
El crimen de Marito: el brujo adorador de San La Muerte y los sacrificios rituales en un pueblo narco
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El caso Marito, nota 2 de 3
QUIMILÍ, Santiago del Estero.- Tiene la imagen de madera escondida entre la mano y el codo. Y en la mano, un rosario. En medio de la misa, ese hombre retacón, de mucho pelo, espera el momento, sentado en el banco de madera, del santuario de Villa Reducción, en Córdoba, donde se venera al Santo Cristo de la Buena Muerte, una advocación del Cristo crucificado. Está allí con un propósito: robar una bendición. San la Muerte tiene unos 15 centímetros y baila cabeza abajo dentro de la manga de su camisa. El hombre que se lo dio le explicó que no tenía validez si no lo hacía bendecir por un sacerdote. El problema era, le dijo, que los curas se niegan a bendecir la imagen, por que dicen que es del demonio. "Hay que robarla", le dijo. Llevar la imagen a alguna iglesia y en el momento en que el sacerdote bendice los rosarios e imágenes, levantarla, oculta en la mano. Y listo, la imagen queda bendita, aunque la Iglesia Católica diga que esa bendición carece de validez.
La misa está por terminar y el sacerdote sacude el agua bendita entre las figuras de culto que levantan los fieles. El hombre levanta el rosario que tiene en la mano. San La Muerte es el as en su manga. "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén", reza el cura. El hombre sale de la iglesia a paso vivo. Cuando vuelve a su casa, coloca a San La Muerte en el centro de la repisa donde tiene que convivir con varias vírgenes y con el Gauchito Gil.
Miguel Ángel Jiménez, el brujo para sus vecinos, tiene 58 años y once hijos repartidos por toda la provincia. El día que lo detuvieron y se convirtió en el principal sospecho del crimen, él y su mujer salieron de la casa en el barrio Colón, esposados y con la cabeza baja y se hundieron en el patrullero. Fue la última vez que los vieron en Quimilí, a fines de noviembre del año pasado. Nada quedaba en esa imagen doblegada del hombre que sin ser gobernante ni comisario, movía los hilos de ese pueblo a su antojo. Era el benefactor de Quimilí. Lo llamaban Miguel, El Terrible. "Era capaz de denunciarte, meterte preso y pagar él mismo tu fianza", cuentan por lo bajo. Un productor de algodón, peronista, con mucha llegada al poder y que extendió su influencia durante la última década, el mismo tiempo en el que la droga se convirtió en un problema serio para el pueblo. Aunque nunca se probó una relación entre una cosa y otra.
Previamente: Marito Salto tiene 11 años, sale de la casa de su abuela en bicicleta para pescar en la represa y no vuelve. Por la noche, todo el pueblo lo busca y no aparece. Encuentran su cuerpo dos días después, descuartizado, en un basural. Lo habían violado y torturado. La jueza cree que se trata de un ritual satánico y aferrándose a la única pista certera que tiene, el patrón genético de dos hombres hallado en el calzoncillo y las uñas de la víctima, ordena hacer un ADN masivo del pueblo. Y convierte a todos los vecinos de Quimilí en sospechosos.
La droga y el Diablo
En los últimos años, las avionetas narco que sobrevuelan los campos del sureste de la provincia se volvieron un dolor de cabeza para Quimilí. "Nos volvimos un pueblo narco. Cuando la droga se instala en tu pueblo, tu vecino pasa a ser ese desconocido que vive al lado tuyo", dice Sebastián Vicente, que tiene un comercio en el centro de Quimilí.

Hace tres semanas, se instaló un destacamento de Gendarmería destinado a operativos antidroga. En los primeros cuatro días, incautaron 1500 kilos de marihuana. Se dice que los cargamentos vienen de Paraguay y que esa zona de Santiago del Estero es la puerta de entrada a la ruta de la droga de Los Monos, en Rosario. Pero la droga no sólo está de paso. Hace unos meses, la candidata a intendente por el PRO, Claudia Juárez Fantoni recorrió las casas, preguntando puerta por puerta cuál era el problema más urgente de Quimilí. La mayoría de las madres respondieron que el consumo de drogas entre adolescentes.
Desde hace un tiempo que ocurren cosas extrañas en Quimilí. El domingo último, dos vecinos se pelearon. Uno de ellos fue a su casa y buscó un cuchillo. Volvió al lugar de la pelea y apuñaló al otro. El hermano del acuchillado lo quiso defender y él mismo recibió varias puntadas. Alcanzó a subir a su hermano a la camioneta y manejó hasta el hospital, tocando la bocina. Los médicos lo asistieron y lograron salvarle la vida. Pero Franco Chavez, el que llegó manejando, cayó muerto en la entrada del hospital. Era cantante y le había compuesto varias zambas a Marito, el changuito que fue a pescar y se lo tragó la siesta. Todo el pueblo escuchaba sus canciones como parte del pedido de justicia. Al asesino lo encontraron dormido en un pastizal, con el arma en las manos. "Estas son cosas de Diablo. De la droga y del Diablo", apunta un vecino por lo bajo.

