
El diploma todavía mantiene sus ventajas
Según un estudio de Flacso, el título profesional es hoy un paracaídas que ayuda a resistir la baja del mercado laboral.
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En contra de lo que comúnmente se cree, salir a la calle con un título universitario bajo el brazo sigue otorgando ventajas competitivas frente a aquellos que apenas tienen estudios secundarios completos. Y es así tanto para quienes buscan trabajo como para quienes ya se sientan al escritorio de una empresa.
Tal es la conclusión de una investigación realizada por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), que intenta comprender las conflictivas relaciones entre los mundos educativo y laboral en la Argentina de fin de siglo.
En ella se precisa, en primer lugar, que la desocupación entre los profesionales creció tres veces entre 1980 y 1997, mientras que en su contraparte menos educada se multiplicó por 10 en el mismo lapso. En concreto,para los primeros la tasa de desempleo actualmente llega al 7% y para los segundos, al 19 por ciento.
De modo que el diploma actúa como un "paracaídas" útil para resistir mejor la reducción total del mercado laboral; ya no constituye, como tiempo atrás, un "trampolín" cuyo empuje permitía saltar a los mejores puestos de trabajo.
Pero estos datos no bastan por sí solos para demostrar la ventaja competitiva del preciado diploma. El trabajo de Flacso, que estuvo a cargo del sociólogo Daniel Filmus, director de la institución, también precisa que, para los profesionales que lidian con la desocupación, el título concede beneficios incluso a la hora de buscar empleo, en el llamado "efecto fila".
"En las hoy superpobladas colas para conseguir trabajo -explicó Filmus a La Nación -, los jóvenes con una carrera desplazan de los primeros puestos a aquellos con menor nivel educativo. En tiempos de crisis, los empresarios pueden demandar más instrucción para cargos que antes requerían únicamente educación secundaria."
Sentados al escritorio
Los afortunados que ya consiguieron empleo viven una historia paralela:llevan las de ganar con respecto a los que no poseen formación universitaria. Sus ventajas se expresan, según la investigación, tanto en el monto de los sueldos como en la obtención de protección laboral (medicina prepaga, jubilación y seguro de vida).
Mientras casi la mitad de los profesionales logra acceder a los mejores salarios del mercado (es decir, a más de $ 1300), menos de la cuarta parte de los que tienen secundario completo acarician ese mismo privilegio.
En cuanto a los beneficios sociales, sólo el 11,5% de los primeros carece totalmente de ellos, en contraste con el 21,7% de los segundos. Nuevamente, una gran distancia entre quienes ingresaron y quienes no pudieron ingresar en las universidades.
El estudio de Flacso aporta aún más información sobre el destino de los profesionales empleados: seis de cada diez se desempeña en empresas consideradas grandes, preferentemente en multinacionales, porque allí se concentran la tecnología y los recursos económicos necesarios para el desarrollo adecuado de sus capacidades.
En contraste, los universitarios que trabajan en forma independiente parecen una especie en extinción: en 1980 llegaban al 28,2% del total de profesionales ocupados, mientras que actualmente no superan el 22 por ciento.
La devaluación del título
La investigación, que lleva varios años de elaboración, fue premiada en 1996 por la Academia Nacional de Educación. Desde entonces, Filmus no cesó de agregarle datos estadísticos y observaciones para actualizarla.
Una de las contribuciones más interesantes del estudio es el matiz que se le da a la misión salvadora del diploma. Si bien este certificado permite ir un paso adelante en el mundo laboral, su valor está depreciado con respecto a décadas anteriores, porque ya no es percibido como garantía de conocimientos, sino como simple acreditación.
¿Qué significa exactamente esto? Filmus lo explicó así: "Se calcula que un joven que hoy sale de la universidad va a cambiar, durante su vida, no menos de cinco veces su papel ocupacional, en virtud de las transformaciones tecnológicas. Lamentablemente, las casas de estudio no parecen preparar para ello; más bien tienden a enseñar saberes que en corto plazo quedan obsoletos".
Explicó que "cuando la educación pierde su función en torno de la distribución de conocimientos, a los títulos sólo les resta la función de certificar, de ser un pasaporte para lograr una mejor posición en el mercado laboral".
