
El casamiento de Facundo, mucho más que una participación social
Había sido desahuciado; su madre pidió ayuda y los argentinos se la dieron con creces
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Para entender por qué el anuncio del casamiento entre Juan Facundo Errecalde y Vanessa trasciende los avisos sociales, hay que remontarse 16 años en la historia del joven, que hoy tiene 26 años y una vida plena.
Cuesta creer que Facundo -así lo llaman- es el mismo niño de 10 años, enfermo de leucemia, al que los médicos argentinos desahuciaron dos veces en 1988. Entonces, pesaba sólo 11 kilos y no hablaba. "Ya estaba cansado de todo lo que me habían hecho. Quimioterapia, radioterapia, internaciones... Sólo pestañeaba para comunicarme", recuerda hoy, tras la ceremonia en el Registro Civil que lo unió en matrimonio con Vanessa, de 27 años.
¿Qué sucedió en el lapso que separan los dolorosos días de 1988 con los prósperos del siglo XXI? Dos hitos: una de las primeras colectas solidarias realizadas en la Argentina, que le permitió asumir los costos de una operación en Israel, y el primer autotrasplante de médula ósea practicado en el mundo, que lo tuvo como protagonista.
Tanto la pericia del cirujano israelí Shimon Slavin, responsable de la entonces inédita intervención, como la colaboración de los argentinos que aportaron en total los 67.316 dólares necesarios e indispensables para que hoy Facundo pudiera contar la historia.
"Queremos mostrar hasta dónde llegamos a la gente que hace 16 años nos ayudó. No sólo el trasplante fue posible, sino la continuidad de la vida de Facundo, que ahora incluye su casamiento y la creación de una familia", asegura la madre del joven, María Ignacia Díaz Lestrem.
"Si pudiéramos invitar a los millones que colaboraron, lo haríamos. Nuestro agradecimiento es absoluto y eterno", admite María, que con la fuerza de toda madre desesperada golpeó las puertas de cuanto despacho fue menester para difundir el frágil estado de salud de su hijo y pedir ayuda para ponerlo en un avión rumbo a la cura.
Cuando no era costumbre
Bastaron poco más de dos meses para que la familia recolectara la suma estipulada. "En esa época no existía una Red Solidaria que impulsara la campaña. Igual, la respuesta de los medios fue impresionante y la gente se movilizó como nunca lo hubiéramos pensado. Cuando faltaban los últimos 15.000 dólares, Amalia Lacroze de Fortabat levantó el teléfono y los donó", sintetiza Juan Grasset, actual esposo de María.
No sólo recibieron el apoyo de los "pesos pesados". Al joven todavía lo sorprende la buena voluntad de una mujer de Salta que recorrió una distancia inmensa para donar 10 de los 15 australes que tenía para comer. Eran los años de los australes, de la hiperinflación y de los cortes de energía programados. "El dinero que juntábamos perdía valor día a día", dice María.
Facundo llegó al Centro Hadassah, de Israel, en marzo de 1989. En principio, ara recibir un trasplante de médula de su hermana Pía. Pero los planes cambiaron, porque los médicos descubrieron que eran incompatibles.
Slavin les ofreció la posibilidad de estrenar la técnica del autotrasplante. "A los dos nos pareció bien arriesgarnos. Además, que un argentino fuera el primero sería un honor", explica convencido el recién casado.
En abril de 1989, Facundo entró en el quirófano. Salió exitoso y permaneció en tratamiento hasta octubre. De regreso al país, tres meses más de terapia con interferón e interleuquina le dieron el pasaporte a una vida normal. Es que, entre los 6 y los 11 años, cursó y debió abandonar los estudios primarios al ritmo de las mejoras y los retrocesos en su salud. Hoy todavía debe una materia para terminar el secundario.
"Cuando terminemos con el casamiento, me pondré en marcha para saldar mi deuda", asegura Facundo. En tanto, se mantiene con el trabajo que consiguió en una empresa privada.
Ir a la plaza, andar en bicicleta, nadar y jugar al fútbol son algunas de las actividades que le estuvieron casi vedadas entre los 6 y los 11 años. "Después, recuperé el tiempo perdido. En la adolescencia me agarró toda la rebeldía junta. Fui punk, hippie... A Vane la conocí hace dos años; seis meses después, ya vivíamos juntos. Y hoy ya somos un matrimonio", dice.
Vanessa trabaja en el Registro Nacional de las Personas y estudia el profesorado de psicología.
Una sonrisa, la clave
"¿Si tuve recaídas desde entonces? No. Tuve problemas relacionados con secuelas de los rayos y la quimioterapia. Pero nada que no se pudiera controlar. En comparación con lo que pasé, y que recuerdo absolutamente, todo me parece nada", expresa con una sonrisa.
Una sonrisa es la clave. "En los peores momentos, el humor fue la palanca para seguir adelante. Y la fe. Estoy bárbaro y quiero que todos sean testigos de lo que logré gracias a su ayuda. Los argentinos son buenos, que no nos vendan otra cosa", concluye.
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