El dilema de los paños menores
Si el tema son las bombachas y los corpiños, más me habría gustado escribir para la sección Moda & Belleza, acaso porque, desde una óptica crudamente masculina, soy de prestar minuciosa atención a sus contenidos. Sin embargo, qué lástima, se trata de comentar los contenidos de un fallo judicial bastante controvertido: en este caso, las susodichas prendas no fueron mostradas en una pasarela de lencería (ni siquiera en la grata y acogedora intimidad de una alcoba), sino en el inadecuado contexto callejero.
Para peor, la exhibición corrió por cuenta de un respetable pero ambiguo exponente de la cultura posmoderna, dado en ser catalogado como travesti y habitualmente propenso a desenfados de esta índole. Cuesta entender por qué los travestis no son más recatados y pudorosos, más respetuosos de sí mismos, de sus derechos, y de los de la comunidad que los alberga y, en cambio, prefieren desafiar, imprudentes y desdeñosos, los convencionalismos de la moral pública.
Uno podría suponer que, en tiempos en que el trabajo escasea, ellos se asumen como mercadería y que no podrían ejercer su comercio y hallar clientes y favorecedores si no corretearan calles umbrías, preferentemente las de Palermo Viejo, con sus ofertas a la vista, y ése podría ser un atenuante. Pero aun así, a ojos de un heterosexual genuino, tan empedernido como yo, la patética naturaleza del travesti exhibicionista y su tráfico ambulatorio me sumen en tanta o más perplejidad y tristeza que las señoras que revolean carteritas y que, acaso generosas, todavía, a mi edad, me dedican un guiño o una sonrisa.
Francamente, no comparto el dictamen judicial que libera a Marcelo-Marcela la irresponsabilidad de ventilarse públicamente en corpiño y bombacha, por cuanto el concepto de obscenidad -dicen los magistrados- es de difícil asidero. Lo es, realmente, ya que los criterios de decencia responden a la mecánica de los usos y las costumbres, que varían con las épocas. Pero el hecho de que, hoy y aquí, las reglas de urbanidad desaprueban que uno-una ande por ahí en paños menores, induce a suponer que los jueces han menospreciado el sentido común.
Si me diera el cuero y este otoño no fuera tan desapacible, tal vez me atrevería a darme una vuelta por la avenida Santa Fe, en calzoncillos y con ese veredicto a modo de pancarta. Me gustaría saber qué consecuencias me depararía, además del catarro.
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