
El drama pasó por Carlos Spegazzini
El dolor de quien perdió a su hija
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"Yo sólo quiero a mi hijita." La frase y el incontenible sollozo que la acompaña contrastan con el rostro curtido, casi duro, del santiagueño Fortunato Pacheco. Habla en voz muy baja, o sólo se le escucha un quejido, sin palabras.
Su hija Edith, de 5 años, murió poco después de la medianoche de ayer, cuando se desplomó sobre ella una pared que no soportó el peso de un enorme álamo, abatido por el viento huracanado que azotó a Carlos Spegazzini, partido de Ezeiza.
La precaria vivienda de Pacheco, de 44 años, que trabaja como peón rural, está en la calle Pringles, de tierra, ayer convertida en barro. La construyó él mismo hace un año para habitarla con su mujer, Cecilia Pugliese, y sus seis hijos.
El árbol no sólo causó el fallecimiento de su hija. También destruyó prácticamente toda la casa, cuyo piso es de tierra, como la calle. El techo de chapas no existe: las láminas de zinc volaron hasta 20 metros de distancia.
Afuera han apilado las pocas y pobres pertenencias, incluido un viejo ropero, en el que se ha pegado una lámina de San Cayetano. Aún se ve parte de la cama en la que dormía Edith, bajo las ramas.
La niña es uno de los tres menores -todos de cinco años- que murieron a causa de la fuerte tormenta, cuyos peores efectos ocurrieron en el sur y en el sudoeste del conurbano bonaerense.
Pacheco, muy acongojado, recuerda que "a eso de la 0.30 empezó a soplar más fuerte. De pronto escuché un gran ruido y todo se vino abajo. Mi hija se había ido a dormir con la madre porque tenía miedo por los rayos. La pared le cayó sólo a ella".
Desesperado, intentó sacarla, ayudado por los hijos mayores. Al ver que no era posible, salió corriendo bajo la lluvia hasta una sala de primeros auxilios. "Estaba cerrada, no había nadie, así que seguí hasta la policía. Desde ahí llamaron a los bomberos", agrega.
Cuando los bomberos llegaron a la casa, parte del trabajo ya lo había hecho un vecino, Diego Mendilaharzu. Cortó el árbol con una motosierra, pero sólo para comprobar que la niña había fallecido en forma instantánea. Ante la situación, los Mendilaharzu dieron alojamiento provisional al resto de los hijos de Pacheco.
Huellas del meteoro
Toda la zona, conocida como barrio Güemes, mostraba las huellas del meteoro: árboles, ramas, postes y cables de electricidad caídos. Marianela Mendilaharzu dice que "por el peligro que significaba esto, a la 1 llamé a la policía, pero no vino nadie. Hay que caminar con cuidado por ahí".
Un testimonio aún más elocuente de la intensidad del viento está un par de cuadras más adelante: dos transformadores aéreos de Edesur se desprendieron de los postes a los que estaban sujetos y otro quedó a medio caer. Cada uno pesa alrededor de 2500 kilos.
Ante la pregunta de si algún organismo ya ha tomado contacto con él para proveerle un lugar donde vivir con su familia, Pacheco es más que elocuente. "Gente del Ministerio de Acción Social me preguntó qué necesito. No sé... Yo necesito a mi chiquita querida. Quiero la vida de mi hija...", dice.





