El hombre que quebró a Racing

Por Santiago O´Donnell
Por Santiago O´Donnell
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8 de marzo de 1999  

Veinticuatro horas después de que un anónimo hincha de Racing le hirió el rostro con un redoblante, mientras una turba enardecida lo insultaba, escupía y apedreaba, por televisión, en vivo para todo el país y la alegría de unos cuantos, Daniel Lalín parece entero.

En su singular oficina, entre cuatro paredes trabajadas con pátinas de color rosa furioso, rodeado de telas gigantes y esculturas posmodernas de artistas desconocidos, detrás de un escritorio enorme con soles rojos pintados a mano, a la luz de una vela encendida por cábala o pura excentricidad, el presidente residual del popular club de fútbol que la Justicia acaba de cerrar echa mano a un encendedor descartable, enciende un habano importado superlargo, exhala, y dice a media voz: "Estoy triste".

No se lo nota demasiado. Casi ni quedan rastros de la sangre que le brotaba profusamente el día anterior. No usa anteojos negros, ni apósitos ampulosos, ni algodoncito en la nariz. Apenas dos manchas oscuras en la ceja y el pómulo recuerdan lo que pasó.

El resto sigue igual: la pelada, el arito, el tatuaje, la musculosa blanca hiperajustada, los jeans. El personaje. El. Daniel Lalín.

"No, macho, estoy triste por lo que pasó, aunque estoy convencido de que tiene solución. No me gusta que me insulten ni que me peguen. La imagen del muñeco va por un lado, pero uno es un ser humano como cualquier otro. Dale, preguntá lo que quieras." El personaje cuenta sin prisa, sin enojarse, sin sonreír. Da lo mismo hablar de su niñez de clase media en Lanús Oeste, de los Montoneros que guiaron su juventud, de su amigo y ex socio Herminio Iglesias, de los negocios que lo hicieron rico, de las empresas que fundió, de su matrimonio "abierto" pero no tanto, del hincha que le partió la cara, de Racing.

"Yo me arrepiento de muchas cosas, metí la pata un montón de veces", dice, y se pone a pensar.

Recuerda que en 1973, sin quererlo, puso en peligro unas vidas. Que no estuvo bien cuando hizo echar de Racing al director técnico Pedro Marchetta. Que una vez le mintió a una mujer para conquistarla. Trata, pero no puede acordarse de nada más.

¿Frustraciones? Que no domina el idioma inglés ni sabe manejarse en la Internet. Que no fue un gran jugador de fútbol ni sabe cantar como Alberto Cortés.

¿Su orgullo? La habilidad para los negocios. Cuenta que tuvo o tiene concesionarias de autos, jabonería, restaurante, inmobiliaria, choppería, fábrica de asientos para bebes, compraventa de jugadores de fútbol, estudio contable, curtiembre, papelera, revista cultural. Actualmente está en quiebra, pero sigue haciendo negocios, veraneando en Punta del Este y manejando su BMW.

¿Una pasión? La política. Cuenta que los Montoneros lo hicieron decano de Ciencias Económicas, en la Universidad de Lomas de Zamora, a los 25 años. Que manejó los números del municipio durante la "eficiente y creativa" intendencia porteña de Carlos Grosso. Que nunca dejó la política y que hoy se dedica a convencer a intendentes bonaerenses de que no abandonen a Eduardo Duhalde.

¿Y Racing? Ah, Racing. Prende otra vela, chupa el cigarro. "Está difícil, pero estoy convencido de que no va a desaparecer. Yo tengo fe en que antes del 2000 levantaremos la quiebra y saldremos campeones", dice, y sigue fumando.

Por la gloria

Cuando era chico, Lalín iba a la cancha de Racing con su hermano. Después dejó de ir. Treinta años más tarde volvió con sus dos hijos adolescentes y se abonó a la platea B. Un domingo, hace cuatro años, Racing jugó muy mal y Lalín no lo soportó.

"Ese día dije basta, yo voy a hacer que Racing juegue bien", recuerda. Estaba cerca de cumplir 50 años. "Tenía una buena casa, un buen auto, empresas y una familia bárbara. Me faltaba la gloria. La gloria era sacar campeón a Racing."

Cuando Lalín fue elegido presidente de Racing, en enero de 1998, el club debía más de 30 millones de pesos y llevaba 31 años sin salir campeón.

El quiso cambiar todo, pero no pudo cambiar nada: ni la deuda galopante, ni el contrato de televisión, ni el acoso de los acreedores, ni el comportamiento de la barra brava, ni la mufa a prueba de misas, velas y procesiones.

Finalmente pidió la quiebra. Apostó a que nadie se atrevería a bajarle la cortina a la tradicional institución. Les prometió a los hinchas que Racing no cerraría, pero Racing cerró.

Lalín lo explica así: "Lo que pasa es que yo siempre me consideré un tipo de suerte y quise contagiarle mi suerte a Racing. Después me di cuenta de que mi suerte no alcanzaba".

Redoblante

Entre sus múltiples preocupaciones, el jueves último Lalín sumó una más: quiere encontrarse con el hincha que le tiró el redoblante.

"Yo pienso hablar con el que me tiró el redoblante, lo estoy buscando y lo voy a encontrar", dice Lalín, muy tranquilo.

"No estoy enojado con él, pero quiero que me explique por qué me agredió.

"Yo entiendo que los hinchas estén nerviosos, pero yo puse mucha plata en Racing, compré jugadores y pedí la quiebra porque no había otra solución. Cada vez que pierde Racing se me revuelve el estómago."

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