
El custodio del volcán Domuyo
Horacio Alberto "Beto" Fuentes conquistó la cima; está en la Cordillera del Viento
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CHOS MALAL.- Cada vez que Horacio Alberto Beto Fuentes hace pie en la cumbre del Domuyo descubre que las voces que lo empujaron a través de acarreos y glaciares se callan para que sólo escuche el furioso discurso del viento.
Aunque el hombre no revela el contenido de esos mensajes, seguramente allí se esconde el hechizo que lo obliga a planear cada regreso, ni bien se aleja unos metros de esa cima.
Es que desde hace casi 15 años muchas de sus horas se colgaron del pico más elevado del sur argentino, que con sus 4750 metros de altura tiene merecido el título de "techo de la Patagonia".
El Domuyo es el centro de un sistema volcánico plantado en el corazón de la Cordillera del Viento, situada en el noroeste de Neuquén, a unos 600 kilómetros de la capital provincial, y muy cerca del límite con Mendoza.
Este cordón es la antesala de la cordillera de los Andes, sobre la cual parece recostarse.
La severidad del clima, los caminos tortuosos y la falta de infraestructura turística de consideración la hacen inaccesible gran parte del año, cualidades que, paradójicamente, son muy apreciadas por Beto Fuentes.
Por eso, hasta ahí llegó en verano y en invierno, bajo un cielo soleado o una nevada impiadosa, solo o en compañía de su álter ego, Raúl Rebolledo, a pie o en bicicleta, por la ruta normal o por las más peligrosas.
"No soy para nada enemigo de la gente, pero cuando los lugares se convierten en paseos multitudinarios, ese movimiento los degrada, los degrada mucho, por lo menos en nuestro país, y yo no quiero que eso suceda con el Domuyo", dijo, mientras revisaba el equipo con el que este cronista y otros dos aficionados marplatenses -Juan Cabred y Emilio Castaño- lo siguieron hasta la cumbre del monte, en una travesía que duró cuatro jornadas.
"El Domuyo no es tan popular ni tan accesible como el Lanín -otro de los "grandes" del sur argentino-, por lo que quien se decide a subirlo es porque se preocupó por conocerlo y cuando viene por acá, se mueve con respeto por el ambiente, al menos en la mayoría de los casos", añadió.
No todos pueden llegar
Lo que no dice el personaje es que sin guía es prácticamente imposible coronar el cerro y que sólo un puñado de baqueanos -casi todos oriundos de la región- están en condiciones de conducir una expedición con mínimo riesgo y buenas posibilidades de éxito. Tampoco confiesa que él es quien conoce casi todos los secretos del Domuyo, pues esa revelación sólo surge de los lugareños.
Horacio Alberto Fuentes, Beto para todo el mundo, nació hace 31 años en Chos Malal y desde los 15 que no para de subir a todo lo que se eleve más de 500 metros.
Maestro especial
Empezó con los cerros que rodean a su ciudad, a 170 kilómetros al este de la Cordillera del Viento, tarea que le llevó unos cuatro años. Al cumplir la misión, se dirigió al Domuyo, hipnotizado por el perfil de la montaña que sólo se esboza desde las afueras de su ciudad.
Después de varios intentos, finalmente en 1994 alcanzó por primera vez la cima. A esas alturas, ya se había recibido de técnico agropecuario, y con Margarita, su mujer, habían traído dos niñas al mundo.
Además, como maestro especial integraba también el plantel de la Escuela Albergue N° 70, de Naunau-Có, un paraje situado 40 kilómetros al este de Chos Malal.
Fueron los tiempos en que con el respaldo del director del establecimiento, Héctor Jofré, y el esfuerzo de sus alumnos añadió una plantación frutal al predio.
Hoy, el catálogo incluye perales, manzanos, ciruelos, damascos, 5000 plantines de frutilla y 300 sarmientos de uvas de todo tipo y color.
El primero en llegar
Tanta actividad, sin embargo, no enfrió su relación con el Domuyo, al que ascendió más de 20 veces hasta ahora, incluyendo una cumbre invernal -con su amigo Rebolledo, en 1997-, la primera en la historia de la imponente montaña.
Su pasión por el volcán contagió también a sus alumnos, con los que ha realizado innumerables expediciones hasta los campamentos de aproximación que se suceden en la ruta normal.
A ellos les enseñó los rudimentos de la escalada en roca, a calcular cuánto tardan en alcanzarlos las nubes que traen las tormentas desde el horizonte y, esencialmente, el estricto respeto por la montaña, su fauna y flora.
Les mostró las lagunas de aguas turquesa que se esconden arriba de los 1500 metros de altura, las fumarolas que suelen adornarlas y los santuarios de los cóndores andinos.
"Además, los chicos aprenden que nuestros rastros deben ser tan tenues que un soplo del viento sea capaz de borrarlos", subraya.
"Así, la montaña seguirá siendo la misma que conoció el padre Carabajal, el primer hombre que llegó a la cima, a principios del siglo XIX", se ilusionó Beto Fuentes, tal vez el nuevo custodio del Domuyo, el custodio de esa indomable mole.
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