
El relojero que arregla sólo piezas de 50 años
Tiene 73 años y se especializa en reparar mecanismos antiguos
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Desde hace más de tres décadas, en el pequeño local del pasaje Rivarola 134, Miguel Raab se dedica a resucitar relojes.Pero no cualquier reloj. La condición para que este veterano en la materia hunda sus manos en el mecanismo es que haya sido fabricado hace no menos de medio siglo. A partir de esa época -dice- comenzó la decadencia en la fabricación, por la competencia de la electrónica. Aparecieron los relojes de cuarzo y la calidad de los mecánicos fue bajando. Raab, un hombre de casi 74 años, con más de 65 en el oficio de arreglar, asegura que su negocio es el único de su tipo en toda América latina. Es artesano y coleccionista. Lo conocen aquí y en el exterior.
"Aquí vino una señora que había llevado tres relojes a Suiza porque acá no se los podían arreglar. Allí, terminó en la joyería de un italiano que la mandó a mi negocio, casualmente, a cuatro cuadras de su casa", ejemplifica.
Pese a su actual reconocimiento en el mundillo de los relojes, con sencillez y nostalgia recuerda sus comienzos en una joyería de Diagonal Norte al 900, cuyo dueño se cortaba el pelo en la peluquería de su padre, un inmigrante húngaro.
"Cuando salí del internado en el que me crié, sólo sabía rezar -describe-. Casi no había aprendido a leer ni a escribir, a sumar o restar. Terminé 6º grado y tuve que optar por trabajar: me empleó un joyero que tenía el negocio contiguo al de mi padre".
Mucho más que un artesano
Pero el de joyero no era un oficio para Miguel Raab. Dejó el negocio y empezó a trabajar en una importante relojería como aprendiz. Años después se independizó. Hacia 1950 le dio al oficio el vuelco que necesitaba para que hoy sea catalogado como un sobresaliente especialista: una labor basada en concebir el mecanismo del reloj como una vida y su propio taller como un quirófano del cual "ningún reloj sale con muletas, ni silla de ruedas, ni nada que lo ayude a caminar", dice, con un toque de orgullo.
"Porque la relojería para mí es como la medicina -agrega-. Cuando estoy en la mesa de trabajo, estoy en el quirófano." Pero, además de artesano-cirujano, es un gran coleccionista.
Si bien la reparación es su especialidad, en un depósito guarda 70 toneladas de despertadores, que han sido pesados para el libro Guinness. Además, fabrica un pesebre de 2,5 metros de largo por 1,5 de ancho con piezas de relojería.
Raab prefiere dejar sin respuesta la pregunta sobre algún sucesor para su oficio."En el país no hay un aprendizaje bien hecho, no hay verdaderos relojeros -reflexiona-. El reloj vive." Para él, ésta es una realidad que no todos comprenden.
"¿Y no me va a preguntar qué reloj uso yo?", desafía, antes de finalizar la entrevista. La respuesta es sorprendente: "La relojería me enseñó a tener mi propia personalidad y mi propia libertad. Por eso, no uso reloj. No quiero vivir prisionero del tiempo".
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