El nadador de San Pedro al que todos llaman Yacaré
Ejemplo: Agenor Almada se cansó de batir rédords en los ríos Paraná y de La Plata; en su pueblo todos quieren a este hombre leyenda.
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SAN PEDRO, Buenos Aires.- Su mirada profunda se queda fija en el río, como si traspasara la superficie y encontrara más abajo todos los recuerdos de una vida. El hombre mira y piensa. Por momentos parece hablarle y los sonidos del agua, contestarle. ¿Dialogarán de aquellos desafíos? ¿De los triunfos de uno? ¿De las derrotas del otro? ¿Seguirán con la porfía?
Una canoa pescadora interrumpe el diálogo porque desde su cubierta alguien pega el grito: "¡Viva el Yacaré!". Ahora la mirada acompaña la mano en alto y el saludo se convierte en una gran brazada, parecida a aquellas que lo llevaron a desandar miles de kilómetros de río, a impulsarlo durante días por la superficie en busca de récords asombrosos.
Es al "Yacaré del Paraná" a quien siguen saludando con admiración. Es el "Delfín Sampedrino" el orgullo de su gente. Es don Agenor Almada, el hombre por todos querido.
Pescando en los recuerdos
Y Almada pesca desde las profundidades sus primeros recuerdos, cuando todavía no tenía apodo ninguno y con sólo ocho años se sentaba en la ribera a ver el paso de su ídolo, el santafecino Pedro Leandro Candioti, que intentaba procurar proezas que despertaron en él un espíritu temerario.
El que lo llevó a establecer, en el año 1964, el récord del cruce del Río de la Plata. El que lo impulsó a permanecer más de 64 horas en el agua, viajando de Rosario a Buenos Aires, u otras pruebas, como largarse atado a las aguas del San Lorenzo o vencer a quien se le pusiera enfrente flotando en una pileta de agua más que fría. Hoy, a los 66 años, todavía se vuelve chico y se tira al fondo con pesas de 15 kilos, aunque lo suyo ya pase por otros retos, como el de seguir trabajando, siempre en el agua, pero a bordo de una pequeña embarcación, paseando a pescadores y a turistas por entre las islas y por sobre esas profundidades que tan bien conoce y que están llenas de recuerdos que con ganas se larga a contar:
"Mi padre andaba siempre embarcado, mi abuelo era un domador entrerriano y yo de chico vendía fruta o bogas, patíes, surubíes y bagres. A los 13 años ya corría carreras largas. A los 18 uní San Pedro con Rosario, y también me tiraba al agua para acompañar por un rato el paso de don Pedro Candioti, quien una una vez me dijo: "Para estas travesías, no es sólo cosa de entrenamiento; hay que estar maduro".
Será por eso que sólo cuando cumplió los 31 años Almada se zambulló en Colonia para, después de 19 horas y diez minutos, llegar a las orillas de Hudson. El hombre había cruzado el Río de la Plata bajando todas las marcas, recorriendo una distancia de 45 kilómetros y sorteando las aguas que corren atravesadas.
Grasa de lanolina
No eran épocas de trajes de neoprene, no: "Yo me untaba el cuerpo con grasa de lanolina, me ponía una gorra que me hacía mi mujer, me entrenaba cuatro horas por día nadando, hacía movimiento con clavas y, en el agua, tomaba líquidos con glucosa... y hasta me comía un bife".
Los diarios seguían sus travesías, informaban el paso de Almada por tal o cual pueblo y la gente corría hacia el río para ver al "Yacaré del Paraná". Hizo siete intentos para unir Rosario con Buenos Aires y en sólo uno llegó hasta el muelle de los Pescadores, aunque la meta estaba un poco más lejos.
"Fue en 1966 cuando me encontré con una mancha de petróleo. Otras veces no se podía avanzar por las corrientes. En una oportunidad estuve ocho horas dando vueltas en el Pajarito y en la boca del Carabela. Allí me dormía en el agua y cada tanto me tiraban en la cara un balde de agua con hielo. A veces me dormía y seguía braceando por instinto."
Y la gente, desde las orillas, lo impulsaba con gritos y carteles: "¡Vamos sampedrino!", "Dale Yacaré!". Y fue en el 1968 cuando Almada, enfrentando corrientes adversas, tuvo que abandonar en Olivos: "Cedió Agenor Almada", "¡Qué lástima!", fueron los títulos de La Nación .
Almada desandaba los derroteros nadando en todos los estilos y conociendo profundamente los obstáculos de la cuenca del Paraná: "A los remolinos se les llama remanses y se provocan por pozos en el lecho del río. Es mentira que a uno lo chupen; más bien te tiran para arriba, como el remanse de La Brava de San Pedro o el más grande, que es el San Antonio, en Zárate".
Atado de pies y manos
Entre sus "locuras" estuvo la de zambullirse atado de pies y manos en el San Lorenzo; por una tormenta, cerca de la Vuelta de Villa, estuvo dos horas perdido. También desafió a Eugenio Franco en una pileta de agua helada, en 1985: "Yo no tenía frío acá -se señala la cabeza-, y eso es lo que domina todo".
Hoy, el hombre que con el tiempo enseñó a nadar gratis a casi todo el pueblo de San Pedro -"yo no les podía cobrar, ¡como les va a cobrar su ídolo!"-, sigue regalando cosas, como los simples consejos:"Antes de tirarse al agua se debe saber qué hay abajo. Los que se embarcan, que nunca descuiden el salvavidas".
Y muestra unos versos titulados "Pasa Candioti" y que en 1965 le regaló el vecino Santos López. En ellos lo recuerda de chico y de grande en pasajes como éstos: "El niño en rara emoción/llorando grita ¡Adelante!/Pero en ese mismo instante/nace una gloria argentina /Porque en aguas sampedrinas/ se está gestando un gigante...!
"Cinco lustros han pasado/y el niño ya es todo un hombre/Que en letras de oro su nombre/en el deporte ha estampado...
"Brillante es la trayectoria/del que surge de la nada/Llora la gaucha barriada/de emoción y de alegría/¡Porque en ella nació un día/el hoy: Agenor Almada."
Hoy, Almada es una verdadera leyenda pueblerina a la que le gritan "¡Viva el Yacaré!", para que él, como si estuviese en el agua, siga saludando a su paso a la gente en las orillas, con esas brazadas imponentes que lo llevaron, casi, a domar el bravo río.




