
El Bosque de Arrayanes se recupera de años de pisoteo
Por Hernán Cappiello Enviado especial
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VILLA LA ANGOSTURA.- Es único en el mundo. El Bosque de Arrayanes de la península de Quetrihué, frente a este pueblo, se regenera luego de que durante más de 35 años sus visitantes caminaron fuera de los senderos y aplastaron los pequeños brotes de este rojizo y frágil árbol.
Ya sea navegando media hora en la embarcación Huemul II, que tripula Alberto, o recorriendo a pie o en bicicleta la picada de 12 kilómetros que parte desde esta villa, bordeando el lago Nahuel Huapi, se alcanza este reservorio natural.
Frente a la isla Victoria, donde hay un bosque menor y declarado zona intangible para preservarlo del hombre, el Bosque de Arrayanes exhibe ejemplares de 30 metros y 300 años de antigüedad, que entrelazan sus ramas anaranjadas y filtran el sol del atardecer.
Debido a su fragilidad extrema, el arrayán desarrolló tres formas de multiplicarse: una rama caída en el suelo, en contacto con la tierra, vuelve a germinar. Así se aprecian troncos aparentemente muertos con rectas ramas flacas que apuntan al sol.
Puede crecer también a través de su flor, o mediante sus semillas. Por ejemplo, en un hueco de una rama de ciprés cayó una de ellas y germinó un pequeño arrayán. Lo limitado de la superficie donde brotó lo convirtió en un bonsai natural, de apenas 30 centímetros de altura, pero igual a sus parientes más viejos que conforman el bosque. La idea es sobrevivir.
Hordas de turistas
En un comienzo, la punta de la península de Quetrihué pertenecía a una estancia de la familia Lynch, hasta que fue expropiada durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón, junto con 1700 hectáreas que pasaron a formar el Parque Nacional Nahuel Huapi.
Fue la familia Lynch la que mandó construir, en la punta de la península, una casa de té, de arrayanes, que el marketing local y una leyenda popular de dudosa credibilidad le adjudicaron a Walt Disney, como fuente de inspiración para su película "Bambi".
En 1950 comenzó a autorizarse el ingreso de turistas en la zona. Desde entonces y hasta 1983, la cantidad de visitantes fue creciendo hasta llegar a los 1800 diarios que durante enero y febrero visitan este bosque. Claro que, por entonces, había sólo un sendero.
Los turistas invadían la zona fuera de los caminos y comenzaron a erosionar el sotobosque, como se denomina a la capa de vegetación rala -debajo del árbol- que alberga a las especies más pequeñas, retoños que crecen a razón de un milímetro por año.
Hace 16 años se colocó sobre el sendero un entablonado para circular, lo que permite apreciar la forma en que comenzó a regenerarse el bosque perdido.
Así están surgiendo los pequeños arrayanes, cipreses, coihues y otras clases de árboles que estaban condenadas a no crecer más en la zona donde había pisoteado el hombre.
Cuando se va muriendo, el arrayán pierde su coloración rojiza, producto del tanino que tiene su corteza. Justamente este componente, similar al del duro quebracho, es lo que protege al árbol, que se descascara fácilmente por el escaso espesor de su corteza.
Depredación humana
No obstante, el hombre no perdona y algunos ejemplares aparecen con marcas de cortaplumas, como pretendido registro del paso de un predador humano por el lugar.
"Estamos aprendiendo a preservar. Si queremos protegerlo, no tenemos que alterarlo. Por eso estudiamos el bosque en la zona intangible, para ver cómo evoluciona sin la intervención del hombre", explica Gustavo Serrano, un guía de Parques Nacionales que acompaña a la excursión.
Las familias se sacan fotos junto a los árboles, mientras caminan los 600 metros que los separan del puerto a través del bosque. Para muchos es la segunda o tercera vez en el lugar, cuando tal vez habían sido parte los tantos que, sin advertirlo, pisotearon algunos retoños.
Hoy se van impresionados por la importancia de ese daño, provocado involuntariamente, y con la conciencia de la preservación que hace décadas, ni siquiera atravesaba sus mentes.
Estudiantes
VILLA LA ANGOSTURA.- Años atrás era común ver a los contingentes de estudiantes secundarios o a turistas intentando quedarse con un trozo de la preciada madera de arrayán.
Las técnicas que utilizaban los adolescentes y los adultos eran variadas, lucubradas largamente, pero que, con los años, resultaban irreparables.
La sola idea de llevarse como trofeo parte de la corteza de este árbol, que aquí forma un bosque único en el mundo, resultaba excitante.
Pero ahora todo cambió. Los guardaparques se encargan de cuidar celosamente este pequeño tesoro.
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