pero hay que subrayar que, si bien nos interesa –y mucho– funcionar como una empresa eficiente de primera, nuestra misión central es paliar el hambre”, agrega el norteamericano Stephen Camilly (24), asesor de la entidad y uno de sus principales impulsores. “Hay 14 millones de pobres en la Argentina, es decir, 14 millones de personas que viven con menos de $ 4 por día. Queremos educar sobre la naturaleza del problema del hambre y sus soluciones”, dice con énfasis.
Control
La fundación (no confesional), cuya presidenta es Mercedes D. de Schilling (42) y que tiene el apoyo del sacerdote Rafael Braun (uno de sus vocales), financia sus gastos con donaciones individuales y de las propias empresas donantes. Hoy cuenta con dos personas rentadas y el apoyo de diez voluntarios, que periódicamente visitan las agencias receptoras de alimentos.
“Es importante estar seguros de que los alimentos llegan a buen puerto y de que se está ayudando a entidades serias”, explica Schilling. La fundación pide a estas agencias que por cada kilogramo de comida entregado colaboren con diez centavos. “Es casi simbólico, pero al mismo tiempo es importante que valoren lo que están recibiendo y que pidan de acuerdo con sus necesidades”, comenta Schilling.
La fundación tiene un vínculo directo con Second Harvest, la red norteamericana de Bancos de Alimentos (Food Banks) con sede en Chicago. Los Estados Unidos son pioneros en este tipo de iniciativas. El norteamericano Camilly –quien realizó una pasantía en un Food Bank de ese país–, cuenta que éstos nacieron en los años 60 y distribuyen en la actualidad unas 500.000 toneladas de alimentos por año, que llegan a 10 millones de personas carecientes.
“Lo interesante, además, es que cada dólar recibido se multiplica en 15 dólares de comida”, comenta Camilly en un castellano impecable. Esta joven estudió y trabajó en la Argentina hace unos años y cuenta que le llamó la atención la cantidad de indigentes que veía en la ciudad. Un día leyó la biografía de Gandhi y decidió emular su ayuno para sentir en carne propia lo que es la falta de alimento. Luego comenzó a investigar acerca de entidades que ayudaran a paliar el hambre y así tomó contacto enseguida con los Food Banks de su país. Decidió luego traer la iniciativa a la Argentina.
“Los EE.UU. sancionaron (en octubre de 1996) la ley del buen samaritano, que protege a los donantes y los programas sin fines de lucro que actúan de buena fe. Estamos intentando que la ley se sancione aquí”, dice Schilling, para quien es vital ofrecer el máximo de garantías y seguridad a sus abastecedores, con el fin de incentivar la donación.



