El inolvidable día en que el país fue un solo color y un solo grito
El autor, que trabajó en LA NACION durante más de 60 años, fue un mítico jefe del suplemento deportivo
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Se fue el tiempo, esa impertinencia. Se va siempre. Solo deja un recuerdo, una emoción, un momento que no volverá a vivirse. Las horas son demasiado puntuales, prolijamente indiferentes, como para que se apiaden de quienes ingenuamente quieren detenerlas en su matemático paso insobornable de todos los días. Terminó el Mundial. Pero quizá no deba decirse terminó, porque las cosas que terminan son las cosas que mueren. Y este Mundial, con su palpitante vibración de voces resonantes, de ojos encendidos, vivió tan apasionadamente como nació y creció aquí, entre nosotros, tan apasionadamente como todo lo que está signado por el más invencible de los impulsos: el del fervor. Decir, pues, que terminó sería como querer arrinconarlo en el olvido. La más dramática de las palabras, fin, sepulta todos los recuerdos. Por eso, porque fue nuestro y, además, de todos; porque nos unió como no habíamos estado unidos nunca; porque fue un grito sin edades; porque no hubo un solo rincón del que no brotase una esperanza; porque se jugó al juego limpio de la honradez; porque se luchó con lealtad, orgullosamente solos; porque nadie dejó de refugiarse en la fe, la más ilusionada de las palabras; porque fue un esfuerzo sin alardes de una Argentina injustamente zaherida; por todo eso, que es, concretamente, decir todo, este Mundial no terminó. Acaso únicamente se haya ido como el tiempo. O no. Deberá quedar, y quedará, entre nosotros como una de las más gigantescas obras del fervor de un país que, cuando quiere, puede. Se lo recordará a cada momento, a cada hora. En todos los sitios donde lata una tierna vocación de gratitud. Y su recuerdo, que será un constante volver a vivir, será perdurable porque lo acompañará la más fiel de las palabras: siempre. Este mundial no murió. Solo acaba de irse.
Se jugó y se ganó. Y se ganó con ímpetu, sin blandas caídas, esas que durante largos años, casi una eternidad, enrolaron al país en el astillado peregrinaje del fracaso. Hubo un deseo ardiente por dejar de ser lo que se había sido y por comenzar a ser lo que todos merecían: una inmensa hermandad con mentalidad ganadora. Nunca se registró un hecho igual. Milagro de la fe o de lo que fuese, se luchó como no se había luchado nunca. Ya no había indiferentes, ese bando fofo de la abulia que se resigna a perder antes de comenzar a pelear. El fútbol, ese universo a veces desarmónico, se olvidó de sus desacuerdos y creó un equilibrio de voluntades que se resistían a admitir, ni siquiera remotamente, ninguna posibilidad adversa. Alguna vez se dijo que este Mundial lo jugaban veinticinco millones de argentinos. Parecía, es cierto, una exageración. Se perdonaba el slogan, porque, al fin, irradiaba a todo el país una imperiosa necesidad de vencer y, además, parecía querer sacudirlo de su vocación resignada de desdén por todo o por casi todo.
Esos once hombres que entraron en una cancha con una nueva consigna demostraron que nada es inalcanzable cuando existe el unánime deseo encendido de lograrlo. Y así fue. Con dignidad, con ganas, con pasión, como se debe hacer todo lo que se siente y todo lo que se quiere. La ciudad, el país, festejó la victoria unánimemente. No hubo ningún indeciso, porque era, formalmente, la hora precisa de las definiciones. Se jugaba un partido de fútbol. Pero, a la vez, se jugaba algo más: la impostergable necesidad de demostrarle al mundo que la Argentina, a veces burlada, otras veces lastimada, se había despojado solitariamente de esa vieja inclinación casi epidémica hacia el desastre. Pero no estuvo sola. La acompañaron veinticinco millones de habitantes que fueron un solo color y un solo grito. Y hasta quienes no habían ido nunca a una cancha, entre ellos miles de mujeres, y cuyos conocimientos empíricos sobre fútbol les hacía suponer que una pelota hasta podía ser redonda, se sumaron a ese triunfo que descubrió un impulso nuevo: el de vencer luchando (...).
Alberto Laya
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