El día que la policía se lo llevó, Jiménez dejó de ser Miguel, el Terrible para convertirse en El Brujo. Desde noviembre vive en un calabozo, en la Unidad de Situaciones de Alto Riesgo N°26, de la Policía de Santiago del Estero, donde no hay otros presos. Su abogado, Hugo Frola, dice que bajó 20 kilos y que tuvieron que ponerle un by pass, porque sufre del corazón. "Es un pobre gaucho, que si no se resuelve esta payasada de causa que le armaron, se va a morir en la cárcel", agrega.
Noche en la represa
Ya estaba oscuro y el chico no aparecía, Gladys, la mamá llamó a la abuela, nadie lo había visto. Marta Salto, la tía de Marito, se puso al frente de la búsqueda. La mandó a Gladys a la comisaría a hacer la denuncia. La mamá dudó y empezó a escribir. "No, andate a la comisaría y denunciá", le ordenó. Marta es maestra de la misma escuela a la que iba Marito. Hizo una cadena telefónica con los compañeros. Nadie lo había visto desde la siesta, cuando pasó en bici por la rotonda y se encontró con varios compañeros que iban a jugar al fútbol. Lo invitaron. Pero a él no le gustaba el fútbol y prefirió ir a pescar.

Apenas se corrió la voz, los padres y los compañeros reunieron en la laguna. La policía ya estaba ahí. Habían encontrado las cosas del chico. La caña, la lata, la bicicleta. Todo abandonado en la orilla profunda de la represa, esa donde el chico no solía pescar. Pensaron que podía haberse ahogado. "¿Por qué no lo llama a Jiménez y le pide la lancha?", le sugirió a Marta uno de los chicos. La atendió enseguida. Le dijo que no estaba en Quimilí, sino en Santiago, pero que sí, que les prestaba la lancha, que un capataz se las iba a llevar. Que lo mantuvieran al tanto.
Pasaron toda la noche surcando la laguna, moviendo con palos cualquier elemento que flotara. Las mamás y los chicos se metieron con la luz de los celulares al monte, se llenaron de espinas, pero no encontraron nada. La mamá de Marito se volvió a su casa a esperar, junto a sus otros dos hijos. "Tenemos que desagotar la represa", propuso el marido de una amiga de la tía, que es ingeniero. Marta se lo contó al comisario, y él dijo que era una buena idea. La mujer se fue a la radio local y pidió ayuda. Vecinos hasta productores rurales de la zona, llegaron a la mañana siguiente con bombas. Juntaron nueve equipos, pero, la policía no autorizó el ingreso.
"Después me di cuenta que nos estaban entreteniendo. Nos querían mantener en la laguna, mientras en otra parte del pueblo, en algún lugar al aire libre se estaba llevando a cabo el ritual satánico", asegura Marta.
El llamado
Al segundo día de búsqueda, el intendente de Quimilí recibió un llamado, cuando estaba en la represa. Habló cortado. No dijo nada, y se fue. Media hora después, sonó el teléfono de Marta. Era Marcelo, su hermano, que es policía. Le dijo que habían encontrado el cuerpo de un chico. Descuartizado. "Pero puede que no sea, ¿no?", preguntó Marta, con un cóctel de lágrimas y adrenalina en el pecho. "No hay otra denuncia de chico perdido", le dijo Marcelo.
A Marta le vinieron a la mente las palabras que repetía la madre de Marito cuando la mandó a denunciar que el chico no había vuelto. "Mi hijo va a aparecer descuartizado y violado", sollozaba la mujer. "¿Qué decís?", le gruñó la tía entre dientes. "Lo estamos buscando vivo".

Cuando les entregaron el cuerpo de Marito, Marcelo, el tío, el que es policía se fue al cementerio con materiales de construcción, ladrillos y palas para levantar un pequeño panteón para su sobrino. En la entrada se lo cruzó a Jiménez, que iba de salida, y lo palmeó. Volvió sobre sus pasos y le hizo una oferta: "¿No quieren traerlo al panteón de mi familia?", le dijo. Marcelo dudó. En la camioneta tenía juguetes de Marito, algunos recuerdos y varias fotos. "Gracias, pero no".
Porque Jiménez siempre estuvo cerca de la familia Salto, después del asesinato. Iba a las marchas, pedía justicia por el crimen. Su hermano hacía de chofer para las monjitas que visitaban el pueblo para acompañar a la familia. Recién un año y medio después, cuando los perros de la brigada canina K9, marcaron la casa de Jiménez y guiaron a los investigadores hasta la mesa de luz del hombre, donde encontraron una carta que describía el ritual satánico, los vecinos dejaron de creer que era el vecino más solidario. ¿Era el asesino? En palabras de la jueza, "el autor intelectual del asesinato".
"Mi defendido también se pregunta de dónde salió ese papel. Está claro que esto es una causa armada. Porque ni siquiera le dicen de qué se lo acusa", protesta Frola.

