
El celo y el goce de la fiera
¿Puede el odio de un hombre desparramarse de tal manera que termine masacrando la vida de cuatro mujeres, incluida una niña de 11 años? Antes de conocer lo que hizo la fiera de la calle 28 hubiéramos contestado negativamente. La empatía, el juzgar como si fuese el otro, nos impide acceder a la lógica de un asesino de esta magnitud.
El celo, ese sentimiento inadecuado de propiedad, aún en sus variantes más ríspidas y delirantes, no alcanza para justificar esas cuatro muertes.
El celoso psicótico iría tras su objeto específico, la novia, y buscaría la ocasión para eliminarla sin involucrar a otros, excepto al amante.
No fue así. La emoción violenta implica toparse con una situación sorpresiva y altamente negativa para los afectos del homicida, de tal forma que obnubila la inteligencia y desencadena movimientos casi automáticos en la persona sumida en una especie de estupor y furia; no hubiese habido una clara conciencia como para resolver el problema que se le presentó cuando una amiga de la novia llega a la casa guiada por un remís, ni para hablar con el chofer y decirle que se fuera sin despertar sus sospechas.
Un psicótico, un loco, alguien que está fuera de la realidad, no hubiese tenido la perspicacia de este último acto. Aquí participó una amalgama de vivencias y circunstancias en una personalidad atípica, psicopática.
Por una parte, el asesino se sentía dueño de su novia, pero no en el sentido de los celos, sino en el de considerarla una "cosa" de su propiedad, con el desmerecimiento de la persona que ello implica.
A esto se suma el resentimiento propio de este tipo de pareja que transcurre en constante tensión y la frustración por no lograr el control total de su novia, que se disponía a salir con su amiga.
La frustración, en el psicópata, produce una perturbación que lo desorganiza y lo hace muy vulnerable o muy peligroso. En este caso, lo convirtió en un ser que decidió eliminar vertiginosamente a los factores, las "cosas", esas mujeres que se oponían a sus propósitos de control y poder sobre su novia. El acto de la masacre en sí, por lo que se muestra, constituyó el resultado de la descarga de adrenalina que significa ejercer el máximo poder sobre el otro: matarlo.
Y matarlo con la intimidad que da un cuchillo o un objeto contundente. Se movió con precisión, con rapidez, con eficacia, con la soltura de un sueño largamente pergeñado, con el goce de una fiera que baña con sangre sus garras en un alarido letal.
El autor es médico psiquiatra, especialista en psicopatías.