Según Filmus, el poder del diploma, abstraído de los saberes, se puso en evidencia recientemente con los casos de falsos médicos. "A ellos nadie les pidió prueba de conocimientos; bastó con que presentaran el título para trabajar. Y cuando estalló el escándalo, nadie cuestionó su competencia, sino el hecho de que hubieran falsificado los certificados de estudios", apuntó.
Dos mundos aparte
La investigación de Flacso no deja de lado el punto crítico de la relación entre los mundos universitario y laboral.
Por un lado, plantea que la actual desocupación de los profesionales significaría para el sistema educativo una inversión virtualmente desperdiciada de $ 1785 millones, cifra que no deja de inquietar. Por el otro, insiste en que el desempleo se debe, en gran medida, a la "evidente" desconexión entre las casas estudio y las empresas.
Sobre este último punto, la investigación subraya que, mientras los empresarios solicitan empleados con una formación más general, que permita comprender procesos, responder a realidades cada vez más cambiantes, interactuar en grupos y, fundamentalmente, "aprender a aprender", las universidades forman en destrezas específicas que pronto, como es natural, pierden actualidad por la abrumadora fluidez de los cambios tecnológicos.
"Con todo, el título universitario sigue siendo el mejor pasaporte para entrar en el mercado laboral -sintetizó Filmus-. Es al revés de lo que habitualmente se piensa. La gente cree que el diploma ya no sirve, pero no es así. Hoy en día es necesario estudiar más años porque la competencia para acceder a los hoy escasos puestos de trabajo es cada vez mayor."
La capacitación y el nuevo concepto del status ocupacional
La expansión de la cultura científica y tecnológica y el desarrollo de las sociedades tecnocráticas, en el proceso de globalización cultural que estamos viviendo, reclaman que la ubicación social de la gente se haga de acuerdo con el principio racional de la capacitación ocupacional.
Y es así porque la estructura de dominación de las sociedades tecnocráticas se está ordenando sobre la base de "status ocupacionales", es decir, relaciones de poder fundadas en la capacitación. Esto, por cierto, destaca la función de los sistemas educativos: ubicar a la gente en la estratificación social.
La capacitación ocupacional -que por cierto no es el único objetivo del sistema educativo- implica el aprendizaje de roles ocupacionales (también de otros) dentro de un proceso de división de funciones y de desigualdad de posiciones, propios de la estructura ocupacional.
Garantía de capacitación
El logro del objetivo de la capacitación ocupacional se manifiesta en el otorgamiento de un título específico que garantiza la "capacitación".
Corresponde al Estado o a las instituciones educativas, según las funciones y los niveles, legitimar la capacidad para el ejercicio de los roles. Y lo hace mediante títulos, diplomas o certificados profesionales o académicos.
Los títulos son importantes como garantía que solicita la sociedad al Estado o a las instituciones educativas; por eso los legitima, es decir, les reconoce un valor social. Aquí aparece la responsabilidad delegada por la sociedad a las instituciones educativas. Y la responsabilidad se manifiesta en que va definiendo la estructura de dominación. Y eso no es poca cosa.
Irresponsabilidad social
La no comprensión del valor social de los títulos ha creado en la Argentina la novedosa y demagógica filosofía del facilismo, una filosofía caracterizada por la irresponsabilidad social y que consiste en el otorgamiento de los títulos sin el aprendizaje más o menos serio de los roles correspondientes.
Esta irresponsabilidad tan simple y poco analizada ha sido uno de los principales factores de la debilidad de las instituciones de nuestra sociedad y hasta de nuestra incipiente democracia.
Nada mejor para probar esto que el valor que se les otorga (a veces, inocentemente) a los títulos de las buenas instituciones educativas del extranjero: el solo título garantiza la capacitación ocupacional. En los títulos emitidos en la Argentina ni siquiera se pone el promedio de notas que, de alguna manera, garantizaría el nivel de los conocimientos.
Pero los títulos no sólo garantizan la capacitación ocupacional, sino el nivel que se va a ocupar en la estructura ocupacional. El título, además, fija el nivel, legitimado por la sociedad, de su ubicación en una escala de poder, definida por las funciones: dirección, asesoramiento, mediación y ejecución.
La aceptación de los títulos implica la legitimidad de una sociedad tecnocrática asentada en la prevalecencia de la estratificación social de "status ocupacionales". El título no es un mero formalismo.
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