La mujer de Jiménez, Arminda Díaz, lo conocía muy bien a Marito porque era directora de la escuela a la que asistió hasta quinto grado, antes de que se mudara con su mamá, a otro rancho y cambiara de escuela. Arminda tiene 57 años, y una hija en Córdoba. Cuando viajaba a visitarla, en la casa se solía instalar alguna de las otras mujeres de Jiménez. Dos o tres días antes de que volviera, las mujeres se iban. Eso cuentan sus vecinos. Pero Jiménez también a veces viajaba a Córdoba, para visitar a su hija que vive en Villa Reducción. Y en uno de esos viajes, dice, conoció al patrono del pueblo y quedó fascinado: San La Muerte.
"Este es un santo, reconocido por la Iglesia Católica. Y él es devoto suyo", argumenta Frola. "Jiménez mismo es católico. Tiene una hija que está por ordenarse monja", explica. Claro que en realidad el patrono de Villa Reducción no es San La Muerte sino el Santo Cristo de la Buena Muerte.
Santos en la ruta
El monolito de Marito compite con otros santos de la ruta. El Gauchito Gil y San La Muerte, los más populares. A Marito, en la ruta 116, ya se le atribuyen dos milagros. El primero, una mujer que no podía tener hijos, quedó embarazada y ya fue mamá. El segundo, más asombroso: "Arrodillate y pedile por favor a Marito que te cure", le insistió un productor rural a su hijo adolescente. Habían recorrido médicos por toda la provincia y nadie daba con la cura. El chico hizo caso. Sollozando, caminó de rodillas delante de la foto de Marito y le pidió ese favor. Un mes después, cuenta Marcelo, el tío de Marito, el chico estaba curado. El diagnóstico: acné juvenil.
"Aquí fue encontrado asesinado Marito Salto". El cartel duele como una puñalada en el acceso a Quimilí. Unos metros más allá, hay un hombre sentado que también se llama Mario. Es el papá, un hombre de pocas palabras. Tiene 36 años y trabaja como obrero en la construcción. Le hizo templete a Marito donde le deja juguetes. Algunos suyos, otros que encuentra por ahí. Cuando su hijo desapareció, llevaba dos años viviendo en Córdoba, trabajando como peón rural. Se mudó un año después de separarse de Gladys. Se conocieron hace 13 años. Ella era de un pueblo vecino y hacía poco había perdido, justo antes de nacer. El 15 de marzo de 2005, tuvieron a Marito. Dos años después nació Efraín y dos más, Elías, que ahora tienen 9 y 11 años.

En mayo de 2016, hacía dos meses que Mario no veía a sus hijos. Consiguió el permiso para viajar a Santiago por una semana. Manejó más de 500 kilómetros para ese encuentro. Estuvo todo el domingo con ellos, en la casa de su mamá. Pero el lunes recibió un llamado de Córdoba. Había campos inundados y necesitaban que volviera para correr el ganado. Ese mismo día salió. No llegó a despedirse de Marito, que se había ido a la casa de Gladys. Y esa fue la última vez que lo vio.
Cuando lo llamaron para decirle que había desaparecido, dejó todo y volvió a Santiago. Llegó al final del primer día de búsqueda. Al día siguiente se enteró de la peor noticia. "Fue ahí, atrás de ese árbol seco", señala. A 15 metros hay un manchón.
Un perro que busca
Mientras el pueblo buscaba a Marito en la laguna, don Raúl Maldonado, el dueño de unos campos que empiezan al final del basural, salió con su camioneta para ir al pueblo. Le llamó la atención que uno de sus perros tiraba frenéticamente de una bolsa. Paró el motor y el horror lo recorrió entero. Una mano y un brazo asomaban de la bolsa. Corrió a la ruta y llamó a un vecino que estaba parado junto a la tranquera. Lo dejó ahí custodiando el hallazgo y se fue a la comisaría.
Mario pasa sus deshoras sentado al borde del templete. La mamá a veces pasa y le deja fotos y mensajes de sus hermanos. Pero ella se mantiene distante de la investigación. Mario pasar sus horas muertas en ese lugar. "Me conecto con él. Le hablo", dice. "Es que todo esto te vacía por dentro. Yo ya no sé más qué hacer", dice. Pidiendo justicia, viajó por toda la provincia y se instaló en Plaza de Mayo y amenazó con encadenarse. Pero nada pasó. "Si no fuera por los perros que encontraron a los autores del ritual satánico, la causa de mi hijo no existía. No tenía nada", dice con la mirada perdida. Sentado al borde del templete, todavía le parece ver esa imagen bajo el árbol seco. Como ese perro de don Maldonado, él mismo tira de la bolsa, una y otra y otra vez. Hasta descubrir la verdad.
Mañana nota 3 y última: El payador, los perros y el pacto de sangre ¿para qué era el sacrificio?
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