
El show en el cielo que conquista a los más chicos
Disfrutar de los aterrizajes y despegues de los aviones en Aeroparque constituye todo un ritual para quienes rondan los 3 y 5 años; relatos y vivencias sobre el placer y la atracción que genera el volar
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El oleaje del Río de la Plata golpea incesante contra el paredón de la rambla de Costanera Norte por la que transitan los peatones, mientras pequeños grupos de pescadores desafían a la suerte para no volver a sus casas con las manos vacías, y decenas de familias arriban al lugar.
Algunos contemplan el movimiento del agua y dejan vagar libremente sus pensamientos; otros, organizan verdaderos festines y comparten mateadas en medio de vivencias y experiencias. En todos, las sonrisas atestiguan el disfrute que implica alejarse del trajín diario de la ciudad, aunque sólo sea por unos instantes.
Pero al cruzar la avenida, el aura que domina el ambiente cambia por completo y se vislumbra otro mundo, diferente y mágico, que conquista a los más pequeños, y se extiende por ilusión o placer a los adultos.
El cielo se alza como si fuera una pantalla gigante de autocine o el amplio telón de un antiguo teatro. Las rejas hacen las veces de butacas y los espectadores, sujetados del cerco que bordea el perímetro de la pista, aguardan el comienzo de la función.
El rugido de motores capta la atención del público y anuncia que la espera se acorta. Minutos después, el protagonista despliega sus alas e ingresa al escenario a paso firme en medio de ovaciones, saludos y aplausos que celebran su llegada. Enseguida, los preparativos para el próximo show vuelven a empezar.
Escenas como ésta se repiten una y otra vez durante los sábados y domingos de verano en el Aeroparque Metropolitano Jorge Newbery, donde es común ver a los chicos cautivados por la sensación que generan los aviones al aterrizar o despegar.
La magia de los aviones
"¿Ese es el avión del tío?", pregunta Marcos, de 4 años, mientras recorre con la vista algunas de las naves que aguardan la autorización de la torre de control para salir. Su papá, Hernán, le explica que posiblemente sea alguno de ellos y lo invita a hacer un ademán en señal de despedida a los pasajeros que se disponen a volar.
Unos metros más adelante, dos hermanos, Valentín, de 10 años, y Leandro, de 8, esperan con entusiasmo que el avión que aparece y desaparece en medio del reflejo provocado por el sol llegue a destino. "Cuando sea grande quiero ser conductor de avión", confiesa sin vacilación el más chico a lanacion.com, y cuenta que le gusta ir seguido a Aeroparque junto a su familia para pasar un rato. Enseguida, su hermano asiente y se dispone a observar, al igual que otros niños, un nuevo despegue.
Niños ayer, pilotos hoy. Dibujar naves o coleccionar modelos para armar, admirar sus formas y colores o sentir el olor de la pista evocan los deseos de llegar al cielo y proyectar una vida en el aire que manifestaron tener los niños "del ayer" devenidos en pilotos, y que hoy se transmiten a quienes concurren a Aeroparque.
"Lo fascinante era ponerme en la pista 1-3 y pararme en la reja. El avión me pasaba por arriba y eso era lo que más me gustaba, más que verlo de costado", relata a este medio Cristian Erhardt, comandante de Austral desde hace 15 años, al recordar sus primeros pasos.
"Tenía 8 años e iba a Venezuela en un 707. Enloquecido, pedí a la auxiliar a bordo de pasar a la cabina. Fue fantástico. Se cumplieron todas mis expectativas y empezó a cruzarse por mi cabeza dedicarme a esto".
Martín Sprainat, quien recientemente finalizó el curso de piloto privado, destacó además que la percepción sobre los aviones cambia al crecer: "De chico lo que más me atraía era la forma del avión. Ahora de grande, me doy cuenta de la gran obra de ingeniería que hizo el hombre para concretarlo y de las fuerzas que interactúan en él".
Y añadió: "Me encanta estar arriba y ver los atardeceres. Ver la pista iluminada o toda la ciudad desde arriba. Se vive como una especie de montaña rusa".

- ¿Los pilotos alcanzan a ver al público antes de despegar? "Se ve perfecto. Cuando llegás a esa posición, el avión ya está preparado para salir, sólo esperás la autorización de la torre. Durante los fines de semana, cuando hay poco tránsito, saludamos y hacemos un poco de circo. Es una especie de devolución de lo que recibí cuando era chico. Tal vez, el día de mañana, quienes hoy están ahí mirando se conviertan en mis colegas, uno nunca sabe", describe Erhardt.
En la Costanera Norte, el avistaje de aviones reúne los rasgos propios de un ritual que heredan distintas generaciones de porteños y que se consolida con el paso del tiempo por el valor simbólico que representa el volar, sobre todo, para quienes rondan los 3 y 5 años, que son los más habitués del paseo.
<b> ¿Qué implica la fantasía de volar? </b>
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